Capítulo 1 Capitulo 1

El tul pesaba más de lo que Lola había imaginado. No era el peso de la tela, sino el de todo lo que aquella mañana pretendía cerrar: veinticuatro años de espera, de miradas robadas en los pasillos de la casa de su padre, de promesas susurradas contra la piel cuando nadie más escuchaba. Miguel Ángel le había dicho, la noche anterior, que el mundo podía arder y él seguiría eligiendo sus manos. Ella le había creído. Siempre le había creído.

Se miró en el espejo de cuerpo entero del salón nupcial. El corpiño le ceñía el pecho hasta casi dolerle; el encaje italiano, encargado meses atrás, dibujaba flores que parecían a punto de abrirse sobre su piel. Una doncella le ajustaba los últimos botones de la espalda. Lola apenas respiraba. No por el corsé. Por la certeza, dulce y temblorosa, de que en menos de una hora sería suya. Oficialmente. Para siempre.

—Está preciosa, señorita —murmuró la muchacha.

Lola no contestó. Sus dedos rozaron el colgante que Miguel Ángel le había regalado a los diecisiete: una pequeña lágrima de diamante que descansaba justo en el hueco de la clavícula. Recordó el día en que se lo puso. Estaban en el jardín trasero, el sol de la tarde filtrándose entre los naranjos, y él le había apartado el cabello con una lentitud que todavía le quemaba la memoria.

«Esto es para que sepas que ya eres mía», le había dicho. «Aunque el mundo tarde en enterarse.»

Ella había reído, nerviosa, y él la había besado como si el tiempo no existiera. Aquel beso seguía vivo en la comisura de sus labios. Lo sentía ahora, mientras el órgano de la capilla comenzaba a ensayar las primeras notas al otro lado del patio. El sonido llegaba amortiguado, como si viniera de muy lejos.

Su padre entró sin llamar. Traía el rostro demacrado, las ojeras más hondas que de costumbre. Lola lo miró por el espejo y algo en su expresión le apretó el estómago.

—¿Ya están los invitados? —preguntó ella.

—Casi todos. —Se detuvo a medio metro. No la abrazó. Hacía años que no la abrazaba—. Miguel Ángel pregunta por ti.

El nombre le aflojó los hombros. Sonrió, pequeña, íntima.

—Dile que ya voy. Que no se impaciente.

Su padre asintió, pero no se movió. Abrió la boca, la cerró. Por un instante Lola creyó que iba a decirle algo importante: una advertencia, una disculpa, cualquier cosa que explicara el temblor de sus manos. No dijo nada. Salió y cerró la puerta con un cuidado excesivo.

La doncella terminó el último botón. Lola se quedó sola.

Se acercó a la ventana. Desde allí veía el patio engalanado: sillas blancas, guirnaldas de azahar, el camino de pétalos que ella misma había ayudado a diseñar. Al fondo, la capilla familiar, pequeña y de piedra, donde se habían casado sus abuelos. Miguel Ángel había insistido en ese lugar. «Quiero que sea nuestro desde el principio», le había dicho. «Sin extraños. Sin espectáculo.» Ella había aceptado encantada. No necesitaba cientos de testigos. Solo necesitaba sus ojos cuando dijera que sí.

Un movimiento en el límite del jardín llamó su atención. Hombres. No eran del servicio. Vestían de oscuro, demasiado oscuro para una boda de mediodía, y se movían con una precisión que no pertenecía a invitados retrasados. Lola frunció el ceño. Contó cuatro. Luego seis. Uno de ellos levantó la mano y los demás se desplegaron hacia la capilla como sombras que hubieran aprendido a caminar.

El órgano se detuvo.

El silencio que siguió fue peor que cualquier nota.

Lola apoyó la palma en el cristal. El corazón le latía en la garganta. Quiso gritar el nombre de Miguel Ángel, pero la voz no le salió. Vio cómo dos de aquellos hombres entraban por la puerta lateral de la capilla. Vio el destello breve, metálico, de algo que no debía estar allí. Y entonces el sonido: no un disparo limpio, sino varios, ahogados, casi educados, como si alguien hubiera pedido que la muerte no alzara demasiado la voz.

El ramo de novia se le cayó de las manos. Las rosas blancas se abrieron contra el mármol del suelo.

Corrió. El vestido le atrapaba los tobillos; el velo se enganchó en el picaporte y se rasgó con un gemido de tela. No le importó. Bajó la escalera descalza —los zapatos se habían quedado junto al tocador— y cruzó el patio mientras los invitados empezaban a gritar. Alguien la llamó. No se detuvo.

La capilla olía a incienso y a pólvora.

Miguel Ángel estaba de rodillas frente al altar. El traje gris perla, el que ella había elegido porque le aclaraba los ojos, tenía una mancha oscura que se extendía desde el pecho hacia el abdomen. Levantó la cabeza cuando la vio. Había sangre en su boca. Intentó sonreír. Fue un gesto torpe, casi infantil, y a Lola se le partió algo dentro del pecho que no volvería a unirse del mismo modo.

—Lola… —alcanzó a decir.

Un hombre se interpuso. Alto, de espaldas anchas, el rostro cubierto por un pañuelo negro hasta los ojos. No la miró. Apoyó el cañón contra la sien de Miguel Ángel con una calma que resultaba obscena y apretó el gatillo.

El cuerpo cayó de lado. El anillo de compromiso, todavía en el dedo de Miguel Ángel, golpeó el suelo de piedra con un tintineo diminuto.

Lola no gritó. El grito se le quedó atrapado detrás de los dientes, convertido en un temblor que le recorrió los brazos y le aflojó las rodillas. Cayó junto a él. El encaje del vestido se empapó enseguida. Tocó su mejilla. Estaba caliente. Todavía estaba caliente. Sus ojos, abiertos, ya no la veían.

—No —susurró—. No, no, no.

Alguien la tomó por los hombros. Ella se revolvió, arañó, mordió. Una voz de hombre, baja y sin prisa, ordenó que no la tocaran. Lola no registró el rostro. Solo registró las botas negras que se detuvieron a un palmo del cuerpo de Miguel Ángel, la forma en que aquel desconocido se agachó y, con dos dedos, le cerró los párpados.

—Dile a Bartolucci que ya está —dijo el hombre del pañuelo.

El nombre atravesó el aire como una cuchilla.

Rubén Bartolucci.

Lola lo conocía. Todo el país lo conocía. El hombre que movía los puertos, las aduanas, los jueces. El hombre del que su padre hablaba en voz baja cuando creía que ella no escuchaba. El hombre al que, según los rumores, nadie miraba dos veces si quería seguir respirando.

Se incorporó. El velo roto le colgaba de un hombro. Tenía sangre en las palmas y en el corpiño, y el diamante de la clavícula brillaba como si nada hubiera ocurrido.

—Lo mataré —dijo. La voz le salió ronca, irreconocible—. A Rubén Bartolucci. Aunque tarde toda la vida. Aunque tenga que entrar en su casa y clavarle un cuchillo mientras duerme. Lo mataré.

El hombre del pañuelo la miró por fin. Sus ojos eran claros, casi grises, y no había en ellos ni lástima ni burla. Solo una atención extraña, como si estuviera memorizando su cara.

—Eso —respondió— ya lo veremos.

Se marcharon como habían llegado: sin correr, sin alzar la voz. Dejaron el cuerpo en el altar y a Lola de rodillas entre los pétalos que ella misma había esparcido esa mañana. Afuera, alguien lloraba. Adentro, el incienso seguía ardiendo.

Lola apoyó la frente contra el pecho inmóvil de Miguel Ángel. El latido que buscaba no estaba. Solo quedaba el suyo, furioso, desbocado, latiendo contra la tela empapada.

—Te lo juro —susurró contra su boca fría—. Te lo juro por lo que sea que quede de mí.

No supo cuánto tiempo permaneció allí. Cuando por fin levantó la cabeza, el sol había cambiado de lugar en los vitrales y la sangre había empezado a secarse en sus manos. Se puso de pie. El vestido pesaba el doble. Cada paso que dio hacia la puerta dejó una huella oscura sobre la piedra.

En el umbral se detuvo. El patio estaba vacío de invitados; solo quedaban sillas volcadas y el rumor lejano de sirenas que todavía no llegaban. Lola respiró hondo. El aire olía a azahar y a hierro.

Guardó el nombre en la boca como se guarda una semilla amarga.

Rubén Bartolucci.

Dos años más tarde, cuando su padre la entregara para saldar una deuda que ella ni siquiera conocía, aquel nombre volvería a abrirse en su lengua. Pero esa tarde, de pie en el umbral de la capilla con el vestido de novia convertido en mortaja, Lola solo supo una cosa: el hombre que había amado toda la vida yacía detrás de ella, y el hombre que lo había mandado matar seguía respirando en alguna parte de la ciudad.

Y ella pensaba cobrarle cada aliento.

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