Capítulo 2 Capitulo 2

El velorio no olía a flores. Olía a piedra mojada y a la cera barata que alguien había encendido para disimular el vacío.

Habían tendido a Miguel Ángel en la misma capilla donde cayó. Alguien, quizá el sacristán, quizá una de las tías que no se atrevieron a quedarse, le había cambiado la camisa. El gris perla ya no existía. Ahora llevaba un blanco demasiado nuevo, demasiado tieso, que no conocía el peso de sus hombros. Le habían peinado el cabello hacia un lado que él nunca usaba. Lola se detuvo a tres pasos del féretro y pensó, con una lucidez que le dio náuseas, que aquel hombre ya no era el suyo. Era una versión corregida para que los vivos pudieran mirarlo sin recordar el sonido.

El diamante seguía en su clavícula. Nadie se lo había quitado. Al agacharse, el encaje del vestido —no había consentido en cambiárselo— rozó la madera y dejó en el borde una sombra oscura que ya no era sangre, sino su memoria.

—Perdóname —susurró.

No supo por qué lo decía. Por no haber llegado antes. Por haber creído que el mundo se detenía en la puerta de una capilla. Por el juramento que le había hecho a un cuerpo que ya no podía oírla.

Afuera, el patio seguía con las sillas volcadas. Nadie las había recogido. El camino de pétalos se había vuelto barro. Lola apoyó la palma en el borde del ataúd y sintió el frío subir por el brazo, lento, como si la muerte tuviera paciencia y hubiera decidido enseñarle el camino.

No lloró. El llanto se le había quedado en alguna parte entre la escalera y el altar, y desde entonces solo le quedaba un temblor fino en los dedos, el mismo que le impedía abrocharse el botón de la muñeca.

Su padre apareció cuando el sol ya no daba en los vitrales.

No entró del todo. Se quedó en el umbral, con el abrigo puesto, como un invitado que ha llegado a la casa equivocada y no sabe si disculparse. Tenía las manos en los bolsillos. Lola lo vio por el rabillo del ojo y esperó. Esperó el paso, el brazo, la frase torpe que los padres dicen cuando no hay nada que decir. No llegó nada.

—La policía quiere hablar contigo —dijo.

La voz le salió baja, gastada. No la miraba. Miraba un punto por encima del féretro, donde el Cristo de madera tenía una grieta antigua en la sien.

—Que esperen.

—Lola.

Por fin bajó los ojos. No a los de ella: al vestido. A la mancha del corpiño, al encaje rasgado del hombro, a los pies descalzos que nadie le había obligado a cubrir. Algo en su cara se cerró. No era pena. Era una prisa vergonzante, la de quien calcula cuánto tiempo puede permanecer en un lugar antes de que el lugar lo nombre.

—No podemos tenerlos aquí toda la tarde.

—Miguel Ángel tampoco podía —respondió ella—. Y aquí está.

Su padre apretó la mandíbula. Por un instante Lola creyó que iba a cruzar la nave, que iba a tocarle el cabello como cuando era niña y la fiebre le duraba tres días. Dio medio paso. Se detuvo. El medio paso fue peor que la distancia.

—Yo me encargo de los papeles —murmuró—. Tú solo di que no viste caras.

Lola se volvió.

El diamante le golpeó la piel al girar. Su padre seguía sin sostenerle la mirada. Tenía ojeras de varias noches, y en el cuello de la camisa una marca de sudor que no pertenecía a un duelo, sino a un hombre que ha corrido sin que nadie lo persiga a la vista.

—Vi los ojos —dijo ella—. Grises. Y oí un nombre.

—No lo oíste.

—Rubén Bartolucci.

El nombre cayó entre los dos como cae un vaso: primero el silencio, después el filo. Su padre palideció de una forma que no tenía nada que ver con el muerto. Se llevó una mano al pecho, no al corazón, al bolsillo interior, donde guardaba siempre una libreta de números que ella nunca había leído.

—No vuelvas a decir eso en esta casa.

—Esta casa ya no es nada —susurró Lola—. Él la vació.

Su padre miró por fin el féretro. Fue un segundo. En ese segundo Lola buscó el dolor y encontró otra cosa: alivio mal escondido, el alivio de quien ve cerrarse una puerta que le daba miedo. Se le heló la boca.

—Ve a cambiarte —ordenó, y la orden le tembló—. No puedes recibir a nadie así.

Se marchó antes de que ella pudiera preguntarle qué había firmado, a quién le debía el temblor, por qué el nombre de Bartolucci le había quitado el color y no el aliento.

La policía llegó al atardecer.

Eran dos. Un hombre mayor, de bigote cuidado, y una mujer joven que tomaba notas con una letra redonda, casi escolar. Los hicieron pasar al salón pequeño, el que olía a madera cerrada y a los naranjos del jardín. Lola se había puesto un vestido negro que no le pertenecía. El encaje de novia había quedado sobre una silla, rígido de sangre seca, como un animal que se niega a morir del todo. No se había lavado las manos hasta el final. Quería que alguien viera lo que había tocado.

Nadie lo mencionó.

—Señorita —empezó el de bigote—. Lamentamos la pérdida. Necesitamos que nos diga qué recuerda.

Lola habló. Habló de los hombres oscuros en el límite del jardín, del órgano que se detuvo, de los disparos educados, del pañuelo negro, de los ojos grises, del cuerpo de Miguel Ángel cayendo de lado. Habló del tintineo del anillo contra la piedra. Cuando dijo el nombre, la mujer dejó de escribir.

—Bartolucci —repitió Lola—. Lo dijeron. «Dile a Bartolucci que ya está.»

El silencio que siguió no fue de sorpresa. Fue de trámite. El hombre se aclaró la garganta y miró un punto en la alfombra.

—¿Pudo ver rostros?

—El pañuelo. Los ojos.

—¿Algún vehículo? ¿Alguna placa?

—No.

—¿Amenazas previas? ¿Enemigos del señor…? —consultó la libreta— ¿del señor Miguel Ángel?

Lola negó. Miguel Ángel no tenía enemigos. Miguel Ángel tenía una risa que le nacía en el pecho y una forma de apartarle el cabello como si el tiempo le sobrara. Miguel Ángel le había prometido que el mundo podía arder.

La mujer volvió a escribir. Despacio. Demasiado despacio para todo lo que Lola acababa de poner sobre la mesa.

—Tomaremos declaración formal mañana —dijo el hombre—. Por ahora, descanse. Estas cosas… a veces son ajustes entre gente que no se conoce. Un error. Un aviso que salió mal.

—No fue un error. —La voz de Lola sonó más baja de lo que ella misma esperaba—. Me miraron. Me dejaron viva.

El policía cerró la libreta.

—Eso, señorita, también puede ser un error.

No preguntaron por su padre. No preguntaron por qué la capilla familiar de una boda íntima había sido elegida con tanta precisión. No preguntaron por qué, en una ciudad donde el apellido Bartolucci movía puertos y jueces, el nombre había salido de su boca y ninguno de los dos había pestañeado. Se despidieron con una inclinación de cabeza que servía lo mismo para un duelo que para una multa.

Cuando la puerta se cerró, Lola se quedó de pie en el salón. El olor a naranjo entraba por la ventana entreabierta. Por un instante, absurdo, creyó oír la risa de Miguel Ángel en el jardín trasero, la misma de los diecisiete, cuando le puso el diamante en el cuello y le dijo que ya era suya aunque el mundo tardara en enterarse.

Se llevó la mano al colgante. Estaba frío.

Subió a la habitación que había sido suya antes de ser la de una novia. El vestido seguía en la silla. Lo tomó con las dos manos. El encaje se le deshizo un poco entre los dedos, rígido donde la sangre se había secado, suave donde no había llegado. Lo acercó a la cara. Olía a hierro y a azahar, una mezcla que no debería existir y que, sin embargo, era lo único verdadero que le quedaba del día.

No lo lavó. Lo dobló como se dobla una carta que no se va a enviar y lo guardó en el fondo del armario, debajo de las sábanas de invierno. Encima dejó el anillo que le habían quitado del dedo de Miguel Ángel antes de cerrar el féretro: alguien, con una delicadeza obscena, se lo había puesto a ella en la palma y le había cerrado los dedos.

Se sentó en el borde de la cama. El temblor de las manos había bajado a las rodillas. Cerró los ojos y vio, otra vez, las botas negras deteniéndose a un palmo del cuerpo. Vio los dos dedos cerrándole los párpados. Vio los ojos grises memorizándole la cara.

Rubén Bartolucci.

El nombre ya no le cabía solo en la boca. Le cabía en el pecho, en el sitio donde antes latía la boda. Lo repitió en silencio hasta que dejó de sonar a hombre y sonó a deuda.

Abajo, su padre hablaba por teléfono. No distinguía las palabras. Distinguía el tono: bajo, urgente, el de quien pide un plazo. Lola apoyó la frente en las rodillas. El diamante le rozó el labio.

Mañana habría papeles. Pasado, un entierro al que iría poca gente. Dentro de un mes, la casa olería otra vez a comida y a nada. Ella no pensaba esperar a que el olor se fuera.

Abrió el cajón de la mesilla. Dentro había una libreta de tapas claras, la que usaba para las listas de la boda. Arrancó la primera hoja —mantelería, azahar, número de sillas— y escribió, con una letra que no le temblaba:

Lo mataré.

Debajo, más pequeño, como si el papel pudiera oírla:

Aunque tenga que entrar en su casa.

Cerró la libreta. Apagó la lámpara. En la oscuridad, el encaje guardado siguió oliendo a hierro, y el patio, al otro lado del cristal, siguió teniendo las sillas volcadas, como si la boda hubiera decidido no terminar nunca y solo cambiar de muerto.

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