Capítulo 3 Capitulo 3
El entierro cupo en una tarde sin viento.
No hubo discurso. El cura habló de la vida eterna con una voz que parecía disculparse por estar allí, y las pocas sillas ocupadas —una tía lejana, dos compañeros de trabajo de Miguel Ángel que no se atrevieron a llorar, el sacristán— se vaciaron antes de que la tierra terminara de cubrir la madera. Lola se quedó hasta que el sepulturero apoyó la pala. Nadie le ofreció el brazo. El diamante, bajo el cuello alto del vestido negro, le marcaba la piel cada vez que tragaba.
Su padre no bajó del camino. Desde allí parecía un hombre que espera un taxi, no un padre que acaba de perder al yerno que nunca llegó a serlo. Cuando Lola pasó a su lado, él miró el reloj.
—Hay que cerrar la casa —dijo—. Mañana vienen a por las sillas.
Ella no contestó. En el bolsillo del abrigo llevaba el anillo. Lo había envuelto en un pañuelo de Miguel Ángel, el único que olía todavía a su colonia y no a incienso. Cada cierto tiempo cerraba la mano alrededor y el aro le devolvía un círculo frío, exacto, como si el dedo que faltaba pudiera reconstruirse a fuerza de metal.
Esa noche no cenó. Subió a la habitación y sacó del armario el vestido de encaje. No lo desplegó. Solo comprobó que seguía allí, debajo de las sábanas de invierno, rígido en los pliegues donde la sangre se había secado. Encima dejó el anillo, ya sin el pañuelo, y el diamante, que se quitó del cuello por primera vez desde la capilla. Los dos objetos quedaron juntos sobre la tela blanca: una lágrima y un círculo. Lo que queda de una prometida cuando le quitan al hombre y le dejan las pruebas.
Se sentó en el suelo, con la espalda contra la cama, y los miró hasta que la lámpara le cansó los ojos.
No iba a enterrarlos. Enterrarlos sería aceptar que la historia había terminado en un altar. Lola necesitaba que pesaran. Necesitaba abrir el armario dentro de un mes, de un año, y que el hierro y el vidrio le recordaran el nombre que la policía no había querido escribir.
Rubén Bartolucci.
A la mañana siguiente bajó temprano. La casa olía a café requemado y a las flores que nadie había tirado. Su padre estaba en el comedor, con la libreta de siempre abierta junto a la taza. Al verla, la cerró con un cuidado que delataba más que el temblor.
—¿Dormiste? —preguntó, sin levantar la vista.
—¿Quién es?
Él removió el café. La cucharilla golpeó la porcelana una, dos, tres veces.
—No empieces.
—No empecé yo. Empezaron ellos, en mi boda. Quiero saber quién es el hombre que mandó a cerrarle los ojos a Miguel Ángel.
—Es un apellido que no se dice en voz alta. Con eso te basta.
Lola se sentó frente a él. El vestido negro le quedaba grande en los hombros. Había adelgazado en tres días lo que otras pierden en un mes, y el hambre no le importaba. Le importaba la libreta. La miró hasta que su padre la cubrió con la mano.
—Me basta el nombre —dijo ella—. Me lo diste tú, sin querer, cuando te pusiste blanco. Ahora quiero el resto. Qué hace. Dónde vive. Por qué un hombre así se toma el trabajo de arruinar una capilla pequeña.
—Porque puede. —La respuesta le salió antes de la prudencia. Se arrepintió enseguida. Bajó la voz—. Lola, escúchame. Hay deudas en esta ciudad que no se pagan con dinero. Hay hombres que mueven un puerto con una llamada y jueces que firman sin leer. Bartolucci es uno de esos. No se le pregunta. No se le busca. No se le escribe en una libreta de novia.
Ella no parpadeó.
—¿Tú le debes algo?
El silencio fue una respuesta. Su padre se pasó la mano por la boca. Tenía la barba de dos días y las uñas comidas, un detalle que Lola no le conocía.
—Todo el mundo le debe algo, tarde o temprano —murmuró—. Un permiso. Un silencio. Un plazo. Yo no soy distinto. Y tú no vas a ser la que lo compruebe.
Se levantó. Dejó la taza a medias y la libreta debajo del brazo, como si Lola pudiera arrebatársela. En la puerta se detuvo, de espaldas.
—Guarda el anillo. Guarda el diamante. Reza, si te queda rezo. Y no preguntes más. Por Miguel Ángel ya no se puede hacer nada. Por ti, todavía sí.
Cuando se fue, el comedor quedó con el olor del café y con una frase que Lola dio vueltas hasta desarmarla. Por ti, todavía sí. No sonaba a padre. Sonaba a hombre que ya ha calculado el precio de una hija y espera que nadie venga a cobrarlo.
Esa tarde salió.
No tenía un plan. Tenía un nombre y la ciudad, que a esas horas olía a pan y a gasolina. Caminó hasta el café donde Miguel Ángel la esperaba los jueves, el de los ventanales sucios y el dueño que les fiaba el segundo cortado. El local estaba medio vacío. El dueño la reconoció. La pena le duró lo que tarda en secarse una taza.
—Lo siento mucho, niña.
—Gracias. —Lola se sentó en la mesa de siempre. El asiento de enfrente guardaba todavía la forma de nadie—. Quiero preguntarte una cosa. No es de él.
El hombre secó un vaso. No la miró.
—Si es del otro apellido, no.
—Entonces lo conoces.
—Lo conoce el que tiene ojos. —Bajó la voz, aunque no había nadie cerca—. Los Bartolucci no entran aquí. Entran sus cuentas. El puerto, los almacenes de la avenida, dos bancos que ponen otro nombre en la puerta. Si tu hombre se cruzó con eso, niña, no fue un robo. Fue un mensaje. Y los mensajes no se contestan.
Lola apoyó las manos en la mesa. El anillo, que se había puesto en el dedo índice porque en el anular le quedaba suelto, golpeó la madera.
—¿Dónde vive?
El dueño soltó una risa corta, sin gracia.
—En todas partes. Y en ninguna a la que tú puedas llegar con ese vestido. Vete a casa. Cambia las sillas de sitio. Cásate dentro de unos años con alguien que no pregunte. Es lo único que se le puede pedir a un día como este.
No insistió. Había aprendido, en tres días, que la insistencia cerraba bocas más rápido que el miedo. Pagó un café que no se bebió y salió a la avenida.
Preguntó en otros sitios, con más cuidado. En la mercería, la mujer del mostrador se santiguó al oír el apellido y le dijo que su primo había perdido un camión por no ceder el paso a un coche negro. En el quiosco, el muchacho no supo nada y su padre, desde dentro, le hizo un gesto para que callara. En la parroquia, el sacristán —el mismo que había peinado a Miguel Ángel hacia el lado equivocado— le habló de limosnas grandes y de misas pagadas por gente que no comulgaba.
—Un hombre alto —dijo, cuando Lola le describió los ojos grises—. No. Ese no es él. Ese es el que camina delante. Bartolucci no se deja ver si puede mandar a otro. Dicen que es joven para lo que manda. Dicen que no grita. Con eso hay bastante, señorita. No quiera verle la cara. Las caras, a veces, enganchan.
Lola volvió a casa con los pies hinchados y con un mapa incompleto: puertos, almacenes, bancos con otro nombre, un hombre que no gritaba y otro, de ojos grises, que cerraba párpados ajenos. No era suficiente para una venganza. Era suficiente para no dormir.
Su padre no estaba. Sobre la mesa del comedor había dejado, olvidada o a propósito, una esquina de la libreta. Lola no la abrió. Sabía que si la abría esa noche no podría fingir, al día siguiente, que no había visto los números. Se limitó a pasar el dedo por el canto. El papel estaba caliente, como si alguien lo hubiera apretado mucho rato.
Subió. Abrió el armario. El anillo y el diamante seguían sobre el encaje, fieles, inútiles. Los tomó. Se puso el diamante. El cierre le rozó la nuca y el frío le bajó por la espalda, igual que la primera vez, en el jardín, cuando Miguel Ángel le apartó el cabello y le dijo que ya era suya.
«Esto es para que sepas que ya eres mía», había dicho.
Ahora el colgante no prometía nada. Pesaba. Lola lo aceptó como se acepta una cadena que una misma se pone.
Se miró en el espejo del tocador. La prometida había desaparecido. Quedaba una mujer de ojeras, con un diamante que no brillaba bastante para la hora y un anillo en el índice, como si el luto pudiera llevarse también en las manos que todavía servían para preguntar.
—Sé tu nombre —le dijo al cristal, en voz baja—. Sé que no gritas. Sé que mandas a otros a cerrar los ojos. No sé tu cara. La voy a saber.
Guardó el anillo en el pañuelo y el pañuelo bajo el encaje. Dejó el diamante puesto. Si iba a preguntar, que la vieran con la prueba en el cuello. Si alguien reconocía la lágrima, mejor. Las cosas que se reconocen, a veces, contestan.
Abajo, la llave de su padre giró en la cerradura. Lola apagó la luz. Desde la cama oyó los pasos, la libreta dejada sobre la mesa, un suspiro que no era de viudo ni de padre. Era el suspiro de un hombre que cuenta plazos.
Ella cerró los ojos. En la oscuridad, el diamante le enfriaba el hueco de la garganta, justo donde la voz guarda los nombres que todavía no puede gritar.
