Capítulo 4 Capitulo 4

La ciudad tenía una manera educada de callar.

Lola lo aprendió el jueves, cuando el café de los ventanales ya no le sirvió de nada y tuvo que bajar hacia el puerto. El aire allí era más grueso. Olía a salitre, a gasoil y a la fruta que se pudre en un cajón si nadie la reclama. Los hombres descargaban cajas sin mirarse. Cada vez que ella preguntaba, la respuesta era la misma: un gesto con la barbilla, un «no sé, señorita», un silencio que duraba lo justo para que entendiera que sí sabían.

Se detuvo frente a un almacén de puertas altas. En el dintel, un apellido que no era Bartolucci. El dueño del café se lo había dicho: ponen otro nombre en la puerta. Lola leyó las letras hasta que se le secaron los ojos. Dentro, alguien reía. Afuera, un guarda con las manos en los bolsillos la miró de arriba abajo y no le preguntó qué buscaba. Esa falta de pregunta era, en sí, una respuesta.

—¿El señor Bartolucci recibe aquí? —dijo, de todas formas.

El guarda escupió a un lado. No por grosería. Por costumbre.

—Aquí no recibe nadie. Aquí se trabaja.

—Entonces dónde.

—Donde usted no va a entrar con esos zapatos.

Lola bajó la vista. Llevaba los zapatos negros del entierro, ya grises de polvo. El diamante, bajo el pañuelo que se había anudado al cuello, le pesaba como una piedra pequeña. No se lo quitó. Quería que el día la viera con la prueba puesta.

Caminó hasta el muelle de los pesqueros. Allí el silencio era menos profesional y más viejo. Una mujer vendía café en vasos de plástico. Tenía las manos manchadas de óxido y una voz que no se asustaba de los extraños.

—Si busca trabajo, no hay —dijo, antes de que Lola abriera la boca.

—Busco un nombre.

La mujer le sirvió un café que ella no había pedido. El vapor le subió a la cara y, por un segundo, Lola olió otra cosa: la cera de la capilla, el azahar pisado. Parpadeó. El puerto volvió a ser puerto.

—Los nombres, aquí, se cobran —murmuró la mujer—. O se pagan con no decirlos. El suyo, el que trae escrito en la cara, es de los segundos.

—No lo traigo escrito.

—Lo trae. Se le nota en cómo mira las puertas. —Se inclinó sobre el mostrador improvisado. Olía a tabaco frío—. El puerto grande no es de los que descargan. Es de los que firman. Hay un juez, en los juzgados de la plaza vieja, que sale a almorzar siempre a la una y cuarto. Nunca paga. Nunca mira la cuenta. Si quiere rumores, siéntese cerca. Si quiere verdad, váyase a casa. La verdad, en esta ciudad, no se sirve en vaso de plástico.

Lola dejó unas monedas. La mujer no las tocó hasta que ella se hubo alejado.

Los juzgados olían a papel y a suelo recién fregado. Lola llegó antes de la una. Se sentó en un banco del pasillo, frente a una puerta de madera oscura, y esperó con las manos juntas para que no se le notara el temblor. A la una y diez salió un hombre bajo, de traje claro, con una carpeta bajo el brazo y la prisa de quien no quiere que lo saluden. No la miró. Bajó la escalinata y cruzó hacia un restaurante de manteles cuadrados, el único de la plaza que tenía un camarero en la puerta.

Lola lo siguió. Pidió un agua. Se sentó dos mesas más allá.

No oyó un apellido. Oyó otra cosa. El camarero no le trajo la cuenta. Un hombre más joven, de traje oscuro, se acercó a los postres, se inclinó y dijo unas palabras que no llegaron hasta ella. El juez asintió. Firmó una servilleta, o algo parecido a una servilleta, y el otro se la guardó en el bolsillo interior con un cuidado que no se usa para propinas. Cuando se marchó, el juez se limpió la boca y miró, por primera vez, alrededor. Sus ojos se detuvieron en Lola un segundo de más. No había reconocimiento. Había clasificación. La archivó —joven, de luto, sola— y volvió al café.

Ella no se acercó. Había entendido la lección del puerto: las preguntas directas cerraban puertas. Pagó el agua y salió a la plaza con el corazón golpeándole las costillas.

Esa tarde probó en otro sitio. Una notaría de la calle lateral, donde Miguel Ángel había preguntado una vez, meses atrás, por un papel que nunca le explicó. La secretaria era amable hasta que Lola pronunció el apellido. Entonces la amabilidad se le quedó en la boca, igual que se le queda a alguien el vino cuando oye un cristal romperse en la cocina.

—No llevamos esos asuntos.

—No le pido asuntos. Le pido que me diga si un hombre puede mandar matar a otro y que la policía escriba «error».

La secretaria miró la puerta de la calle. Bajó la voz hasta volverla casi un roce.

—Puede, si el muerto debía algo. O si el vivo debía algo más grande. Los jueces no se compran enteros, señorita. Se compran las tardes. Una firma, un aplazamiento, un expediente que se cae detrás de un armario. Yo no le he dicho esto. Y usted no ha estado aquí.

Lola asintió. En la calle, el sol le dio de lleno y tuvo que entrecerrar los ojos. La ciudad seguía oliendo a pan. Le pareció una ofensa.

Volvió a casa por el camino largo. En una esquina, dos hombres descargaban cajas de un furgón sin matrícula visible. Uno de ellos levantó la cabeza al oír sus pasos. Tenía los ojos claros. No grises. Claros de otra manera, de agua sucia. La miró el cuello, donde el pañuelo no alcanzaba a esconder del todo la cadena.

—Bonito —dijo.

Lola no se detuvo. El corazón se le subió a la garganta y allí se quedó, latiendo contra el diamante. Dobló la esquina. No la siguieron. O la siguieron y ella no supo verlos. Al llegar a la verja de su padre tenía las palmas húmedas y la frase del hombre pegada a la nuca, como un aliento.

Dentro, la casa estaba a oscuras. Su padre dormía en el sillón del salón, con la libreta abierta sobre el pecho y un vaso vacío en el suelo. Lola se acercó. No lo despertó. Leyó, de pie, lo que la página alcanzaba a mostrar: cifras, fechas, un nombre tachado tan fuerte que el papel se había roto. Debajo, en letra más pequeña, una palabra que no era un apellido y que sin embargo lo contenía.

Plazo.

Se apartó antes de que él abriera los ojos. Subió. Se quitó el pañuelo. El diamante le había dejado una marca roja en la piel, justo en el hueco donde la voz se guarda. Se sentó frente al tocador y se miró. Tenía polvo del puerto en el bajo del vestido y una certeza nueva, más fría que la rabia.

Nadie iba a pronunciar el nombre por ella. Los puertos callaban, los jueces almorzaban sin pagar, las notarías ofrecían verdades a condición de no haberlas oído. Rubén Bartolucci no era un hombre al que se pudiera señalar en una plaza. Era una tarde firmada, un almacén con otro apellido, un expediente caído detrás de un armario. Era la razón por la que su padre dormía con la libreta sobre el corazón, como si el papel pudiera defenderlo.

Abrió el cajón. Sacó la libreta de la boda, la de las listas tachadas. En una hoja limpia escribió lo que el día le había dado, sin adornarlo:

Puerto. Otro nombre en la puerta.

Juez de la plaza. No paga.

Deudas que no son dinero.

Un plazo.

Debajo, más despacio, como si las letras pudieran oírla desde alguna casa que todavía no conocía:

No grita. Manda.

Cerró la libreta y la guardó junto al encaje. El anillo, en el índice, le había dejado un surco. Se lo quitó y lo puso sobre la tela, al lado del diamante que acababa de soltarse del cuello. Los dos objetos brillaron poco. Les bastaba.

Abajo, su padre tosió en sueños. Lola apagó la lámpara. En la oscuridad repitió el nombre una sola vez, en voz tan baja que ni el cuarto pudo quedárselo.

Nadie en la ciudad quería decirlo.

Ella iba a tener que aprender a decirlo sola.

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