Capítulo 5 Capitulo 5

Dos inviernos

El primer invierno se llevó el olor de los naranjos.

Lola lo notó una mañana de julio, cuando abrió la ventana de la cocina y el aire entró sin el dulce pesado de la fruta madura. Solo quedaba la humedad de la tierra fría y el humo de alguna chimenea lejana. El jardín trasero había perdido las hojas. Los árboles, desnudos, parecían esqueletos de algo que ella ya no sabía nombrar. Se quedó un momento con las manos en el alféizar, el diamante frío contra la piel del cuello, y pensó que el tiempo también sabía callar.

Habían pasado cuatro meses desde la capilla. El vestido de encaje seguía en el fondo del armario, debajo de las sábanas de invierno, rígido en los pliegues donde la sangre se había secado. El anillo dormía envuelto en el pañuelo de Miguel Ángel. Ella no los sacaba a menudo. Solo a veces, de noche, cuando la casa estaba en silencio y su padre roncaba en el sillón con la libreta sobre el pecho. Entonces abría el armario, pasaba los dedos por el encaje y contaba, en voz baja, los días que faltaban para que el nombre de Rubén Bartolucci dejara de ser un rumor y se volviera una dirección.

No había encontrado la dirección. Había encontrado trabajo.

Una mercería de la avenida la contrató tres semanas después del entierro. La dueña, una mujer de manos ásperas y voz baja, no preguntó por el luto. Le enseñó a cortar el hilo sin deshilachar, a anotar los pedidos en una libreta de tapas azules y a sonreír cuando las clientas hablaban de bodas. Lola aprendió. Aprendió a sostener la sonrisa mientras medía cintas blancas. Aprendió a no mirar demasiado tiempo las agujas. Aprendió que el cuerpo, si se lo obliga, puede seguir de pie aunque el pecho lleve un peso que no se nombra.

Por las tardes volvía a casa por el camino largo. Pasaba por el puerto cuando podía. Ya no preguntaba. Solo miraba las puertas altas, los furgones sin matrícula, los hombres que no levantaban la vista. A veces veía un coche negro detenerse frente a un almacén de otro nombre. Nadie bajaba. El motor seguía en marcha. Lola se quedaba en la esquina, con el abrigo cerrado hasta el cuello, y memorizaba el tiempo que el coche permanecía allí. Tres minutos. Cinco. Una vez, doce. No era una prueba. Era un hábito. El hábito de no olvidar.

Su padre empeoró con el frío.

No lo decía. Lo decía la libreta, que ahora dormía abierta sobre la mesa de la cocina, y las llamadas que él atendía en el pasillo, con la voz tan baja que Lola solo alcanzaba a oír las pausas. Una noche lo encontró contando billetes en el comedor. No eran muchos. Los contaba igual, una y otra vez, como si el número pudiera cambiar si se lo miraba con suficiente miedo. Al verla, los guardó. No se disculpó. Solo dijo:

—No salgas de noche.

Lola no preguntó por qué. Ya sabía que las preguntas cerraban puertas. Se limitó a dejar el abrigo en el perchero y subir. En el cuarto, se quitó el diamante y lo puso junto al anillo. Los dos objetos brillaron poco bajo la lámpara. Les bastaba. Se sentó en el borde de la cama y escribió en la libreta de la boda, la que ya no tenía listas de azahar:

Julio. El puerto sigue callado. Padre cuenta dinero que no alcanza. No he olvidado.

El segundo invierno llegó más seco.

Lola había adelgazado. No por hambre deliberada, sino porque el cuerpo, cuando se le pide que espere, a veces decide ocupar menos espacio. El vestido negro del entierro le quedaba holgado en los hombros. En la mercería, la dueña le regaló un suéter grueso y le dijo que comiera más. Lola asintió. No comió más. Comió lo justo para seguir de pie, para seguir cortando hilo, para seguir pasando por el puerto los jueves, cuando el dueño del café de los ventanales ya no la miraba con pena, sino con la cautela de quien ha decidido no saber.

Una tarde de agosto, en la notaría de la calle lateral, la secretaria la reconoció. No dijo el apellido. Solo le hizo un gesto mínimo con la cabeza, hacia la puerta de atrás, y murmuró, cuando Lola se acercó al mostrador con un pedido falso de copias:

—El juez de la plaza cambió de restaurante. Ahora almuerza en el de la esquina de los tilos. Sigue sin pagar.

Lola no sonrió. Asintió. Pagó las copias que no necesitaba y salió. Esa semana se sentó dos veces en el restaurante de los tilos. El juez llegó a la una y veinte. Firmó otra servilleta. El hombre joven de traje oscuro se la guardó en el mismo bolsillo. Lola no se acercó. Anotó la hora en la libreta, debajo de la fecha, y volvió a la mercería antes de que la dueña notara la ausencia.

Por las noches, el silencio de la casa se había vuelto más espeso. Su padre salía menos. Cuando salía, volvía con olor a humo de bar y con las manos temblorosas. Una vez, Lola lo vio dejar un sobre en el buzón de la esquina, a las once de la noche, mirando hacia ambos lados de la calle antes de soltarlo. No lo abrió. No lo siguió. Solo contó los pasos que él daba de regreso y pensó que el plazo del que hablaba la libreta se estaba acortando.

El diamante seguía en su cuello casi todos los días. Se lo quitaba solo para dormir. A veces, al ponérselo por la mañana, el cierre le rozaba la nuca y el frío le bajaba por la espalda, igual que la primera vez, en el jardín, cuando Miguel Ángel le apartó el cabello. Ya no le dolía de la misma manera. El dolor se había vuelto más fino, más útil. Como un hilo que se tensa sin romperse.

En septiembre cumplió veintiséis años. Nadie lo recordó. Ella tampoco lo dijo. Se compró un café en el puerto, de pie, frente a los almacenes, y brindó en silencio con el vaso de plástico. El café estaba amargo. Lo bebió entero. Al volver a casa encontró a su padre en la cocina, con la libreta abierta y un cigarrillo apagado entre los dedos. La miró como si acabara de entrar una desconocida.

—Hay gente que pregunta por ti —dijo.

Lola se detuvo en el umbral.

—¿Quién?

—No lo sé. —Se pasó la mano por la boca—. O no quiero saberlo. Deja de ir al puerto. Deja de sentarte en restaurantes donde no comes. Si quieres seguir viva, trabaja, vuelve, cierra la puerta.

Ella no contestó. Subió. Abrió el armario. Sacó el vestido de encaje y lo desplegó sobre la cama. La mancha del corpiño se había oscurecido con el tiempo, pero seguía allí, fiel. Pasó la palma por encima. El tul crujió. Debajo, el anillo y el pañuelo. Los tomó. Se puso el anillo en el índice. El surco que le había dejado meses atrás había desaparecido; la piel había olvidado. Ella no.

Se miró en el espejo del tocador. La mujer que le devolvía la mirada ya no era la prometida del altar. Tenía ojeras más hondas, la boca más cerrada, el cabello recogido con un alfiler que no era de novia. El diamante le marcaba el hueco de la garganta. Parecía más pequeño. O ella se había vuelto más grande alrededor de él.

—Sigo aquí —le dijo al cristal.

No era una promesa. Era un informe.

Esa noche escribió en la libreta, con letra más firme que al principio:

Dos inviernos. El puerto no habla. El juez firma. Padre tiene miedo. Yo no he olvidado el nombre.

Debajo, más pequeño:

Cuando llegue el plazo, estaré lista.

Cerró la libreta. La guardó junto al encaje. Apagó la lámpara. En la oscuridad, el jardín sin hojas golpeaba suave contra la ventana, y Lola contó, como todas las noches, los latidos que le quedaban antes de poder devolverlos.

No eran muchos. O eran todos. Ya no distinguía la diferencia. El duelo se le había adelgazado hasta volverse filo, y el filo, por fin, cabía en la palma de la mano sin cortarla.

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