Capítulo 8 Capitulo 8

La oferta

El coche llegó antes del mediodía.

Lola lo vio desde la ventana de su cuarto, negro, quieto frente a la verja, con el motor apagado esta vez. No bajó nadie. Esperaban. Ella ya estaba vestida: el suéter gris, los pantalones oscuros, el abrigo que había usado en el puerto durante dos inviernos. La bolsa, a los pies de la cama, pesaba poco. Dentro iban el pañuelo con el anillo y el diamante, la libreta, dos mudas y el cuchillo envuelto en la camisa. Se había puesto el diamante al cuello a última hora. Quería cruzar esa puerta con la prueba puesta.

Abajo, su padre caminaba. Lo oía: de la mesa a la ventana, de la ventana a la puerta, el roce de la libreta que ya no abría. Lola bajó con la bolsa en la mano. Él se detuvo al verla. Tenía la camisa arrugada y los ojos rojos. No había dormido.

—Puedes quedarte —dijo, sin convicción—. Podemos… podemos hablar otra vez. Pedir otro plazo.

—Ya no hay plazo.

Él abrió la boca. La cerró. En la mesa del comedor estaba la hoja del día anterior, desplegada, y junto a ella un bolígrafo. Lola la miró. La firma de su padre ya estaba allí, temblorosa, de tres semanas atrás. Hoy solo faltaba la de ella, o la confirmación de que aceptaba lo que él había cedido.

Sonó el timbre.

Su padre fue a abrir. Lola se quedó en el umbral del comedor. Entraron los mismos dos. El alto, de abrigo oscuro, y el del traje claro, con la carpeta. Esta vez el alto traía algo más: un sobre blanco, sin nombre, que dejó sobre la mesa sin abrirlo.

—Señorita Valdés —dijo el del traje claro—. El coche está listo.

Lola no se movió. Miró a su padre. Él tenía las manos en los bolsillos del pantalón, los hombros caídos, la mirada fija en un punto de la alfombra que no existía.

—Léelo —dijo ella.

El del traje claro abrió la carpeta. Sacó una hoja nueva. No se la tendió a Lola. Se la tendió a su padre.

—Es la adenda —explicó—. Confirma la cesión. Tres años de residencia en la casa del señor Bartolucci. Obligación de no abandonar el domicilio sin autorización. Correspondencia supervisada. Y la cláusula del heredero, que se considerará cumplida con el nacimiento de un hijo dentro del plazo o con el embarazo comprobado al término del mismo. A cambio, la deuda queda saldada en su totalidad. Sin intereses. Sin recurso posterior.

Su padre tomó la hoja. Las manos le temblaban tanto que el papel crujió. Leyó. O fingió leer. Lola vio el momento exacto en que sus ojos se detuvieron en la frase del heredero. Vio cómo la boca se le abría, cómo el aire no le llegaba.

—No —dijo ella.

La palabra salió baja, pero clara. Los dos hombres la miraron. El alto, un segundo más.

—Padre —insistió—. No firmes eso.

Él no la miró. Tenía el bolígrafo en la mano. Lo había tomado sin que ella lo viera. La punta rozaba el papel, indecisa.

—Si no firmo —murmuró—, vienen por la casa. Por todo. Por ti de otra manera.

—Ya vienen por mí.

—Lola, por favor.

Ella dio un paso. El alto no se interpuso. Solo observó. Lola llegó hasta la mesa. Puso la mano sobre la de su padre, la que sostenía el bolígrafo. Estaba fría. Húmeda.

—Mírame —dijo.

Él levantó los ojos. Había en ellos el mismo alivio que ella había visto el día del velorio, ahora sin disimulo. El alivio de quien entrega lo que ya no puede sostener y espera que el peso pase a otro.

—Lo siento —susurró.

Y firmó.

La firma salió torcida, apresurada, antes de que Lola pudiera apartarle la mano. El bolígrafo cayó sobre la mesa con un golpe pequeño. El del traje claro tomó la hoja, la guardó en la carpeta y asintió, como quien cierra un trámite.

—El coche espera —dijo.

Lola se quedó quieta. El diamante le latía contra la garganta. Miró a su padre. Él había retrocedido un paso, las manos vacías, la boca entreabierta como si todavía pudiera tragar la firma. No dijo nada más. No pidió perdón otra vez. Solo la miró como se mira a alguien que ya no pertenece a la casa.

El alto se acercó. No la tocó. Señaló la bolsa con un movimiento mínimo de la barbilla.

—Puede llevarla. El señor Bartolucci no pone condiciones sobre lo que traiga, siempre que no sea un arma que piense usar hoy.

Lola no contestó. Tomó la bolsa. El peso del cuchillo, envuelto, le rozó la cadera al colgársela del hombro. Pasó junto a su padre sin tocarle el brazo. En la puerta se detuvo. El jardín, al fondo, seguía con los naranjos desnudos. El olor a tierra fría entraba por la ventana que nadie había cerrado.

—No vuelvas a escribirme —dijo, sin volverse—. Si escribes, no abriré.

Salió.

El aire de la calle le golpeó la cara, más frío de lo que esperaba. El coche tenía la puerta trasera abierta. El alto la sostuvo. Ella subió. El asiento olía a cuero nuevo y a nada más. Ni a tabaco ni a perfume. A ausencia. La puerta se cerró. A través del cristal vio a su padre en el umbral, pequeño, con la mano todavía levantada como si hubiera querido detenerla y no hubiera alcanzado.

El coche arrancó.

Lola no miró atrás. Apoyó la bolsa en el regazo y cerró las manos sobre ella. El diamante, bajo el abrigo, le enfriaba la piel. Dentro de la bolsa, el cuchillo pesaba poco. La libreta, menos. Contó los latidos hasta que el barrio quedó atrás y la ciudad empezó a cambiar de olor: menos pan, más salitre, más piedra.

Nadie habló durante el trayecto. El alto iba delante, en el asiento del copiloto. El conductor no se volvió. Lola miró por la ventanilla las calles que no conocía, los almacenes de nombres ajenos, una plaza donde un juez quizá almorzaba sin pagar. El corazón le latía despacio, firme, como si el filo que había afilado durante dos inviernos hubiera encontrado por fin el lugar donde apoyarse.

Tres años.

Un techo.

Un heredero.

La oferta ya no era una amenaza dicha en un comedor. Era el asiento en el que iba sentada, el cuero que olía a nada, la verja que todavía no veía y que, sin embargo, se acercaba con cada semáforo. Su padre había firmado antes de que ella pudiera gritar. Ahora el grito se le había quedado dentro, convertido en otra cosa: una espera más fina, más quieta, la de quien cruza una ciudad entera para llegar a la casa del hombre cuyo nombre la ciudad no pronuncia.

El coche redujo la velocidad. A lo lejos, entre árboles altos, apareció una verja de hierro negro. No era ostentosa. Era exacta. Lola enderezó la espalda. El diamante le rozó la clavícula. Dentro de la bolsa, el cuchillo no se movió.

Estaba lista.

O tan lista como se puede estar cuando el odio y el miedo caben, por primera vez, en el mismo aliento.

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