Capítulo 1 CAPÍTULO 1
El olor a whisky caro y tabaco fino no lograba tapar el miedo que emanaba del hombre atado a la silla.
Víctor revisó los gemelos de su camisa, perfectamente alineados en las puñetas de su traje a medida, antes de levantar la vista. Estaba sentado bajo una sombra de luz amarilla dentro de un almacén abandonado en la zona portuaria. Afuera, la lluvia chocaba contra las láminas de zinc. Adentro, solo se escuchaba la respiración agitada de su prisionero.
—Te di tres días, Roberto —dijo Víctor. Su voz sonaba tranquila, algo cansada, pero con ese tono neutro que hacía temblar a todas a su alrededor —. No tres semanas. No tres meses. Tres días.
—Víctor, por favor... te juro que el cargamento viene en camino —suplicó el hombre, con el labio partido y la cara cubierta de sudor y gotas de sangre que caían desde unos golpes con piel abierta desde su frente—. Hubo un problema en la aduana; tú sabes cómo son esos infelices cuando quieren más dinero. —Intento sonreír, demostrando que todavía tenía algo de su confianza.
Víctor se levantó despacio. Tenía veintiocho años, pero parecía de unos treinta y cuatro. Cargaba el peso de una dinastía poderosa que gobernaba desde la oscuridad por todo el puerto de Santo Domingo y Santa Cruz, las dos ciudades más grandes y ricas en diversidad. Para la alta sociedad, él era el heredero de un conglomerado de logística y transporte. Para el subterráneo, era el líder implacable de la familia Rossi, el hombre que no daba segundas oportunidades.
Se acercó al sujeto, metió las manos en los bolsillos del pantalón y ladeó la cabeza.
—A mí no me importa la aduana. Me importa que me mentiste. Me dijiste que los contenedores ya estaban en el almacén central.
—¡Me dieron la palabra de que salían hoy! —Roberto intentó rectificar lo dicho.
—Tu palabra no vale nada si depende de otros —intervino una voz desde la puerta.
Marco, el primo y mano derecha de Víctor, caminó hacia ellos jugando con una navaja entre los dedos. A diferencia de Víctor, que siempre mantenía una compostura fría y calculada, Marco disfrutaba infundir terror de forma directa. Tenía una sonrisa torcida y la mirada desquiciada de quien no le teme a las consecuencias.
—Déjame encargarme de esto, Víctor —pidió Marco, deteniéndose a un metro de la silla—. Nos está haciendo perder el tiempo. La fiesta de la fundación empieza en una hora y tu padre no va a tolerar que llegues tarde por limpiar los desastres de un incompetente. Además —miro su traje— estás lleno de sangre, debes limpiarte.
Víctor miró su reloj de pulsera. Marco tenía razón en algo: su padre, Don Lorenzo, no perdonaba las impuntualidades, y menos esa noche. La gala benéfica de la familia era la fachada perfecta para mover millones de dólares en licor Ébano, un licor que el gobierno había prohibido debido a sus fuertes secuelas que deja en la mente humana. Era una droga potente que consumía al que lo bebiera, pero al mismo tiempo, era adictivo. Bajo los ojos de la policía y la élite empresarial.
—Tranquilo, Marco —respondió Víctor sin mirarlo—. Roberto todavía tiene algo que me interesa.
Víctor se inclinó hacia Roberto, que estaba aterrado, quedando a pocos centímetros de su rostro. —¿Dónde está el dinero que retiraste de la cuenta bancaria esta mañana? Porque sé que no lo usaste para pagarle a la aduana.
Los ojos de Roberto se abrieron de par en par. La palidez de su rostro confirmó la sospecha.
—Yo... yo iba a pagarte...
—Pensabas huir —Víctor continuó con media sonrisa en su rostro al dar en el clavo—. Creíste que eras más listo que nosotros.
Antes de que Roberto pudiera articular otra excusa, Víctor sacó una pistola con silenciador del interior de su saco y disparó una sola vez. El cuerpo del hombre se descompensó en la silla, silenciando la bodega por completo. Los hombres a su alrededor bajaron la cabeza sin decir nada.
Víctor guardó el arma, sacó un pañuelo de seda de su bolsillo y se limpió las manos, aunque toda su ropa estaba manchada de sangre.
—Limpien este desastre —le ordenó a Marco —. Dile a los chicos que registren su casa. Traigan todo lo que encuentren de valor y quemenlo.
—Hecho —contestó Marco, guardando la navaja con un chasquido molesto—. Nos vemos en la gala. Intenta no ponerte esa cara de velorio; vas a espantar a los inversionistas.
—Preocúpate por hacer bien tu trabajo, Marco —le advirtió Víctor antes de salir.
A varios kilómetros de allí, en un pequeño apartamento del centro, la atmósfera era muy diferente, pero la tensión era igual de asfixiante.
Elena corría de un lado a otro buscando sus tacones negros. Llevaba puesto un vestido sencillo que había comprado en rebaja, pero que le quedaba impecable gracias a su porte natural.
—¡Elena, vas a llegar tarde! —gritó su madre desde la cocina.
—¡Ya voy, mamá! No encuentro el otro zapato —respondió ella, agachándose para mirar debajo de la cama. Lo atrapó, se lo puso a toda prisa y se miró en el espejo roto del pasillo.
Se recogió el cabello oscuro en un moño elegante y se pintó los labios de un rojo discreto. Con veintidós años, trabajaba como mesera para una agencia de eventos de alta gama, un empleo exigente y mal pagado, pero que le permitía costear las medicinas de su madre y sus propios estudios de administración.
Esa noche era vital. La agencia pagaría el doble porque el evento era en la mansión de la familia Rossi, una de las más ricas y poderosas de la región.
—Toma un poco de agua, hija. Te ves demasiado pálida —dijo su madre, acercándose lentamente con un vaso.
—No tengo tiempo, ma. —Elena le dio un beso rápido en la mejilla—. Si llego tarde cinco minutos, el supervisor me descuenta la mitad del turno y necesito cada centavo para pagar el alquiler de este mes.
—Solo ten cuidado, ¿sí? No me gusta el ambiente de esas fiestas. Esa gente rica es peligrosa.
—Son solo viejos con mucho dinero comiendo bocadillos caros, mamá. No me va a pasar nada. Además, ya estoy muy vieja para ellos. —Se encogió de hombros y salió a la calle apresuradamente. El cielo amenazaba con volver a soltar una tormenta, pero tuvo la suerte de alcanzar el último autobús que la dejaría cerca de la zona residencial de las colinas; era un conjunto residencial con alta seguridad.
Durante el trayecto, repasó mentalmente las reglas de la empresa: no hablar con los invitados a menos que fuera estrictamente necesario, mantener la mirada abajo, no tocar nada que no le perteneciera; en resumen, debían ser invisibles y no llamar para nada la atención. Para los ricos, los meseros eran solo parte de la decoración y les molestaba que estorbaran.
La mansión Rossi parecía un castillo iluminado en medio de las colinas. Decenas de autos de lujo descendían por el camino de entrada, descargando a diplomáticos, empresarios, políticos y figuras del entretenimiento.
Víctor llegó conduciendo su propio vehículo. Dejó las llaves al botones y caminó hacia la entrada principal. Se cambió la camisa y se abrochó el botón del saco, respiró hondo y adoptó la misma cara, la misma postura que llevaba usando desde que tenía memoria, de un distinguido hijo refinado.
Al cruzar el gran salón de eventos, su mirada barrió el lugar de manera instintiva. Detectó de inmediato a los hombres de seguridad encubiertos, distribuidos estratégicamente en las esquinas. También vio a su padre, don Lorenzo, conversando y riendo a carcajadas con un senador mientras sostenía una copa de champán.
Lorenzo era un hombre maduro, aunque un poco risueño para su edad; era de cabello canoso y postura imponente. Su mera presencia infundía respeto y miedo. Cuando vio entrar a su hijo, le hizo un leve gesto con la cabeza para que se acercara.
—Llegas justo a tiempo, Víctor —dijo don Lorenzo cuando su hijo se puso a su lado—. El senador estaba diciéndome lo impresionado que está con el crecimiento de nuestros puertos. —tomo un sorbo de su copa.
—Es un placer verlo de nuevo, senador —saludó Víctor con una sonrisa ensayada—. Hemos optimizado los tiempos de entrega. Todo entra y sale de la ciudad con absoluta discreción.
—Eso me gusta escucharlo, muchacho —respondió el político, dándole un trago a su copa—. Mientras todo siga en orden, las licencias del gobierno seguirán renovándose sin inconvenientes. —Miró Lorenzo con una expresión pícara; ambos rieron.
Mientras su padre y el senador continuaban hablando de números y acuerdos políticos, la atención de Víctor se desvió hacia la zona del servicio.
A pocos metros de distancia, una mesera intentaba equilibrar una bandeja cargada de copas de cristal. Tenía el rostro tenso por la concentración, pero lo que llamó la atención de Víctor no fue su torpeza o su dócil belleza, sino la forma en que sus ojos expresaban un cansancio profundo y a la vez, dignidad. Ninguna encajaba en ese ambiente.
En ese momento, uno de los invitados, un tipo ebrio, tropezó a propósito contra la joven al pasar a su lado.
La bandeja se tambaleó violentamente. Elena hizo un esfuerzo para evitar que las copas cayeran al suelo, pero tres de ellas terminaron estrellándose contra el mármol, haciendo un ruido seco que llamó la atención de los presentes más cercanos.
—¡Fíjate por dónde caminas, estúpida! —gritó el tipo ebrio, señalando una diminuta mancha de champán en la solapa de su traje—. ¡Mira lo que le hiciste a mi ropa!
Elena sintió que la sangre se le congelaba. El supervisor de la agencia ya se dirigía hacia ella con cara de pocos amigos.
—Lo siento mucho, señor, no fue mi intención... el plato se resbaló —se disculpó Elena rápidamente, agachándose de inmediato para recoger los cristales rotos antes de que la situación empeorara.
—¿Crees que con disculpas vas a pagar este traje? —insistió el hombre levantando la voz, buscando la atención del público—. ¡Eres una inútil!
—Dije que lo siento —respondió Elena, esta vez levantando la vista. Sus ojos se cruzaron con los del sujeto con una firmeza que sorprendió al hombre. No había sumisión en su voz, sino una dignidad helada—. Pero usted me empujó primero.
El tipo se puso rojo de ira y levantó la mano con intención de darle una bofetada. —Te atreviste a mirarme a los ojos, ¿quién te dio permiso de verme a los ojos?
Elena cerró los ojos por un segundo, esperando el golpe, pero este nunca llegó.
Cuando los abrió, vio una mano firme sujetando la muñeca del hombre ebrio con una fuerza que le estaba haciendo perder el color a los dedos.
El dueño de esa mano era Víctor.
—En esta casa no le levantamos la mano a las mujeres, y mucho menos a quienes están trabajando —dijo Víctor con un tono helado que cortó la tensión del lugar como una navaja.
El tipo ebrio tragó saliva al reconocer de inmediato al heredero Rossi.
—Víctor... yo solo... la chica fue descuidada...
—Te sugiero que vayas a limpiarte al baño y te comportes por el resto de la noche —dijo Víctor soltándole la muñeca con desprecio—. O me veré en la obligación de pedirle a la seguridad que te acompañe a la salida. Y créeme, no va a ser un paseo agradable.
El hombre no protestó. Murmuró una disculpa cobarde y se alejó rápidamente entre la multitud.
Víctor se giró hacia Elena, que seguía de rodillas entre los cristales rotos. Él se agachó frente a ella, quedando a la misma altura.
—¿Te cortaste? —preguntó Víctor, mirando sus manos.
Elena se le quedó viendo por un segundo, impactada por la intensidad de la mirada del hombre. Era ridículamente atractivo, pero emanaba un aura peligrosa que le puso los pelos de punta. Sin embargo, no se dejó intimidar.
—Estoy bien —contestó ella limpiándose las manos en el delantal—. Puedo limpiarlo sola, no necesita hacer esto, señor.
—No estoy limpiando —dijo Víctor con una leve pincelada de ironía—. Estoy evitando que cometas el error de cortarte las manos y arruines más el suelo.
Elena entrecerró los ojos. La arrogancia del tipo le molestó de inmediato.
—No soy torpe, señor. Su invitado me empujó.
Víctor la miró con atención por un par de segundos. Nadie en ese salón le hablaba con ese tono, mucho menos una empleada contratada por una noche. Había algo en la valentía de la joven que le pareció refrescante entre tanta gente falsa.
—Se nota que no sabes quién soy —comentó él en voz baja.
—Sé que es el dueño de la casa o el hijo del dueño —respondió Elena poniéndose de pie con la bandeja vacía en la mano—. Y agradezco que calmara al sujeto, pero no necesito que me hable con condescendencia. Con permiso, debo volver a trabajar.
Elena se dio la vuelta y caminó a paso firme hacia la cocina, dejando a Víctor parado en medio del salón.
Marco se acercó a su primo unos segundos después, sosteniendo una copa y mirando la espalda de la joven que se alejaba.
—¿Desde cuándo te dedicas a rescatar meseras? —se burló Marco—. Pensé que tenías estándares más altos.
—Cállate, Marco —respondió Víctor sin quitar la vista de la puerta de la cocina—. Solo estaba evitando un espectáculo.
—Sí, claro. Lo que tú digas —Marco se acercó más y le susurró al oído con tono serio—. Por cierto, llamaron los muchachos del puerto. Roberto tenía un cuaderno con nombres antes de que lo eliminaras. Parece que tú no eras su único jefe.
La expresión de Víctor volvió a transformarse: —¿A quién viste ahí?
—Todavía están revisando, pero hay varios políticos metidos en el asunto. Esto se va a poner feo. Si la prensa o la policía se enteran de lo que Roberto estaba moviendo, le va a dar muchos problemas a nuestros padres, y más al tío Lorenzo.
Víctor apretó la mandíbula. La tranquilidad de la noche había terminado.
—Reúne a los jefes de seguridad en el despacho de mi padre en diez minutos —ordenó Víctor—. Nadie sale de esta mansión hasta que sepamos exactamente qué información tenía Roberto y a quién se la vendió.
Mientras caminaba hacia las escaleras que llevaban al despacho privado, Víctor volvió a mirar por encima del hombro hacia la zona de servicio. No sabía por qué, pero la mirada desafiante de esa mesera no se le salía de la cabeza.
En un mundo donde todos le temían o le mentían para complacerlo, una desconocida lo había mirado a los ojos sin bajar la cabeza.
—Qué interesante…
