Capítulo 2 Capítulo 2
Sentía el cuerpo como si me hubiera arrollado un camión de carga; uno de esos de dieciocho ruedas que no frenan por nada del mundo. Todo me dolía a un nivel que sobrepasaba lo miserable; se concentraba especialmente en mis brazos y en las plantas de mis pies. Estar de pie durante horas sosteniendo bandejas pesadas y esquivar a viejos gordos con canas, definitivamente no era un trabajo que me gustara. De hecho, lo detestaba con cada fibra de mi ser, pero, al menos, me daba para comer y pagar el alquiler.
Abrí lentamente los ojos, soltando un quejido ronco, áspero, que apenas sonó humano, mientras intentaba sobar la parte posterior de mi cuello. Mis dedos se sentían torpes, pesados como el plomo. Mi cuerpo entero me suplicaba a gritos que me volviera a hundir bajo las sábanas. Todavía quería dormir; necesitaba dormir, al menos unas diez horas más para compensar el agotamiento físico y mental de la noche anterior. Sin embargo, en medio de esa neblina de cansancio, había algo en el fondo de mi cabeza, como un zumbido molesto que me decía que debía despertar rápido.
Mantuve los ojos cerrados un par de segundos más; luego los fui abriendo poco a poco. La luz del sol se filtraba por las rendijas de la persiana rota de mi habitación, golpeándome directo en la cara.
Mi visión tardó unos instantes en aclararse. Con una pereza monumental, tiré la cabeza de lado sobre la almohada para ver la hora en el pequeño reloj despertador que descansaba sobre la mesa de noche. Todavía lo veía todo borroso, como si estuviera bajo el agua. Me froté los ojos con los nudillos, parpadeé un par de veces para enfocar la vista. Los números digitales brillaban en rojo: eran las 9:00 en punto.
Parpadeé de nuevo sin que mi cerebro terminara de procesar. Luego giré la cabeza y me quedé mirando el techo de mi habitación. La pintura descolorida no me dio ninguna respuesta. Tenía el leve, pero insistente presentimiento de que tenía algo muy importante pendiente para hoy, pero por más que rebuscaba en mi mente cansada, no lograba recordar qué diablos era. Mi cabeza estaba en blanco, bloqueada por el cansancio de haber llegado de madrugada.
De repente, un zumbido sordo rompió el silencio de la habitación.
Era mi teléfono. Estaba sonando en algún lugar perdido en la cama. Sentí las vibraciones trepando por el colchón, justo debajo de mis piernas. Solté un suspiro frustrado y me dediqué a buscarlo a ciegas entre las sábanas desordenadas, palpando la tela hasta que mis dedos chocaron con la pantalla fría.
Sin mirar el identificador de llamadas, deslicé el dedo por la pantalla y me llevé el aparato a la oreja. Mi voz salió ronca y pastosa.
—¿Diga? —murmuré, cerrando los ojos otra vez.
—¡Oye!, ¿dónde diablos estás? —La voz del otro lado de la línea sonó tan fuerte que me hizo alejar el teléfono de mi oreja —. Espero que, por tu propio bien, ya estés doblando la esquina.
Fruncí el ceño, confundida. Mi cerebro seguía trabajando a media máquina.
—¿Qué? —La interrumpí, tratando de reconocer la voz, aunque en el fondo sabía perfectamente quién era—. ¿Richell? ¿De qué estás hablando? Espera un segundo...
—¿Estás durmiendo? —Richell habló por encima de mí, y casi pude escuchar cómo se llevaba una mano a la cabeza, exasperada —. Por el amor de Dios ¿te acabas de levantar?
Me pasé la mano por el cabello desordenado.—Richell, espera, si supieras todo lo que tuve que hacer anoche, me entenderías perfectamente por qué estoy recién levantándome —repliqué, tratando de sonar ofendida para ganar algo de terreno, aunque mi voz todavía delataba lo adormilada que estaba.
—Oh, claro que lo entendería —respondió Richell, y su tono se volvió peligrosamente sarcástico—. Lo entendería a la perfección si no fuera porque en media hora me prometiste que estarías aquí para ayudarme con una cita a ciegas.
El mundo se detuvo. El cansancio, el dolor en los brazos, el ardor en los pies... todo desapareció, borrado de golpe por una inyección letal de adrenalina pura. Abrí los ojos de par en par, sintiendo que el corazón se me salía por la garganta.
Me levanté de la cama de un segundo, tirando las sábanas al suelo. Mis pies descalzos chocaron contra el piso frío. —¡Carajo, la cita! —grité, llevándome la mano libre a la boca, horrorizada.
¡La cita a ciegas! Lo había olvidado por completo; habíamos estado haciendo esto durante seis meses. Richell, que venía de una familia con mucho dinero, no quería casarse por conveniencia, decía que esas bodas ya estaban pasadas de moda y, claro, también opino lo mismo, pero la maldita no tenía el coraje suficiente para decirle por ella misma a todos esos hombres adinerados con la vida resuelta que no querían casarse con ninguno, así que hicimos un trato: yo me deshacía de sus citas molestas y ella me conseguía más trabajos de mesera en eventos de la gente con dinero en turnos de noche, de manera que no perjudicaban mi horario de clases por el día y podía seguir al día con mis pagos mensuales.
Pero… ¡Lo había olvidado por completo!
—¡Sí, la cita a ciegas! —refutó Richell desde el otro lado de la línea, su sarcasmo alcanzando niveles estratosféricos—. ¡Qué bueno que te acordaste, bella durmiente! Ahora levanta tu trasero de esa cama y corre hasta acá. Te quiero en este restaurante, o si no, no quiero que me culpes por no seguir ayudándote más.
Empecé a correr por la habitación. Abrí la puerta del clóset de un tirón, tirando un par de ganchos al suelo en mi desesperación, buscando con la mirada el pantalón de vestir negro que había dejado planchado... o que creía haber dejado planchado.
—No, no, no, tú tranquila. Tienes que confiar en mí, dime, ¿cuándo te he fallado? —empecé a balbucear, sosteniendo el teléfono entre mi oreja y mi hombro mientras me peleaba con la percha del pantalón—. Es más, ya estoy llegando. ¿Durmiendo? ¡Yo no estaba durmiendo! Para nada. Solo... solo estaba viendo qué decías si pensabas que estaba durmiendo. Una broma mañanera, ya sabes.
Solté una risita nerviosa mientras me ponía el pantalón a saltos, perdiendo el equilibrio y casi estrellándome de cara contra la pared de mi habitación. Me subí la cremallera a una velocidad peligrosa, con el corazón bombeando sangre a mis oídos.
Ricehll soltó una carcajada seca al otro lado de la línea. No se había creído ni media palabra de mi excusa barata.
—Ah, sí, sí —se rio, pero no había humor en su tono—. Qué buen chiste, Elena. Buenísimo. Sobre todo porque esta cita, según sé yo, es muy puntual, así que si llega primero que tú, lo más probable es que haya problemas, y muchos. Ah, por cierto, no te dije, pero ponte algo escotado y muy atrevido; leí algunos datos de este hombre y al parecer no le caen bien las chicas que son descubiertas, ya saben que les gusta mostrar de más.
Me quedé congelada en medio de la habitación, con una blusa blanca a medio abotonar y un zapato en la mano.
—¡¿Y CASO ME LO ESTÁS DICIENDO A ESTA HORA?! —grité a todo pulmón, sintiendo que el pánico me cerraba la garganta—. ¡¿QUÉ NO TENÍAS QUE DECÍRMELO ANTES?!
—Espera, espera, espera, claro que te lo dije, te lo dejé como mensaje destacado ayer por la noche; supongo que, claro, ni siquiera te dignaste a leer.
—Ok, creo que tenemos un claro problema de comunicación.
—Bueno, lamento decirte que no es lo único; también tienes un claro problema de impuntualidad, así que date prisa.
Colgó.
Me quedé mirando la pantalla apagada del teléfono por una fracción de segundo antes de tirar el aparato sobre la cama.
—¡Maldición! —solté al aire, reanudando mi carrera frenética.
Tenía que cruzar media ciudad, en hora pico, en menos de diez minutos. Si anoche pensaba que el destino me odiaba al cruzarme con ese tipo borracho, hoy estaba completamente segura de que el universo entero se estaba burlando de mí.
Veinte minutos más tarde, había llegado a mi destino jadeando. Tenía el sudor acumulado en la frente, amenazando con arruinarme la gruesa capa de maquillaje que me había aplicado a toda velocidad en el baño de mi apartamento. Me apoyé con una mano en la pared de ladrillo de la calle y con la otra sostuve mi teléfono mientras intentaba recuperar el aliento.
Levanté la vista hacia el lugar que Richell me había enviado por ubicación. Era un restaurante de temática minimalista. Se veía escandalosamente caro. Uno de esos lugares donde te cobran cien dólares por un plato del tamaño de una moneda y donde el agua mineral seguramente venía importada de algún glaciar remoto.
Respiré hondo, llenando mis pulmones de aire para calmar las pulsaciones de mi corazón, y volví a mirar la pantalla de mi teléfono.
Tenía al menos cincuenta mensajes nuevos y notas de voz de Richell con cientos de indicaciones sobre cómo comportarme. Richell era mi mejor amiga, una chica de familia acomodada que odiaba el control de sus padres, pero que de vez en cuando me necesitaba para sacarla de aprietos como este. Esta vez, la habían obligado a aceptar una cita a ciegas con el hijo de algún socio importante de su padre, y su plan maestro para zafarse del compromiso sin quedar ella como la culpable, era enviarme a mí en su lugar para espantarlo.
«Habla en voz alta», decía uno de sus mensajes. «Mastica con la boca abierta si pide comida. Hazle preguntas incómodas sobre cuánto dinero gana. ¡Ah! Y dile que no trabajas y que tu sueño es ser una esposa mantenida que solo va de compras.»
Rodé los ojos con fuerza.
—Qué exagerada —pensé en voz alta, guardando el celular en mi bolso. Era la primera vez que existía tanto protocolo para deshacerme de alguien, pero supongo que el tipo de hoy debía ser un hueso duro de roer.
Para esta misión de sabotaje, había cambiado mi ropa por una muchísimo más atrevida, tal y como me lo rogó Richell. Llevaba puesta una minifalda negra de cuero, tan ajustada y corta que caminar rápido había sido un deporte de riesgo. La acompañé con una blusa roja cuyo escote dejaba muy poco a la imaginación, y, para rematar el desastre visual, me había puesto un abrigo de piel sintética blanco que desentonaba por completo con el clima de la ciudad.
Me veía demasiado atrevida, casi vulgar. Y esa era exactamente la intención. A los hombres ricos de cuna, esos herederos estirados que buscan esposas trofeo para presentar en sus clubes, les daba un terror profundo cualquier mujer que llamara demasiado la atención de forma incorrecta. Odiaban el escándalo y repudiaban a las chicas que no se vieran recatadas, sumisas y elegantes. Así que, claramente, esto iba a ser demasiado fácil. Con este aspecto, el tipo saldría corriendo antes de pedir los aperitivos.
Para completar el personaje, llevaba unos enormes lentes de sol con cristales rosados, a pesar de que el día estaba algo nublado, y el cabello suelto, alborotado a propósito. Me había maquillado de una manera bastante exagerada: sombras oscuras, delineado grueso y un labial rojo brillante. Todo diseñado fríamente para que el tipo sintiera un rechazo inmediato, me descartara y le dijera al padre de Richell que su hija era un desastre con el que no quería volver a cruzarse.
Mire la hora en la pantalla de mi celular. Habían pasado veinte minutos exactos desde la hora pautada para la reserva. No tenía ningún problema con eso. De hecho, era parte del plan.
En los últimos seis meses que llevo haciéndole este tipo de favores a Richell y saliendo con esta clase de chicos de alta sociedad, aprendí una lección valiosa: a ninguno le gusta que una chica demuestre ser más puntual que ellos. Sus egos son tan frágiles que necesitan sentir que tienen el control del tiempo. Así que, hacerlos esperar unos buenos minutos y llegar tarde con actitud de diva, no era para nada una mala estrategia. Ayudaba a crear tensión y molestia antes de siquiera decir "hola".
Empujé la pesada puerta de cristal del restaurante y entré. El golpe del aire acondicionado me dio de lleno, secando un poco el sudor de mi cuello. El lugar olía a limpio, a perfume caro y a especias exóticas.
Me recibió una muchacha joven con un uniforme negro impecable, el cabello recogido en un moño perfecto y una postura que delataba años de entrenamiento en atención al cliente. Ella me escaneó de arriba a abajo en una fracción de segundo. Noté cómo sus ojos se detuvieron en mi abrigo de piel y en lo corto de mi falda, pero su expresión profesional no cambió. Me recibió con una sonrisa cortés, aunque sus ojos carecían de calidez.
—Buenos días, señorita. ¿Tiene reserva? —preguntó con voz suave.
Yo asentí, bajándome ligeramente los lentes de sol rosados por el puente de la nariz y llevando mi cabello hacia atrás con un movimiento exagerado de la mano, metiéndome de lleno en mi papel de niña rica y mimada. —Sí, tengo una cita —respondí, masticando una goma de mascar imaginaria para darle más actitud.
La recepcionista asintió sin perder la sonrisa y sacó del bolsillo de su delantal negro una tablet delgada. —¿Me da su nombre, por favor?
—Claro. Richell Domínguez.
La chica tecleó un par de letras en la pantalla, sus ojos recorrieron la lista de reservas y luego me miró directamente. —Sí, por supuesto, señorita Domínguez. Su acompañante ya llegó y la está esperando. Déjeme llevarla a su mesa.
Asentí con un gesto altanero y la seguí. Mientras caminábamos, noté que la planta baja estaba casi vacía, solo ocupada por un par de empresarios tomando café. Subimos unas elegantes escaleras de madera iluminadas con luces LED en los bordes, que nos llevaron al primer piso. La muchacha me guio hacia el fondo del pasillo, alejándonos del bullicio general, directo hacia la zona de las alcobas privadas. Eran espacios cerrados con cortinas de seda a los lados, diseñados para ofrecer máxima privacidad a los clientes que pagaban por exclusividad.
A medida que nos acercábamos a la última alcoba, lo distinguí de espaldas. Era el único cliente en toda esa zona VIP. Estaba sentado con una postura recta, impecable. Llevaba un saco oscuro que se ajustaba perfectamente a la anchura de sus hombros. Solo con verle la espalda supe que el traje valía más que el alquiler de mi apartamento por todo un año.
La recepcionista se detuvo justo frente al borde de la alcoba, a unos metros de la mesa del hombre, y me hizo un gesto amable con la mano para indicarme que esa era mi parada. Yo asentí, despidiéndola con un leve movimiento de cabeza. Ella dio media vuelta y desapareció por el pasillo.
Respiré hondo una última vez. Que empiece mi actuación, pensé. Esto será demasiado fácil. Quince minutos, lo asusto, cobro el favor de Richell y me voy a mi casa a dormir.
Caminé con paso firme, haciendo que mis tacones resonaran fuertemente contra el piso de madera para anunciar mi llegada. Me detuve justo frente al asiento que estaba vacío al otro lado de la mesa. Tomé el respaldo de la silla forrada en terciopelo y la arrastré hacia atrás haciendo un poco de ruido a propósito.
El tipo, al escucharme, se levantó de su asiento de inmediato por pura educación y protocolo de etiqueta. Era alto, mucho más de lo que parecía estando sentado.
Levanté la barbilla. Me quité los lentes de sol rosados con un movimiento lento y dramático para parecer toda una diva inalcanzable, lista para lanzar mi primer comentario pesado.
Pero cuando abrí los ojos y enfoqué mi vista en su rostro, me quedé completamente congelada.
El aire abandonó mis pulmones. Mi corazón dio un vuelco tan violento que sentí una punzada en el pecho. Mis dedos se aflojaron, y casi dejo caer los ridículos lentes rosados sobre el mantel blanco.
Frente a mí no estaba un niño rico cualquiera. Frente a mí estaba el hombre de la mirada de hielo. El que me había salvado del tipo ebrio anoche en la mansión mientras yo recogía cristales rotos del suelo.
Era Víctor Rossi.
Él se quedó mirándome fijamente. Su expresión, normalmente una máscara inquebrantable de frialdad, se rompió por un milisegundo. Abrió un poco los ojos, y noté que sus hombros se tensaban. Parecía tener el mismo sentimiento de confusión absoluta que me estaba devorando a mí en esos momentos.
—Tú... —dijo él, y por primera vez desde que lo había escuchado hablar la noche anterior, su voz profunda arrastraba una clara nota de duda.
El pánico se apoderó de mi sistema nervioso central. Mi cerebro hizo un cortocircuito tratando de procesar cómo era posible que el heredero de la familia más importante de la ciudad estuviera esperando a mi mejor amiga en una cita a ciegas.
—Tú... —exclamé, pero a diferencia de él, que sonaba dudoso, yo sonaba a puro y absoluto pánico. Mi voz tembló y di medio paso hacia atrás, tropezando con el borde de la silla—. ¿Qué estás...? Eh... —balbuceé, sintiendo que la sangre abandonaba mi rostro—. Creo... creo que me equivoqué de mesa.
Hice el amago de darme la vuelta para salir corriendo por donde había venido.
—¿Richell Domínguez? —preguntó Víctor, leyendo el nombre de la reserva con los ojos entrecerrados, evaluando mi ridículo atuendo de pies a cabeza con una mezcla de desconcierto. —Claro que no eres ell,a y claro que no te has equivocado.
