Capítulo 3 CAPÍTULO 3
Una hora antes.
Víktor se ajustaba los gemelos de su camisa mientras oía la tele a su espalda hablar. De repente, el tema dejó de tratarse de las celebridades a cómo se movía el comercio en los puertos de Santo Domingo. Marcus apagó la tele de inmediato.
—Puras basuras, el comercio mejoró gracias a que tío Lorenzo tomó el control, hizo el trabajo de cien policías en menos de una semana; deberían estar agradecidos.
Viktor se miró en el espejo sin decir ni media palabra, lo que inquietó a Marcus.
—Oye, ¿sigues preocupado por la lista de Roberto?
Viktor lo miró a través del espejo sin voltearse. —No.
—Ya, relájate, nuestros mejores hombres la están buscando, y más cuando ayer les dejaste claro que sus cabezas rodarían si no aparecía. —Marcus hizo un gesto de desaprobación.
—No es la lista la que me preocupa; de cualquier manera, es solo un papel arrugado.
—Entonces, ¿por qué tan callado? Ni siquiera bajaste a desayunar con mis tíos.
Viktor no se inmutó, se quedó un segundo mirándose a través del espejo, luego extendió el brazo y tomó el saco negro para ponérselo.
—Ahhh… —Marcus dibujó media sonrisa e hizo una mueca con los ojos de picardía cuando entendió por qué tan callado. —Es porque tienes una cita, ¿no? Bueno, no te culpo, me han dicho que Richell Dominguez es muy hermosa, así que es normal que estés nervioso, primo, pero no pienses demasiado en ellos, solo sé tú mismo y, claro, muéstrale todo tu potencial para que caiga rendido a tus pies.
Viktor rodó los ojos y, sin responder, salió del despacho, dejando a Marcus solo adentro. Afuera ya lo esperaba su auto; entró hacia la parte trasera y se abrochó el cinturón; el auto arrancó.
Uno de sus subordinados le pasó unos informes; los comenzó a revisar con el auto andando. Delante de él, con la cabeza gacha y las manos temblando, estaba uno de los mandos medios de la red logística, a quien habían descubierto filtrando información a los Méndez, una de las familias en guerra contra los Rossi.
—Te di una sola regla, Julián —dijo Víctor con esa voz pausada y mortalmente tranquila —. Lealtad a cambio de protección. Y parece que elegiste la opción equivocada.
—¡Jefe, por favor! ¡Fue un error, mi familia... —Suplicó el hombre, rompiéndose en llanto antes de terminar la frase.
—¿Me dirás que tu familia te obligó? ¿Que estaban pasando hambre? Por favor, duermes dentro de una de mis casas de verano que te concedí como regalo de cumpleaños.
Víctor ni siquiera parpadeó. Hizo un leve movimiento con la mano; el auto se detuvo. Un guardaespaldas que iba en el mismo asiento que Julian salió del auto y lo sacó bruscamente, tumbándolo al suelo, sacando un arma de su bolsillo y apuntando a su cabeza.
El guardaespaldas levantó levemente la cabeza hacia Viktor; él asintió. Julián intentó redimirse, negó tembloroso; la baba le caía de sus labios, intentó moverse sobre sus rodillas hacia Viktor con las manos suplicándole, y entonces, antes de que pudiera articular la siguiente palabra, el guardaespaldas jaló del gatillo.
Unas cuantas gotas de sangre tibia salpicaron de inmediato la mejilla de Víctor. Él ni siquiera se inmutó, pero se quedó mirando fijamente el cadáver de Julián tendido en el suelo, con los ojos vacíos mirándolo.
Por un segundo, todo se sintió extrañamente lejano, distorsionado. El aire en la habitación se volvió denso, irrespirable. Los bordes de la realidad se difuminaron y, en su mente, el despacho de la mansión se desvaneció para dar paso a un eco del pasado que lo golpeó con fuerza.
Una mujer en el suelo. El cuerpo completamente ensangrentado, la ropa desgarrada, el cabello revuelto y la cara demacrada por el dolor y la locura. Sus manos, cubiertas de sangre, se arrastraban desesperadamente hacia él buscando aferrarse a algo.
Víctor sintió otra vez que tenía siete años. Estaba ahí, congelado, viendo la escena. Un hombre maduro, de postura rígida, le tocó el hombro con solemnidad. El niño levantó la cabeza hacia el adulto; no había lágrimas en su rostro. Aunque por dentro su alma quería desgarrarse y gritar, el niño entendía perfectamente que las lágrimas no iban a arreglar esa situación, solo la empeorarían. Así que se tragó todo lo que estaba sintiendo, sellando su corazón con una capa gruesa de hielo.
Pero aquel niño todavía podía oír con nitidez el sonido de la sangre ahogando a la mujer, que lo miraba con los ojos casi apagados, suplicando un auxilio que él nunca pudo darle. Y entonces, cuando la mujer extendió su mano temblorosa hacia él…
Viktor volvió a la realidad, parpadeó un par de veces, seguidas, regresando a la cruda realidad, con la imagen de la mano extendida de Julián suplicándole antes de morir superponiéndose por una fracción de segundo en su mente. Exhaló un suspiro lento, se pasó los dedos con total indiferencia por la mejilla manchada de sangre seca y volvió a ajustar los gemelos de su camisa con una fría precisión.
No había tiempo para vagos recuerdos…
—Tu familia estará bien cuidada… —respondió Víctor para sí mismo, sin apartar la vista del cuerpo. El guardaespaldas se acercó al auto, esperando instrucciones.
—Quiero que lo dejen aquí, que sea un mensaje para todos.
El guardapesla asintió sin reprochar; el auto entonces arrancó, alejándose del lugar. Le pasó los informes a su subordinado y este los guardó en su maletín.
—Quiero que quemes esos documentos.
—Su señor —respondió su subordinado.
—¿Tienes información sobre la lista?
El subordinado negó con la cabeza. —No, señor, los hombres no han parado de buscar en las casas aliadas, pero no hemos tenido éxito.
Viktor se quedó unos segundos pensando en la situación; estaban contra el tiempo. Si la lista realmente existía, estaban en peligro de que cayera en manos equivocadas; si eso pasaba, las probabilidades de que existiera una posible guerra eran altas, y eso no le iba bien a lo mucho que había avanzado…
—Necesito esa lista cuanto antes, sin pretexto, ¿entendió?
El subordinado esperó unos segundos antes de responder. —Sí, señor.
Víctor miró su reloj de pulsera. Era hora de atender otro tipo de "asunto pendiente". Tenía una cita que resolver. Mientras el vehículo avanzaba, Víctor se quedó mirando a través de la ventanilla, contemplando cómo el paisaje urbano y los edificios pasaban a toda velocidad como una mancha gris. Pero sus ojos no veían las calles; en su mente seguía grabada la imagen de Julián arrastrándose desesperadamente antes de morir. Comenzó a sentir un remolino en su estómago… y por alguna razón... sus manos comenzaron a sufrir un temblor involuntario.
Víctor bajó la cabeza disimuladamente y vio sus dedos temblar sobre la tela de su pantalón. Intentó tapar una mano con la otra con desesperación, apretándolas con fuerza para recuperar la compostura antes de que su equipo notara cualquier signo de debilidad.
—Señor... ¿le pasa algo? —preguntó su subordinado al volante, mirándolo brevemente por el retrovisor con cautela.
Víctor lo miró de reojo, pero se mantuvo con la expresión totalmente seria.
—Sí, es solo que no he dormido bien…
…No he dormido bien…
Qué estúpido, comenzó a pensar, apretando los puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos. A la final... ¿A solo eso se resumía la vida humana? En solo unos segundos de miedo, de pánico antes de cerrar los ojos para siempre. Qué irónica era la vida. La mayoría de estos hombres confiaban ciegamente en mí, ponen la vida, incluso la de sus propias familias, en mis manos... pero... pero aun así, ninguno está exento de cometer el mínimo error y que eso les cueste la vida.
El sudor comenzó a rodar por su frente, un calor repentino lo envolvió y sintió un leve mareo que le revolvió el estómago.
—¡Detén el auto! —gritó de repente, con la voz seca.
El chófer miró un segundo por el espejo y se estacionó de emergencia a un lado de la carretera. Víctor bajó de la puerta trasera rápidamente y enseguida vomitó agua, toda el agua que había tomado al levantarse por la mañana, dejando escapar arcadas que quemaban su garganta. Cuando acabó, se tapó la boca con un pañuelo para limpiarse la comisura de los labios, respirando agitadamente.
—¡Señor! —Su subordinado bajó detrás de él, acercándose preocupado—. ¿Está bien?
Víctor levantó una mano, deteniéndolo en seco, y le indicó con un gesto cortante que se alejara. El subordinado solo obedeció en silencio, dando un par de pasos atrás.
Esperó unos segundos intentando estabilizar su respiración, y luego se enderezó con lentitud. Se quedó unos segundos de pie, mirando el paisaje que tenía en frente: un valle hermoso, verdoroso y enorme que se extendía más allá de la vía. Comenzó a soplar una brisa fresca, mientras los autos pasaban a toda velocidad detrás de ellos.
Víctor cerró los ojos por un segundo y respiró profundamente el aire fresco, llenando sus pulmones. Luego exhaló despacio. Se giró en dirección al auto y comenzó a caminar como si nada hubiera pasado, con el rostro de nuevo inescrutable.
Entró al vehículo y cerró la puerta pesada detrás de él. El subordinado se subió también, ocupando esta vez el asiento del copiloto. El auto arrancó con suavidad y se incorporó al tráfico.
Víctor se quedó quieto, apoyando la mejilla en el puño mientras miraba fijamente por la ventanilla los edificios que desfilaban afuera.
Sigo sintiendo pánico al ver cadáveres desde que soy un niño... Ya debería estar acostumbrado, pensó para sus adentros, mientras el auto se acercaba al minimalista restaurante donde Elena lo estaba esperando… Aunque todo estaba comenzando a complicarse, debía concentrarse. Este matrimonio era perfecto para su fachada; debía casarse y así heredar sin ningún problema todo el imperio Rossi.
