Capítulo 4 CAPÍTULO 4

—¿Richell Domínguez?

Me detuve en seco luego de darme la vuelta. Apreté los ojos y los abrí sintiéndome atrapada, me mordí el labio inferior y miré hacia el cielo. Dios, si estás ahí, no me dejes morir en estos momentos.

—Parece que no eres Richell Domínguez.

Tomé aire y me enderecé, me di la vuelta y le mostré una sonrisa apretada: —Disculpe, pero me equivoqué de mesa, no lo esperaba a usted.

Estaba decidida a irme de ahí. Lo siento, Richell, pero no puedo con esto, no con este tipo que puede hacerme desaparecer en menos de diez segundos.

—No sabía que usurpar identidades ajenas fuera tu otro trabajo —dijo mirándome de arriba abajo.

Tragué saliva. —No es trabajo, digamos que solo es un solo pasatiempo.

Él arqueó una ceja; luego su mirada se quedó en mi abrigo. —¿No tiene calor con ese abrigo?

Sí, claro que tenía calor, ¿pero qué podía hacer ahora?, pensé a gritos. —No, el clima está bastante fresco para estar destapada, además, no soy tan desvergonzada como cree.

Él mostró media sonrisa y me indicó que me sentara. Miré la silla que señaló, la misma que estaba sosteniendo con mis dedos. ¡Diablos, cómo hago para irme de aquí corriendo!

Sin tener más opción, me senté, lentamente, al mismo tiempo que él. Ninguno de los dos alejaba la mirada del otro. Nos quedamos unos segundos callados, él no dejaba de examinarme, y yo no dejaba de apretar los dedos debajo de la mesa. ¿Este seguiría mirándome como si nada en toda la cita? Eso sí es ser un desvergonzado.

«Tiene el pulso acelerado, los ojos dilatados y las manos inquietas», pensó Víctor, observando cada uno de sus movimientos con mucha atención. Para cualquier persona, Elena solo era una joven molesta haciendo un berrinche. Pero para Viktor, algo no cuadraba; aunque ya sabía que la verdadera Richelle no se presentaría en persona para su cita, tenía cierta curiosidad por el porqué enviaría a una simple mesera nocturna. ¿Había llegado hasta él por casualidad, o la familia Domínguez la había mandado para averiguar sobre el cuaderno negro de Roberto? Las coincidencias no existían, no podían, todo tenía un transfondo. Si descubría que ella era una amenaza, tendría que eliminarla antes de que cayera la noche. Aunque, de manera enfermiza, la idea de romperla poco a poco le resultaba mucho más entretenida.

La mesera llegó con un papel en mano.

—¿Pedirán algo, señores?

El hombre levantó el menú y asintió. —Claro.

Y dio una lista de comida ligera para desayunar y despidió a la mesera. Una vez solos, debía hacer algo, porque al parecer él estaba muy ocupado viéndome directamente a los ojos.

—Eh, bueno... —dije, con media sonrisa nerviosa—. Creo que ya quedamos todos claros con esta cita, ¿no? Es mejor que me vaya de aquí.

Intenté levantarme echando la silla hacia atrás. De repente, noté cómo unos hombres que estaban de pie en cada esquina se fueron acercando lentamente —hombres con trajes oscuros y siluetas demasiado rígidas que yo había confundido con clientes aburridos— se fueron acercando lentamente. Me quedé inmóvil en el aire, sintiendo un sudor frío recorrer mi espalda sin entender por qué de repente el aire se sentía tan pesado. Luego lo miré a él, que me miraba con una sonrisa divertida, pero que daba mucho miedo. Noté cómo uno de ellos se paró en medio de la puerta que daba hacia la salida.

—¿En serio? Yo digo que la cita apenas está comenzando.

Volvió a mirar la silla diciéndome que me sentara. Tragué saliva, esta vez más gruesa, y volví a sentarme.

—Elena Mendoza…

Lo miré sorprendida. ¿Cómo había descubierto quién era tan rápido? Estuvo aquí todo este tiempo.

—Contéstame una cosa, ¿usurpar identidades está de moda?

—No lo malinterprete, señor —me apresuré a explicar—. Mi amiga me pidió el favor de que viniera aquí; ella no desea esta cita, así que yo vine en su lugar para decirle que no, y…

—¿Y hacerte pasar por tu amiga fue la mejor idea que se te pudo haber ocurrido? —Él me interrumpió, dejándome callada ante su argumento, porque sí, había muchas maneras de hacerlo, pero esa fue la única solución que tenía en mis manos.

Víctor asintió, como si estuviera entendiendo poco a poco a qué se debía todo este circo.

—Sabes que lo que las dos están haciendo corresponde a una sanción pública. Aparte de eso, el no dar la cara ante una cita arreglada provoca muchos problemas con las familias involucradas —luego hizo una pausa corta—. Y en cuanto a ti, que hayas mentido de esta manera corresponde a una multa de millones de dólares.

Tragué saliva, apretando más los dedos debajo de la mesa, y apreté los labios.

—Ahora dígame una cosa, señorita, ¿cómo piensa compensar mi tiempo perdido hasta ahora? Y más le vale que sea interesante.

¿Que sea interesante? ¿Acaso este tipo cree que soy un payaso? Fruncí el ceño y le lancé una mirada asesina.

—Para empezar —puse mis manos sobre la mesa—, no vine aquí a hacerle perder el tiempo, al contrario, vine a que no lo perdiera, y a decirle que la cita no seguirá en pie. Así que agradézcame que vine yo y no lo dejaron plantado, eso sí hubiera sido peor que esto. Y segundo, ¿quién se cree que soy? No soy su payaso ni mucho menos uno de sus empleados para entretenerlo. Si desea que lo entretengan, contrate a un payaso profesional. Yo solo vine a hacer un favor y ya lo cumplí, no tengo por qué quedarme ni un minuto más con usted.

Afinqué mis manos sobre la mesa dispuesta a irme, pero aquellos hombres volvieron a dar un paso al frente. Lo miré seria. —¿Me tendrá aquí secuestrada? Sí sabe que eso es un delito, ¿no?

—Bueno, tú eres quien está usurpando la identidad de Richell Domínguez, no soy yo quien empezó primero a violar leyes.

Hice una mueca con los labios. —Dígame qué más quiere de mí, ya le dije todo lo que debía saber, Richell no lo quiere, yo no quiero seguir más aquí. ¿En serio quiere alargar esto más tiempo? ¿Que los tipos como usted no tienen cosas mejores que hacer?

De repente, uno de los que estaban de pie en una de las esquinas de manera muy extraña se acercó y le susurró algo al oído. Viktor alzó una ceja, pero sin mostrar alguna otra reacción; imagino que era uno de los que trabajaban para él. Se alejó y nos volvió a dejar solos.

—Te propongo un trato, Elena.

Me quedé muda. —¿Un trato?

Él asintió. —Sí, un trato. Pensé que estarías interesada en un trabajo mayor que esto —volvió a recorrerme con la mirada.

¿Qué tendría que ofrecerme este hombre? Lo pensé. Bueno, no es como si no tuviera nada que ofrecerme, quizás me pediría que sea su empleada, nada mal teniendo en cuenta que pagan bien. Espera, aún no me ha dicho qué quiere. Lo miré y volví a sentarme.

—¿Qué quiere? Y hable rápido.

Víctor arrugó la frente. Parece que él también estaba perdiendo la paciencia. Tragué saliva y me mantuve a raya.

—Te propongo casarte conmigo.

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