Capítulo 5 CAPÍTULO 5

—¡Ahhhhhhhhhh!

Me tapé los oídos. —¡Oye, ¿por qué gritas?!

—¡Amiga, ¿no te acabas de escuchar?! ¡Víctor te acaba de pedir matrimonio! ¡Amiga, acabas de coronar! Te casarás con un hombre rico y serás una mujer con mucho dinero, y…

—Espera, espera, espera —la interrumpí—. No dije que me casaría con él. Te acabo de contar todo lo que pasó por tu culpa.

Richell, la verdadera Richelieu estaba sentada al frente de mí; rodó los ojos. Luego me tomó de las manos y me miró con una expresión divertida.

—Dime una cosa, ¿imaginaste que hoy vendrías con una propuesta de matrimonio?

Hice una mueca con la comisura de los labios y le quité las manos, apartando la mirada. —No, claro que no, y menos con alguien como él.

Ella rodó los ojos y tomó su vaso de frapé. —¿Por qué lo dices? Víctor es todo lo que está bien en la vida. Es joven, alto, guapo, atlético... ¿Quién no querría estar con él?

Solté un chasquido con los labios. —Si tanto te agrada, ¿por qué no fuiste a su cita y aceptaste casarte con él, ah?

Ella alzó los hombros. —Ya tengo a alguien, ya te dije, y por eso es que te he pedido que vayas en mi lugar, eres mejor en esto que yo.

Hice un gesto de fastidio. —Sí, y ahora, por hacerte este ridículo favor, ahora tengo que soportar más tiempo a este tipo que salió de la nada.

—Bueno, no salió de la nada, se vieron ayer, ¿no?

Una luz se prendió en mi cabeza. —Ahora que lo mencionas, ¿dónde estuviste ayer? Te estuve buscando toda la noche y no estabas por ningún lado.

—Eso te lo tengo que decir —ella me respondió—. Te esperé por una hora entera en la zona de los empleados y no te vi. No sé a qué parte fuiste, pero a la que te dije, no.

—¿Cómo que no? Me dijiste la ruta de las colinas, seguí el mapa que me diste.

—Amiga, no te dije la ruta de las colinas. Te dije la ruta de Los Jardines de Cristal.

Me quedé en blanco. —¿Qué?

—Allá en la ruta de las colinas había una reunión importante también —explicó Richell—. Yo no sé a qué fiesta fuiste, pero a la que te dije, no fue.

Me quedé tiesa por un segundo, pensando en toda la travesía que pasé. Y... y ayer me dejaron pasar, cosa que ahora me parece superextraña porque siempre tienen una lista de todos los empleados que entran y salen. Si esa no era mi fiesta, ¿por qué me dejaron pasar?

—¿Elena? ¿Elena, sigues ahí?

Volví a la realidad sacudiendo la mirada.

—Oye —continuó Richell—, dijiste que te lo encontraste ayer en la fiesta, cualquiera que haya sido a la que hayas ido, y ahora, hoy, te lo vuelves a encontrar. ¡Amiga, es el destino!...

.

.

…¿El destino? Me quedé pensando sentada en el escritorio de mi habitación. Ahora me sentía como si estuviera pensando en mi funeral. Si decía que sí, moría, y si decía que no, también. De igual manera estoy metida en este embrollo del que ahora no sé cómo salir. Pudiera decir que no, es fácil hacerlo de hecho, pero cuando se trata de alguien como él, nada lo vuelve fácil, todo se vuelve muy complicado.

Dejé a Richell y me vine a mi casa. Quería dormir, quizás así pensaba con más claridad, quizás solo estaba sometida todavía bajo el cansancio de ayer. Pero el pensar en este tema no me dejaba dormir, ni siquiera cerrar los ojos.

Me llevé las manos a mi cabello. ¡Ahhhhhh! ¿Por qué siempre tengo que complicarme la vida? Esto me pasa por pasarme de buena samaritana, ¿y ahora qué diablos haré?

Eché un vistazo a mi computador. Bueno, creo que mejor será buscar algo de ayuda. Comencé a teclear el nombre de Víctor. Si bien sabía algo de él, al menos necesitaba más que solo el nombre y lo mucho que su familia tiene influencias. Google me lanzó mucha información. Aquello me dejó fatigada.

Argh, ¿ahora qué hago con todo esto? ¿Yo? ¿Casarme? ¡¿Por qué?! ¡¿Por qué tengo que ser yo?! ¡¿Por qué?!

¡Pra! El sonido de unos vidrios rompiéndose me alarmó y miré en dirección hacia afuera. Salí corriendo. Vi a mi madre en el suelo.

—¡¿Mamá?! —grité, y me apresuré a levantarla—. ¿Mamá, qué te ocurre?

Mamá estaba un poco inconsciente, pero podía mantener los ojos abiertos, un poco.

—Yo... yo…

—¿Qué? ¡Mamá, dime algo!

Mamá no podía hablar. Llamé a emergencias. Después de unos minutos llegó una ambulancia, la levantaron y la llevaron al hospital más cercano. Allá, le hicieron unos estudios. Me quedé sentada afuera esperando los resultados y algo de noticias de mi mamá, ya que no me dejaban verla todavía.

Al cabo de un rato salió un doctor.

—¿Señorita Elena Mendoza?

Me levanté de golpe. —Sí, soy yo —me pasé las manos sobre los ojos.

—Señorita, acompáñeme a mi oficina, por favor.

Asentí y lo seguí pasando al lado de la habitación de mi madre. Cuando llegamos me invitó a sentarme y me senté frente a su escritorio. —Antes que nada, déjeme decirle que su madre está grave.

Aus, sin anestesia. Eso dolió, pensé.

Tragué saliva y asentí lento. —¿Qué tan grave, doctor?

El doctor lo pensó unos segundos, luego me pasó los resultados de mi madre.

—Le diagnosticaron un tumor en el cerebro, y está muy avanzado. De hecho, es un tipo de tumor agresivo, avanzó demasiado rápido en cuestión de meses.

Me quedé en shock. —¿Qué?... ¿Mamá... tiene un tumor?

El doctor seguía hablando, de los tratamientos, de las posibles curas, de los reposos, de la alimentación, pero no podía entender nada. De hecho, me sentía fuera de ahí, lo oía lejos, muy lejos de la oficina, mi mundo comenzó a girar. ¿Qué estaba pasando?

—Y ahora, hablemos de los costos…

Levanté la vista.

—Si bien los tratamientos son un poco costosos, es por el bien de su salud, solo así aseguraremos que podremos atacar el tumor. Todavía hay esperanza de que podamos removerlo, pero primero, debemos someterla a un tratamiento para que baje de tamaño.

Me quedé mirando la hoja y asentí.

—Entiendo.

—Perfecto —dijo el doctor, sacando otra hoja con un lápiz—. Anotaré sus próximas citas y las fechas.

—¿Puedo... puedo ver a mi madre?

El doctor levantó la mirada.

—Sí, puedes verla.

Mostré media sonrisa y me levanté, dirigiéndome a su camilla. Y ahí estaba, tenía pequeños tubos pegados a sus brazos, una mascarilla de oxígeno en su nariz y unos parches pegados a su cuerpo. Sentí un nudo subir por mi garganta pero... no podía permitirme llorar y mostrar debilidad, no ahora. Me acerqué a ella, estaba dormida. Toqué su mano delicadamente, pero no despertó, estaba dormida. Sentí un poco de alivio al verla así…

Me senté en una esquina... Por un segundo, sentí cómo todo mi mundo comenzaba a desvanecerse. Después de perder a mi padre y a mi hermana menor en un accidente de auto, lo único que me quedaba era mi madre, ¿y ahora... mi madre también iba a morir?...

Sentí la vibración de mi teléfono. Me sequé una lágrima que había salido y saqué mi teléfono de mi bolsillo. Cuando lo encendí era de un número desconocido, luego en la pantalla me mostró una llamada, del mismo número. Fruncí el ceño y contesté.

—¿Hola? —dije mientras salía al pasillo—. ¿Quién habla?

—Puedo ayudarte —respondió la voz de la otra línea.

—¿Qué? —respondí—. Perdón, pero ¿quién es?

—Puedo ayudarte, Elena.

Me detuve. Reconocí la voz de inmediato. —¿Cómo conseguiste mi número?

—Eso no importa, lo importante es que puedo ayudarte con el tratamiento de tu madre.

Sentí un nudo ahora en mi estómago.

—Oye, ¿cómo sabes que...?

—Pero debes tomar una decisión rápido —no había terminado de decir la frase cuando Víctor me interrumpió—. Te veo esta noche en el mismo restaurante en que nos encontramos por la mañana.

Y colgó…

Espera, ¿qué...? Me separé del celular y miré que colgó. Me quedé pensando. Miré hacia la habitación de mi mamá. No tenía suficiente dinero para costear las medicinas y los tratamientos, claro está, si apenas sobrevivíamos pagando el alquiler y ahora…

«Cásate conmigo», la propuesta de Víktor de esta mañana apareció en mi cabeza, y ahora con su llamada diciendo que podía ayudarme... Me llevé una mano a la cabeza, echando el cabello hacia atrás.

Diablos, ¿ahora qué hago...?

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