Capítulo 6 Capítulo 6
Vamos a ser honestos, que un chico con dinero al que apenas viste a medias ayer y que hoy te lo vuelves a encontrar por medio de razones muy dudosas te ofrece casarte con él y que luego usa el accidente de tu madre, que quién sabe por dónde se enteró, para presionarte a casarte con él. Eso lo hace muy sospechoso, y más que sospechoso, muy dudoso.
Es decir, ¿por qué tendría que decir que sí? No estoy tan desesperada para casarme, claro está, pero ahora… —Desde mi asiento volteé a ver a mi madre. —Ahora todo se pone más difícil.
Me recosté en la pared. Ahora, ¿qué iba a hacer? Podía solo decirle que sí y ya, ni siquiera sé para qué quiere que yo me case con él, ni siquiera me conoce. Aunque, en el mundo de la gente con dinero, esto es completamente normal, pero aquí, en el mundo de los metales, no, eso no es normal; es más normal casarse con alguien con quien llevas más de cinco años juntada. Y además, la gente, por lo general, con ese tiempo juntada con sus parejas, aún tiene cierta clase de dudas…
¿Por qué tendría que aceptar y ya? —Me rasqué la cabeza, no me lo estaba poniendo fácil. Volví a mirar a mi mamá; estaba postrada, casi inconsciente, con tubos dándole oxígeno y con cientos de exámenes que claramente esto me costará un ojo y un riñón juntos.
Me llevé las manos a la cara. —¡ARG! —Bueno, no gano ni pierdo nada con saber qué es lo que quiere él, ¿no?
—¡Elena!
Me levanté y salí al pasillo con rapidez; era Richell, mi mejor amiga.
—Elena, ¡por Dios, qué pasó! —Me abrazó con fuerza; estaba sorprendida.
—No es nada, el doctor dijo que solo tuvo un colapso…
Richell se separó de mí y dirigió la vista hacia el interior de la habitación; su expresión cambió al ver a mi mamá tendida en la camilla, con los signos vitales mostrados en una máquina. Ignoro mi reporte médico y camino a la camilla.
—Por Dios, ¡¿cómo vas a decir que está bien?!...
—Yaya, tranquila, no es para tanto, los doctores dijeron que solo fue estrés; puedo tratarlo.
Richell me miró seria, con una mano en la cintura. —Séme sincera, ¿qué le pasó? Algo tuvo que haberle pasado para que tuviera este colapso, y es algo serio; no sigas diciendo que no es nada. —Volvió a voltearse y a mirar a mi mamá, tocó suavemente sus brazos, donde recibia tratamiento intravenoso.
—Llamaré a papá; él no se rehusará a venir a verla.
—¡No! No, Richell, no hagas eso.
Richell me miró confundida, con la mano buscando dentro de su bolso. —Pero, ¿qué estás diciendo? Ella se convirtió en parte de nuestra familia, Elena, ustedes son parte de nuestra familia, ¿cómo que no lo voy a hacer?
—Es complicado, pero es algo que puedo hacer yo misma.
Richell hizo una mueca con los labios y me miró con firmeza. —Ya revisaste los exámenes, ¿sabes qué tienes? Además, mira dónde está; este hospital no es nada económico, no puedes con estos gastos tú sola y lo sabes, solo deja que te ayude un poco.
Richell sacó su teléfono, lista para marcarle a su papá, pero entonces le tomé del brazo, deteniéndola. Ella me miró con desconcierto, claramente confundida, sin saber por qué la estaba deteniendo. Me quedo mirando sin saber qué hacer ni qué estaba haciendo. Yo solo negué con la cabeza; no quería que alguien más se involucrara en mis problemas.
—Elena… pero, ¿puedo ayudarte…?
—Yo… —Tenía la cabeza gacha, con la vergüenza subiendo hasta la sien. —Solo no lo hagas, en serio, yo puedo resolverlo…
Richell me analizó por unos segundos; levanté a medias la cabeza, tenía sus brazos todavía sostenidos. Después de unos segundos, ella rodó los ojos y suspiró, rindiéndose: —Está bien, solo espero que tengas razón.
Solté aire y la solté, sintiendo cómo liberaba la tensión de mis músculos.
—Pero, solo espero que no lo hagas, porque en lo que vea que está teniendo problemas, llamaré a papá y le contaré lo que está pasando para que venga y te ayude.
Tragué saliva y apreté los labios, asintiendo, mirándola a los ojos. Richell puso los ojos en blanco y bajó su brazo, guardando su teléfono en el bolso, —Bueno, tú ganas —arqueó la comisura de los labios—. Ahora... ¿No tienes algo que contarme?
El olor a café es lo único que mantiene con los pies sobre la tierra. Richell se sentó frente a mí con las dos tazas de café. —Lo bueno de esta cafetería es el café; los panes se ve que llevan ahí una semana. —Hizo un gesto de asco y le dio un sorbo a su café caliente. —Delicioso. —Suspiro.
Yo también le di un sorbo a mi café, no sin antes oler un poco el humo que emanaba de él; el aroma dulce y fuerte del café relajó la tensión de mis hombros.
—Entonces, ¿te llamó y te dijo que podía ayudarte con lo de tu mamá? —Richell miró hacia arriba, pensando en quién sabe qué. —Ahora entiendo por qué rechazaste mi ayuda. —Arqueó una ceja y dibujó media sonrisa maliciosa. —Estás pensando en aceptar su ayuda, ¿no es así?
—¿Qué? ¡No! Ah, no, no, claro que no, es solo que… —Un frío erizó mis brazos, ¡deja de gaguear, por el amor a Dios!
Miré a Richell y ella asentía con una expresión de triunfo en su rostro, como si acabara de descubrir lo que estaba pensando desde hace mucho.
—Tranquila, amiga, no te juzgo; de hecho, apoyaré todo lo que decidas. —Le dio otro sorbo a su bebida.
—¿Segura?
—¡AJA! ¡Lo estabas considerando! ¡Lo sabía, lo sabía, lo sabía! —Luego se echó hacia adelante como si lo siguiente que quería decir no quisiera que nadie más lo oyera. —¿En serio lo estás considerando?
Cerré los ojos derrotada, —Podrías dejar de…
—¿Señoritas?
Las dos miramos hacia arriba y… ¡Carajo! Me quedé inmóvil en mi asiento. ¿Qué estaba haciendo ese hombre aquí? ¿No se supone que…? ¿Va a esperarme?
—¿Interrumpo algo? —Su mano la había posado sobre la parte trasera de mi asiento; estaba parado literalmente a mi lado. Miré rápidamente a Richell, quien estaba muda con la boca entreabierta; no paraba de analizarlo de arriba abajo.
—¿Puedo sentarme? o…
—Usted es… —Richell entrecerró los ojos tratando de adivinar.
—Un placer, Viktor Rossi. —Se presentó mientras se sentaba a mi lado. —Y usted debe ser Richell Dominguez. Un alivio por fin ver a la verdadera Richell. —Se acomodó en el asiento poniendo su brazo encima de mi hombro.
Mi expresión se entumeció; no sabía si responder o no, o qué cara poner, si una feliz, o una de preocupación, o una de rayos.
Se quedó un segundo mirándonos. Viktor no dijo nada más. Volteé la cara ligeramente a Richell, guiñándole el ojo de "ni se te ocurra dejarme aquí sola con este tipo", pero parece que entendió mal las señas. Ella me respondió con otra seña, pero con una sonrisa en su rostro.
De un segundo a otro tomó su bolso y se levantó de su asiento. —Bueno, creo que ambos tienen mucho de qué hablar, amiga. Estaré arriba atenta a que su mamá despierte. ¿Cualquier cosa, llámame de cuarzo? —dijo con una risita nerviosa antes de desaparecer del lugar.
Después de eso, nos quedamos solos en la cafetería. Viktor se levantó y se sentó en la silla donde estaba Richell, frente a mí.
Nos quedamos un minuto en silencio; él no dejaba de mirarme, yo trataba de actuar normal, miraba a los lados, tratando de que nadie nos estuviera mirando sospechosamente, pero, ahora que lo pienso, la única sospechosa era yo.
—Si sigues mirando al resto, van a pensar que tengo en contra de tu voluntad.
Lo miré de repente, torcí los labios y me enderecé en mi silla, carraspeé; después de unos segundos de tanto pensar qué decirle, me incliné hacia delante. —¿Qué estás haciendo aquí? —le susurré.
Él se quedó quieto, sin hacer ningún movimiento que delatara alguna emoción o incomodidad. Y eso era lo que me preocupaba; esta clase de gente era muy peligrosa.
—Solo vine a hablar de negocios con usted.
