Capítulo 7 Capítulo 7

—Solo vine a hablar de negocios con usted. —Se cruzó de brazos.

Arqueé una ceja. —¿Hablar de negocios? ¿Y qué es lo que quiere? —Yo también crucé mis brazos. Intentaba mirarlo a los ojos y adivinar qué era lo que estaba pensando, pero estaba serio, me miraba como si fuera lo más obvio en el mundo; su cuerpo estaba demasiado tranquilo. Comencé a sospechar que no tenía pulso, pero estaba vivo, así que sí debía tener.

—Puedo ayudarte con los tratamientos de tu madre, si aceptas casarte conmigo.

—¿Ayudarme? —Me reí de su propuesta. —Antes de decir algo más, ¿puedo saber cómo es que supo dónde estaba y lo que le pasó a mi mamá?

—No, es confidencial. —Objetó, sin más.

Ensanché mi frente. —¿Ah, sí? ¿En serio me dirá que es confidencial? —Él no respondió nada a cambio. —Entonces no, no voy a casarme con usted. Gracias.

Él frunció el ceño. —¿Perdón?

—Está disculpado. —Me dispuse a levantarme de la silla para irme.

—No tiene que hacerse la interesante —dijo con un tono de sorna.

—¿Disculpe? —me detuve.

—Lo que escuchó, no tiene que hacerse la interesante conmigo; admito que la he encontrado un poco atractiva, claro está, pero sus trucos baratos para que me fije más en usted son inútiles.

Quedé boquiabierta, no podía creer el cinismo tan grande de este ser andante. Ladeó la cabeza, soltando una risa entre dientes.

Él se levantó de la silla y me acomodó la ropa. Sacó de su bolsillo una tarjeta y la dejó sobre la mesa. —Si esta noche lo piensa mejor y se arrepiente de su decisión, puede llamarme y así llegar a un mutuo acuerdo.

Miré la tarjeta y luego lo miré a él, sería, sin demostrarle que estaba desesperada o que incluso estaba reconsiderando llamarlo.

—Sé que el orgullo puede decirle que no lo haga, pero no haga esto por usted, haga esto por su madre; a la final, todos tenemos algo que alguien más desea y está dispuesto a negociarlo.

¿Perdón?

Se marchó del lugar, desapareciendo después de salir de la sala de espera del hospital; todavía seguía inmóvil. Tanto cinismo no me cambia en la cabeza. Bajé la mirada para tomar la tarjeta; no es que estuviera reconsiderándolo, pero uno nunca sabía cuándo el destino se encargaría de tragarme mi orgullo.

En la tarjeta estaba su nombre, Viktor Rossi, interesante… Volteé la tarjeta y estaba su número. Me quedé unos segundos mirando a la nada; cientos de probabilidades me llegaron de golpe. ¿Qué pasaría si digo que sí? ¿Solo sería casarme y ya? De repente, el pensamiento de que quizás él desea algo mas que solo casarse me pareció repugnante; se me erizó la piel y me sacudí. Qué miedo.

De repente, la imagen de mi mamá invade mi cabeza. Me dirijo al piso donde descansaba y la encuentro tendida como la había dejado, dormida, con su pulso estable. Verla ahí, descansando, me generó cierta tranquilidad, una que no había podido experimentar desde hacía mucho. Desde que murió papá, mamá fue quien se encargó de todos los gastos, sobre todo porque todavía era una niña cuando murió. Pagó mi colegiatura, mis salidas, mis vacaciones y facturas médicas, y hasta empezó a pagar mi universidad.

Pero llegó un momento donde no podía seguir trabajando; comenzó a enfermarse cada vez, cada día sus fuerzas iban menguando, y eso hizo que dejara de trabajar, por lo que yo tomé el rumbo de trabajar mientras estudiaba y así pagar el alquiler y los demás servicios básicos que necesitábamos.

Ahora te entiendo, mamá…

Me recosté sobre el sofá que estaba en una esquina de la camilla; me abrigué con una manta extra que dejaron las enfermeras.

Sentí mi teléfono vibrar… lo saqué rápidamente de mi bolsillo y encendi la pantalla principal paa leer desde las notificaciones, al ver las primeras líneas del mensaje, fruncí el ceño…

.

.

A unos cuantos metros de allí, aparcado al otro lado de la calle frente a la fachada principal del hospital, desde el asiento trasero, Víctor observaba fijamente las ventanas iluminadas del edificio a través del cristal polarizado. No necesitaba estar dentro para saber exactamente lo que estaba pasando por la mente de Elena. Conocía esa expresión de orgullo herido, la forma en que su mandíbula se tensaba cuando intentaba contener la desesperación. Para él, la negativa de hace un rato no había sido un rechazo real, sino solo un berrinche temporal, la reacción antes de la resignación. Tenía paciencia; sabía perfectamente que, cuando la soledad y la cruda realidad de los costos médicos, el orgullo se desmoronaría. Era solo cuestión de horas.

De vuelta en la habitación, fruncí el ceño apenas leí las primeras líneas del mensaje.

“Elena, te pido una disculpa, pero no puedo seguir teniéndote en el café; hemos estado vendiendo muy poco y no tenemos cómo seguir pagándote. Ven esta noche en el cierre a recibir tu liquidación”.

¡Hay carajo!

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