Capítulo 4 1.- La Condena
Podrás condenarme a la muerte, pero jamás doblegaré mi alma ante ti.
Atenea
Han pasado cuatro semanas desde que perdí a mis padres y no he podido ni siquiera ponerme de pie, no sé cómo esperan que logre bajar al despacho para escuchar la última decisión de mi papá cuando lo único que quiero es tenerlo a mi lado y que me abrace tan fuerte como siempre lo hacía, escuchar la voz de mi mamá llamándonos a los dos. Todo fue mi culpa, si no les hubiera dicho que los extrañaba y que quería verlos en mi fiesta, ellos no habrían decidido volver de sus vacaciones antes y ahora no los tendré nunca más, y no sé si podré vivir sin ellos, no creo que pueda no me siento capaz de lograrlo. Los necesito demasiado, este dolor me pesa, no me deja respirar y no quiero hacerlo.
Nunca imaginé que jamás los volvería a ver, me duele tanto el alma, perderlos a los dos y al mismo tiempo. Me quiero morir para estar con ellos, yo no puedo enfrentar este mundo sin que ellos estén a mi lado para darme sus consejos, es muy pronto para quedarme sola. De nuevo la puerta suena y sé que es Alicia que viene a decirme que el abogado espera por mí para leer el testamento desde hace casi una hora, prácticamente sé lo que dice el dichoso documento, mi padre me dejó todo junto a un albacea en lo que termino mis estudios, es obvio que nunca le dejaría todo su legado a mi hermano.
Alberto era el heredero principal antes de demostrar incansablemente que no estaba ni está listo para asumir esa responsabilidad, yo tampoco lo estoy, el manejo de una empresa es algo muy importante y delicado, sino se hace de modo correcto, todo se puede ir a la mierda en un pestañeo. La puerta de mi cuarto se abre de golpe dejándome ver la figura enfadada de mi hermano, supongo que está ansioso por saber qué demonios es lo que dice el testamento, únicamente quiere coger lo que le haya dejado mi padre y largarse, es un maldito buitre que nunca los amó.
—Me tienes harto con tus malditas estupideces, ahora mismo vas a bajar y escucharás en silencio y sin llorar la última maldita voluntad del viejo hijo de perra, que espero se esté revolcando en el infierno —espeta sin ningún respeto o consideración, la sangre me hierve por su ambición, por su culpa mis padres nunca pudieron ser felices del todo.
Una fuerza extraña explota en mi interior, es como si el dolor y la culpa se transformaran en una ira volcánica que me funde las venas.
—Que sea la primera y última vez que hablas de mi padre de esa manera, no voy a permitir que corrompas su memoria con tus insultos y tu falta de cerebro —replico irguiéndome por completo para demostrarle que no le tengo miedo—. En ese testamento no hay nada para ti —afirmo—, ¿De verdad creíste que mi padre te dejaría a cargo de su fortuna? Él estaba seguro de que tú acabarías con todo en menos de un segundo —añado en un tono cínico que le irrita, no sé con qué intención lo hago, solo me dejo llevar, porque sé que no va a entender lo que digo hasta que lo escuche de boca del abogado.
—Me importa una mierda lo que digas, vas a bajar ahora mismo por las buenas o por las malas —sentencia por lo que me cuadro desafiante, pero es mi hermano, siempre he podido ser valiente y decida delante de él, pero el resto del mundo, no sé cómo asumiré responsabilidades para las que no estoy preparada aún—. Te lo advertí —señala antes de tomarme del brazo y sacarme a tirones de mi habitación y llevarme escaleras abajo en medio de gritos y forcejeos.
El hijo de perra me sacó en pijama, despeinada y demacrada por todo lo que he llorado, no tiene ni el más mínimo respeto ni consideración por mi estado, no he podido superar la pérdida y él solo se empeña en tomar su parte de la herencia como si de eso dependiera su existencia, ojalá se hubiera muerto él y no mis padres. Alberto no merece respirar, no merece nada de esta vida, en cambio, ellos siempre nos amaron, incondicionalmente, pese a que Alberto no se merecía ni una sola gota de ese amor.
—¡Suéltala! —La voz masculina que retumba en las paredes me hace estremecer de pies a cabeza, antes de que gire a verlo ya sé, dé quién se trata, pero no me explico que es lo que hace en esta casa.
En cámara lenta planto la mirada en los ojos enfurecidos de Dominic Black. Sus manos están cerradas en puño mientras se acerca despacio al pie de las escaleras. Verlo así es aún más electrificante.
—Este no es tu problema, Dominic, mejor lárgate ahora mismo de mi casa —ladra mi hermano al tiempo que me suelta dándome un empujón hacia adelante con el que por poco caigo de bruces en el piso si no es por la intervención del señor Black.
Mi corazón se acelera con su tacto. Sus manos alrededor de mi cintura me roban el aliento, me hacen sentir perdida, como si de pronto todo lo demás no tuviera sentido.
—Todo lo referente a la señorita Dankworth me interesa, así que te diré esto una sola vez, cuida muy bien como la tratas, le hablas o te refieres a ella. —Su tono es amenazador y aterrador, sin ni siquiera levantar la voz a gritos, como lo hace Alberto cuando quiere demostrar que es él quien da las órdenes.
—Muchas gracias por la ayuda, señor Black —me aparto de su agarre y me recompongo—, pero puedo defenderme de mi estúpido hermano yo sola, lo he hecho toda la vida —intervengo en la pelea de los dos perros callejeros antes de que se vayan a los puños—, ahora si es tan amable, le pido que se retire, mi hermano y yo oiremos la última voluntad de mi padre en este momento y no le podremos atender —añado de manera cortés a pesar de que me desagrada y aterra la presencia de este hombre sin importar las circunstancias.
