Capítulo 5 2.- La Condena

Desde aquella vez en mi fiesta de cumpleaños, sentí hacia él una mezcla de emociones, que hasta la fecha no consigo descifrar, no obstante, la lealtad a la memoria de mi padre continúa intacta, y esta repulsión, desagrado… no sabría cómo explicarlo, pero algo dentro de mí me indica que la compañía del señor Black no es la mejor para nadie, sobre todo cuando me he cruzado con él en distintas ocasiones y en los lugares menos imaginados, es como si me siguiera a todas partes.

—Entiendo perfectamente, pero por fortuna fue el abogado de su padre quien me pidió asistir hoy a la lectura del documento —declara dejándome fuera de lugar, no me da buena espina esto, ¿Que tiene que ver el señor Black en los asuntos de mi familia? No quiero ser negativa, sin embargo, esto no está tomando el curso natural de las cosas.

—Tiene que ser un error —musito pronunciando en mi mente los motivos. A mi papá no le caía bien este sujeto y siempre me pidió mantenerme alejada de él.

Sin ser consciente de mi movimiento, desvío la mirada hacia mi hermano y me fijo en la aterradora sonrisa que se dibuja en sus labios. Siento un escalofrío subirme por la columna vertebral para luego plantárseme en la boca del estómago, como un mal presentimiento.

—Al igual que tú, también yo quede muy sorprendido cuando leí el nombre del señor Black entre los beneficiarios del testamento de tu padre, Atenea. —Regreso la mirada y paso por encima de Dominick Black, para ver a la persona detrás de él—. Me gustaría decirte que es una broma de muy mal gusto, pero la verdad es que el señor Dankworth, dejó claro que el caballero tenía que estar presente —añade el abogado apareciendo en escena, supongo que al escuchar las múltiples voces.

—Entonces, si ha sido decisión de mi padre, no tengo nada que objetar —pronuncio y camino con toda la dignidad posible hacia el despacho, no porque no esté vestida para la ocasión, dejaré de tener la frente en alto como me enseñó mi mamá.

Los caballeros y mi hermano caminan detrás de mí, podría jurar que Alberto mantiene la misma sonrisa macabra en sus labios, pero no estoy segura de poder definir adecuadamente cada una de sus expresiones. Al entrar, es él quien cierra la puerta del despacho con un sonido seco que nos hace girar la cabeza a todos para verlo. Luego de un segundo muy incómodo, los dirijo a la pequeña sala de estar donde mi papá solía tomarse un descanso cuando trabajaba desde casa, ni estando amenazada de muerte voy a permitir que alguno de ellos se siente en su sillón detrás del escritorio.

—Señor abogado, sin rodeos, por favor —pido con voz temblorosa, pasar por esto es como decirle adiós definitivamente a los dos y no quiero hacerlo, no quiero sentir que ya no estarán conmigo ni siquiera en espíritu.

—Trataré de ser breve —promete—, sin embargo, mi deber es informar todo lo expresado por mi cliente en este documento, conforme dicta la ley —aclara y me temo que esto será largo y tedioso, asiento en su dirección al tiempo que Alicia entra con tazas de café.

Luego de varios minutos de silencio en los que el abogado saca los documentos de su portafolio y los coloca sobre la mesita del café, inicia la lectura.

—Daremos inicio a la lectura del testamento del señor Augusto Dankworth, el señor, en pleno uso de sus facultades físicas y mentales, manifestó su voluntad en las siguientes pautas para que sus hijos; la señorita Atenea Dankworth y el señor Alberto Dankworth. —Empieza a decir sin nombrar al señor Black—. A su hijo primogénito, le otorga un fideicomiso de por vida, el monto del mismo está definido en el primer anexo de este documento…

—¿Un fideicomiso? ¡No, señor, yo soy su heredero, me pertenece todo lo que el maldito viejo hizo durante toda su puta vida! —exclama mi hermano interrumpiendo la lectura.

Respiro hondo.

—Te dije que no te iba a permitir que insultaras de nuevo la memoria de mi padre —mascullo entre dientes.

—Déjenme continuar, por favor —pide amablemente el abogado con voz gruesa.

Alberto me lanza una mirada de advertencia y yo le sonrío en respuesta. Nos quedamos callados y de nuevo tomamos asiento para permitir que continúe con la lectura.

—Mi hija, Atenea Dankworth, será la heredera de todos mis demás bienes, propiedades, joyas, enseres, empresa, autos y mis cuentas bancarias, sin embargo, para poder recibir la totalidad de la herencia deberá aceptar el acuerdo de matrimonio que he establecido con el señor Dominic Black…

—¡Jamás me voy a casar con este tipo! —protesto a la vez que clavo la mirada en el imbécil de Dominic Black que me sonríe como si hubiera ganado una gran batalla.

Nunca voy a aceptar un trato como ese, prefiero no heredar y dejar que todo se vaya a fundaciones de caridad antes de tener que aceptar ser la esposa de un hombre que lo único que me produce es… ¿Desagrado?

—En ese caso, la herencia será otorgada a tu hermano —aclara el abogado poniéndome entre la espada y la pared.

Prefiero que la fortuna beneficie a los pobres, pero que sirva para mantener la vida de vicios de mi hermano, eso es algo que jamás podré aceptar. La espada me ha clavado contra la pared y ya no tengo escapatoria.

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