Capítulo 1 1
—Si vienes a vender el Miramar, puedes darte la vuelta.
No había cruzado todavía la puerta del despacho del notario y Ciro Beltrán ya estaba decidiendo qué podía hacer con una propiedad que, hasta donde yo sabía, ni siquiera era suya.
Dejé la maleta junto al perchero.
—Hola a ti también.
Ciro no se levantó.
Estaba sentado frente a una mesa de nogal, con las mangas de la camisa remangadas hasta los codos y una expresión que habría resultado mucho menos irritante si no siguiera teniendo aquella boca.
Siete años.
Siete años sin verlo y mi cerebro eligió concentrarse en su boca.
Excelente trabajo, Iria.
—Llegas tarde —dijo.
—Mi tren llegó tarde.
—Ofelia consiguió llegar puntual a su propio entierro.
Lo miré.
—Eso ha sido horrible.
—A ella le habría hecho gracia.
Lo peor era que tenía razón.
Don Ernesto, el notario, carraspeó desde detrás del escritorio.
—Quizá podamos comenzar antes de que alguno de los dos decida impugnar el testamento por razones emocionales.
—Yo solo impugno su presencia —dijo Ciro.
—Y yo su personalidad.
Don Ernesto suspiró.
—Ofelia me prometió que esto sería entretenido.
La punzada llegó antes de que pudiera evitarla.
Ofelia.
Habían pasado tres días desde que recibí la llamada. Tres días desde que supe que la mujer que me había enseñado a cambiar fusibles, colarme en funciones para adultos y preparar palomitas sin incendiar una máquina industrial ya no estaba.
No había llorado.
No porque no quisiera.
Porque llorar habría hecho real que mi regreso a Puerto Bruma no incluía encontrarla esperándome bajo el letrero despintado del Cine Miramar.
Ciro bajó la mirada.
Durante un segundo dejó de ser el hombre hostil que tenía delante y volvió a parecerse al chico que se sentaba conmigo en la última fila después de cada función.
Aparté esa imagen.
Había venido por el testamento. Firmaría lo necesario, resolvería cualquier trámite y regresaría a Madrid pasado mañana.
Eso era todo.
Don Ernesto abrió una carpeta.
—Ofelia Sanz dejó instrucciones muy específicas.
—Naturalmente —murmuré.
—También pidió que leyera esta parte exactamente como la escribió.
Ciro levantó una ceja.
El notario se puso los lentes.
—“Si Iria está pensando en preguntar cuánto vale el terreno, dile que todavía no.”
Cerré la boca.
Ciro soltó una risa.
Una risa breve, grave, demasiado conocida.
Mi estómago hizo algo impropio de una mujer adulta con una relación estable, una hipoteca inexistente y suficiente sentido común para no sentirse atraída por un ex que acababa de burlarse de ella.
—No te emociones —le dije.
—No estoy emocionado.
—Te conozco.
Sus ojos volvieron a los míos.
—Me conocías.
La frase cayó entre nosotros.
Más afilada de lo necesario.
Don Ernesto pasó una página con excesivo interés.
Yo crucé los brazos.
—Entonces terminemos esto.
El despacho estaba demasiado caliente. O Ciro estaba demasiado cerca. Técnicamente había casi dos metros entre nuestras sillas, pero mi cuerpo no parecía interesado en las matemáticas.
Había cambiado.
Más ancho de hombros. Barba corta. Una pequeña cicatriz junto a la mandíbula que no recordaba.
Y seguía mirándome de esa manera precisa, como si primero enfocara y luego decidiera qué parte de mí merecía conservar.
Ciro trabajaba con cámaras ahora. Lo sabía porque Maura publicaba todo en redes y porque yo había tenido la sensatez de no buscarlo jamás, excepto aquellas veces que sí lo hice.
Cinco.
Tal vez nueve.
No importaba.
—El Cine Miramar —continuó Don Ernesto—, incluyendo el terreno, las instalaciones, el equipo existente y las licencias asociadas, queda dividido en dos partes iguales.
Sentí que algo se tensaba dentro de mí.
Ofelia no tenía hijos. Su familia llevaba años fuera de Puerto Bruma. Yo había supuesto que dejaría el cine al ayuntamiento o a alguna fundación.
—El cincuenta por ciento corresponde a Iria Calderón.
Parpadeé.
—¿Perdón?
Ciro dejó de sonreír.
—¿Qué?
Don Ernesto no pareció sorprendido.
—Eres propietaria de la mitad del Miramar.
La primera idea que tuve fue poco sentimental.
El terreno frente al mar valía una fortuna.
La segunda fue que esa fortuna podía resolver de una sola vez el dinero que necesitaba para entrar como socia en Acústica Norte.
La tercera llegó cuando miré a Ciro.
Estaba pálido de rabia.
—No —dijo.
—Qué conmovedora bienvenida a mi patrimonio.
—Tú no quieres ese cine.
—Hace treinta segundos no sabía que era mío.
—Precisamente.
Me puse de pie.
—No vuelvas a decidir qué quiero.
Ciro también se levantó.
Error.
Había olvidado cuánto espacio ocupaba cuando estaba cerca.
Quedamos a menos de un brazo de distancia.
Yo llevaba tacones y aun así tuve que alzar un poco la barbilla.
—¿Vas a venderlo? —preguntó.
—Ni siquiera hemos terminado de escuchar.
—Pero ya hiciste números.
Mi silencio me traicionó.
Su mandíbula se endureció.
—Claro.
—No sabes nada de mi vida.
—Sé cómo miras una salida.
Eso sí dolió.
—Y yo sé cómo conviertes quedarte en una virtud moral.
Los ojos de Ciro bajaron a mi boca.
Fue apenas un instante.
Suficiente.
Mi respiración cambió y me odié por notarlo.
Él también lo notó.
—Si van a besarse o estrangularse —intervino Don Ernesto—, agradecería que firmaran primero el documento de confidencialidad.
Retrocedí tan rápido que golpeé mi silla.
Ciro se pasó una mano por la nuca.
—No voy a besarla.
—Tranquilo. No estaba haciendo fila.
—Bien.
—Perfecto.
Don Ernesto nos observó.
—Qué alivio. Continúo.
Me senté con dignidad aproximada.
—¿Quién tiene la otra mitad?
El notario me miró por encima de los lentes.
No necesitaba responder.
Giré hacia Ciro.
Él parecía haber llegado a la misma conclusión.
—No —dijimos al mismo tiempo.
Don Ernesto sonrió por primera vez.
—El cincuenta por ciento restante pertenece a Ciro Beltrán.
Ciro soltó una palabrota.
Yo cerré los ojos.
Doce semanas, pensé de pronto, sin saber todavía por qué aquel número iba a importarme.
Don Ernesto sacó una segunda hoja.
—Ahora viene la condición.
Abrí los ojos.
—¿Qué condición?
El notario apoyó el documento sobre la mesa.
—Ninguno puede vender su parte todavía.
Ciro se inclinó hacia delante.
—¿Durante cuánto tiempo?
Don Ernesto nos miró a ambos.
—Hasta que administren juntos la última temporada de verano del Cine Miramar.
Me reí.
Nadie me acompañó.
—Muy gracioso.
—No es una broma.
—Tengo trabajo en Madrid.
—Yo tampoco voy a compartir un negocio con ella —dijo Ciro.
Don Ernesto levantó la última página.
—Entonces conviene que escuchen lo que ocurre si alguno abandona antes de las doce semanas.
El verano terminaba el primero de septiembre. Miré la fecha en mi teléfono como si pudiera discutir con el calendario: ocho de junio. Doce semanas completas significaban cancelar visitas de obra, mover reuniones, inventar una explicación para Julián y, probablemente, perder la oportunidad de convertirme en socia.
Ciro tenía otro problema. El Miramar era suyo en la única forma que parecía importarle: había seguido allí cuando todos los demás nos fuimos.
Y Ofelia acababa de poner una cerilla encendida entre los dos.
—Esto es una barbaridad —dije.
—Es legal —respondió Don Ernesto.
Sin pestañear siquiera.
—Eso no mejora nada.
Sentí un mal presentimiento.
—¿Qué ocurre?
El notario señaló primero a Ciro y después a mí.
—Su cincuenta por ciento pasa íntegramente al otro heredero.
Ciro giró despacio hacia mí.
—Ni se te ocurra largarte, Iria.
