Capítulo 2 2

—Si crees que voy a regalarte medio cine por largarme, no me conoces nada.

Ciro apoyó ambas manos en la mesa del notario.

—Eso es exactamente lo que acabo de decir.

—No. Tú me diste una orden.

—Y tú reaccionaste como si te hubiera pedido matrimonio.

Don Ernesto levantó un dedo.

—Por favor, no me den ideas para interpretar cláusulas adicionales.

Lo ignoramos.

Yo seguía mirando a Ciro porque apartar los ojos habría parecido una retirada y porque, después de siete años, descubrir que todavía sabía irritarme en menos de cinco minutos resultaba ofensivamente eficiente.

—Voy a cumplir las doce semanas —dije.

Él soltó una risa seca.

—Tienes trabajo en Madrid.

—También tengo correo electrónico.

—Y una vida.

—Qué observador.

—No era un cumplido.

Don Ernesto deslizó dos copias del testamento hacia nosotros.

—La temporada comienza oficialmente el próximo lunes. La condición exige apertura al público al menos cuatro noches por semana, conservación básica del edificio y administración conjunta de ingresos y gastos.

—¿“Conjunta” cuánto de conjunta? —pregunté.

—Ambos deben aprobar las decisiones extraordinarias.

—Define extraordinarias.

—Cualquier gasto superior a quinientos euros.

Ciro me miró.

—Ni se te ocurra cambiar las butacas por sillones minimalistas.

—Ni se te ocurra conservar esas trampas ortopédicas.

—Tienen historia.

—También tienen resortes asesinos.

—Sobreviviste a ellos durante años.

—Mi espalda tenía diecisiete.

Don Ernesto tosió para disimular una risa.

Firmé la copia con más fuerza de la necesaria.

—¿Algo más?

—Las llaves están en el sobre.

Lo abrí.

Había dos juegos.

Ofelia había pensado en todo, incluso en obligarnos a repartirnos un llavero con forma de claqueta.

Ciro tomó uno.

Yo el otro.

Nuestros dedos se rozaron.

Ridículo.

Fue apenas piel contra piel.

Aun así, mi mano se quedó quieta un segundo de más.

Ciro también.

Sentí el calor subir por mi muñeca como si mi cuerpo hubiera estado esperando siete años para reconocer un contacto de medio centímetro.

Retiré la mano.

—No hagas esa cara.

—¿Qué cara?

—Esa.

—Muy específica.

—La de creer que sigues teniendo efecto sobre mí.

Sus ojos bajaron a mis dedos.

—No he dicho nada.

—No hacía falta.

—Eso suena más a problema tuyo que mío.

Le habría contestado algo brillante si Don Ernesto no hubiera empezado a guardar los documentos.

—Les recomiendo visitar hoy mismo el cine. Ofelia dejó una lista de reparaciones pendientes.

—¿Cuántas? —pregunté.

—Depende de cuánto cariño le tengan al techo.

Ciro maldijo.

Yo miré al notario.

—¿Está exagerando?

—Desgraciadamente, no.

Veinte minutos después caminábamos hacia el Miramar bajo un sol que hacía relucir el paseo marítimo y me obligaba a entrecerrar los ojos.

Puerto Bruma seguía oliendo a sal, crema solar y fritura.

Nada había cambiado.

Excepto todo.

—¿Dónde te hospedas? —preguntó Ciro.

—En casa de mi madre.

—Entonces ya sabe que heredaste.

—Todavía no.

—Adela te va a interrogar durante tres días.

—Dos. Al tercero empieza a reorganizarme la vida.

Ciro sonrió.

No debía haberlo hecho.

La expresión le borró varios años y me devolvió una imagen demasiado concreta: él sentado en el capó de su vieja furgoneta, riéndose mientras yo intentaba abrir una botella con una llave.

Miré al frente.

—¿Qué?

—Nada.

—Me estabas mirando.

—Tienes ego nuevo.

—Ese ya lo conocías.

Llegamos al Miramar.

El letrero azul estaba descolorido. Una de las letras colgaba torcida y la taquilla tenía un cartel escrito a mano: CERRADO HASTA NUEVO AVISO.

Sentí una presión incómoda en el pecho.

—Ofelia nunca dejaba ese cristal sucio.

Ciro perdió la sonrisa.

—Las últimas semanas casi no podía venir.

No pregunté más.

Él abrió la puerta lateral.

El interior olía a polvo, madera y ese perfume dulzón de palomitas que ningún cierre consigue borrar.

Encendió las luces.

Solo funcionaron la mitad.

—Bienvenida a tu imperio —dijo.

—Parece que perdió una guerra.

—Todavía no viste los baños.

—No amenaces.

Atravesamos el vestíbulo. Había cajas junto a la pared, carteles antiguos y una máquina de refrescos cubierta con una sábana.

Me acerqué a la sala principal.

La pantalla seguía allí.

Las filas de butacas descendían hacia ella como cuando yo era adolescente, pero ahora veía desperfectos que entonces no me importaban: paneles acústicos deformados, grietas, cableado mal protegido.

—Esto no abre el lunes.

—Sí abre.

—No con esa instalación.

—Un electricista viene mañana.

—¿Quién lo contrató?

—Yo.

Giré.

—Los gastos son conjuntos.

—Lo contraté antes de saber que tú eras copropietaria.

—A partir de ahora me consultas.

Ciro bajó un escalón hacia mí.

—¿Vas a hacer esto con todo?

—¿Hacer qué?

—Entrar después de siete años y hablar como si el lugar hubiera estado esperando tus instrucciones.

La acusación me golpeó donde sabía.

—No vine porque Ofelia no me lo pidió.

—Te escribió.

—Dos veces.

—Cinco.

Lo miré.

—¿Qué?

Ciro apartó la vista.

—Nada.

—Has dicho cinco.

—Olvídalo.

—No.

Bajé otro escalón.

Él quedó demasiado cerca.

—¿Cómo sabes cuántas veces me escribió?

Su mandíbula se tensó.

—Porque a veces me pedía que llevara sus cartas al correo.

—¿Cartas?

Yo solo había recibido dos tarjetas en los últimos años.

Ciro debió leer mi cara porque su expresión cambió.

—No sabías.

—No.

Un silencio pesado ocupó la sala.

—Quizá nunca las envió —dijo.

—Quizá.

Quise pasar a su lado.

Mi tacón resbaló contra el borde del escalón.

Ciro me sujetó por la cintura.

No fue romántico.

Fue rápido, firme y demasiado íntimo.

Mi cuerpo chocó contra el suyo.

Una mano quedó apoyada en su hombro; la otra, contra su pecho.

Debajo de la camisa sentí músculo, calor y el golpe acelerado de su corazón.

El mío no estaba mejor.

Ciro no me soltó enseguida.

—Sigues usando zapatos inútiles —murmuró.

—Y tú sigues aprovechando cualquier excusa para tocarme.

Su pulgar se movió apenas sobre mi cintura.

—Podría soltarte.

—Hazlo.

No lo hizo.

Yo tampoco me aparté.

El aire cambió.

Sus ojos bajaron a mi boca otra vez, esta vez sin fingir que había sido accidental.

—Ciro.

—Dime que no.

La frase me dejó inmóvil.

No porque no supiera responder.

Porque sabía exactamente a qué estaba diciendo que no.

A esa distancia.

A esa mirada.

A recordar cómo besaba.

El teléfono vibró dentro de mi bolso.

El nombre de Julián apareció en la pantalla.

Ciro lo vio.

Su mano abandonó mi cintura.

El frío llegó demasiado rápido.

Contesté.

—Hola.

—Por fin —dijo Julián—. ¿Terminaste con el notario?

Miré a Ciro.

Él ya se alejaba hacia la pantalla.

—Sí.

—Entonces tengo una sorpresa. Cambié guardia. Llego a Puerto Bruma esta noche.

Se me secó la boca.

Ciro se volvió al escuchar el nombre de la ciudad.

—¿Esta noche?

—A las ocho. Pensé que te vendría bien tenerme contigo.

Ciro clavó los ojos en mí.

—Claro —respondí.

Colgué.

Él cruzó los brazos.

—Supongo que tu novio también piensa ayudarnos con el cine.

—No empieces.

—No he empezado nada.

—Tu cara sí.

Ciro soltó una risa sin humor.

—Perfecto. Que venga. Así podrá conocer el lugar donde aprendiste a besar.

—Ciro.

Él bajó un escalón y me sostuvo la mirada.

—Y podrá conocer al hombre que te enseñó.

El golpe fue bajo, infantil y eficaz. Apreté el teléfono hasta sentir sus bordes. Ciro sostuvo mi mirada, sin pizca de arrepentimiento.

—Porque esta vez, Iria, no pienso fingir que no te recuerdo.

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