Capítulo 3 3
—Dime que no acabas de decirle a mi novio que fuiste tú quien me enseñó a besar.
Ciro apoyó una mano en el respaldo de una butaca y me miró con una tranquilidad que merecía cárcel.
—No se lo dije a él. Te lo dije a ti.
—Julián llega en unas horas.
—Sé contar hasta ocho.
—No empieces con tus comentarios.
—También sé quedarme callado.
—Eso sí que no me lo creo.
Su boca se curvó apenas.
Odié reconocer el gesto. Odié más recordar exactamente qué hacía esa boca cuando dejaba de discutir conmigo.
Metí el teléfono en el bolso.
—Tenemos trabajo.
—Hace treinta segundos querías salir corriendo.
—Hace treinta segundos no sabía que mi novio venía.
—Interesante motivación.
—Ciro.
—Estoy callado.
—No, estás siendo insoportable en silencio.
Me di media vuelta antes de que volviera a mirar mi boca. Aquella sala estaba llena de polvo, cables viejos y decisiones cuestionables. No necesitaba añadir un desliz con mi ex a la lista.
Fuimos hasta la cabina de proyección.
La puerta estaba atascada.
Ciro empujó con el hombro.
Nada.
—Déjame.
—No.
—¿Por qué?
—Porque vas a romperte un tacón y después culparás al edificio.
—Ese edificio ya ha intentado matarme una vez.
—Fue una escalera.
—Cómplice del edificio.
Resopló y volvió a empujar.
La puerta cedió de golpe.
Ciro perdió el equilibrio hacia atrás y yo, que estaba demasiado cerca, terminé atrapada entre su cuerpo y la pared.
Otra vez.
—Esto empieza a parecer intencional —murmuré.
—Tú eres la que sigue poniéndose delante.
Su pecho rozaba el mío.
No mucho.
Lo suficiente.
Ciro apoyó una palma contra la pared junto a mi cabeza para estabilizarse. El olor de su piel, sal, jabón y algo amaderado, me llegó demasiado limpio a la memoria.
Siete años desaparecieron durante un segundo.
Yo sabía cómo se sentía su nuca debajo de mis dedos.
Sabía dónde se le cortaba la respiración.
Sabía que, cuando quería besarme de verdad, primero miraba mi boca como si estuviera calculando una distancia.
Estaba haciendo exactamente eso.
—Apártate —dije.
Mi voz salió más baja de lo previsto.
—Puedes hacerlo tú.
Tenía razón.
No me moví.
Su mirada subió despacio hasta mis ojos.
—Eso pensaba.
Le di un empujón en el pecho.
—Qué satisfecho estás contigo mismo.
—No especialmente.
—Pues tu cara no recibió el memorando.
Entré en la cabina.
Necesitaba aire. Mucho.
Había cajas, rollos antiguos, un proyector digital cubierto y una libreta azul sobre la mesa.
La abrí.
La letra de Ofelia llenaba la primera página.
REPARACIONES ANTES DE ABRIR.
—Aquí está la sentencia —dije.
Ciro se acercó por detrás.
Demasiado.
—Lee.
—Cableado. Techo del vestíbulo. Humedad en almacén. Limpieza profunda. Revisión del proyector. Aire acondicionado.
—El aire funciona.
Una gota cayó del aparato directamente sobre su hombro.
Lo miré.
—Con entusiasmo.
Ciro observó la mancha.
—Eso se arregla.
—Tu optimismo es médicamente preocupante.
Pasé la página.
Debajo de la lista había una frase subrayada tres veces.
NO DEJEN QUE SIMÓN TOQUE LA CAJA DE HERRAMIENTAS.
—¿Quién es Simón?
—Un chico que ayudaba a Ofelia.
—¿Qué hizo?
—Instaló una repisa.
—¿Y?
—Atravesó una tubería.
Sonreí.
—Me cae bien.
—Todavía no lo conoces.
—Ya tiene mejor historial conmigo que tú.
Ciro se quedó serio.
—No necesitamos convertir cada frase en una pelea.
—Fuiste tú quien empezó hablando de besarme delante de mi novio imaginario.
—Tu novio no estaba aquí.
—Precisamente.
—Y no te besé.
La sonrisa desapareció.
—No.
—Podría haberlo hecho.
Mi pulso dio un golpe absurdo.
Ciro sostuvo mi mirada.
—Pero no lo hice.
Ahí estaba la diferencia.
El Ciro de diecinueve años habría convertido el impulso en argumento. Este parecía capaz de detenerse incluso cuando los dos sabíamos qué estaba pasando.
Eso resultaba mucho más peligroso.
Bajé la vista a la libreta.
—Bien.
—¿Bien qué?
—Gracias por no besarme.
—No me agradezcas demasiado. Tampoco soy un santo.
El teléfono volvió a vibrar.
Julián.
Mensaje.
“Llegué antes. Estoy frente al Miramar.”
Me quedé inmóvil.
—¿Qué pasa?
Le enseñé la pantalla.
Ciro leyó y soltó una carcajada breve.
—El universo te odia.
—Tú pareces disfrutarlo.
—Un poco.
Bajamos al vestíbulo.
Julián estaba al otro lado del cristal con una mochila al hombro y una bolsa de comida en la mano.
Sonreía.
Ese fue el problema.
Julián siempre llegaba con algo útil. Café cuando tenía entregas. Analgésicos cuando me dolía la cabeza. Comida cuando yo olvidaba cenar.
Y yo acababa de pasar varios minutos recordando la boca de otro hombre.
Abrí la puerta.
—Llegaste temprano.
Julián me abrazó.
—Me cambiaron el tren.
Me besó.
Su boca fue cálida, familiar.
Respondí.
Por encima de su hombro vi a Ciro bajar las escaleras.
No apartó los ojos.
Julián terminó el beso y me acarició la mejilla.
—Te extrañé.
La culpa apareció puntual.
Durante casi dos años, Julián había sido la parte sencilla de mi vida: estable, atento, sin juegos. Sentirme así junto a Ciro convertía aquella tranquilidad en una pregunta que todavía no quería contestar sola aún.
—Yo también.
Ciro llegó al vestíbulo.
—Supongo que tú eres Julián.
Julián se volvió.
—Y tú debes ser Ciro.
Se estrecharon la mano.
Demasiado tiempo.
—Encantado —dijo Julián.
—Igualmente.
Mentían los dos con bastante educación.
Le quité la bolsa a Julián.
—¿Qué trajiste?
—Cena. Pensé que estarías agotada.
Ciro miró la bolsa.
—Qué considerado.
Le lancé una advertencia con los ojos.
Julián sonrió.
—Intento serlo.
—Eso me dicen que funciona bien en las relaciones.
—Ciro.
—Estoy hablando.
—Ese es el problema.
Julián soltó una risa.
Para mi sorpresa, parecía divertido.
—¿Siempre se hablan así?
—No —respondimos Ciro y yo al mismo tiempo.
Julián levantó las cejas.
—Entendido.
Me habría gustado desaparecer dentro de la máquina de palomitas.
En lugar de eso, saqué tres recipientes de comida.
—Vamos a cenar.
—Yo me iba —dijo Ciro.
Demasiado rápido.
—Puedes quedarte —dijo Julián—. Iria tendrá que trabajar contigo todo el verano. Prefiero conocer al socio.
Ciro me miró.
Había una pregunta en sus ojos.
No supe cuál.
Nos sentamos en el vestíbulo usando una mesa plegable que cojeaba.
La conversación fue civil durante exactamente siete minutos.
Entonces Julián encontró una fotografía vieja clavada junto a la taquilla.
La despegó.
Sentí el estómago caer.
Yo tenía dieciocho años.
Ciro, diecinueve.
Estábamos detrás del cine, él sentado sobre una caja y yo entre sus piernas, riéndome mientras su boca estaba pegada a mi cuello.
Julián estudió la foto.
Ciro dejó el tenedor.
—Vaya —dijo Julián.
—Era hace años.
—Lo imaginé.
—Ofelia guardaba todo.
Julián sonrió, pero esta vez no llegó a sus ojos.
—¿Cuánto tiempo estuvieron juntos?
—Tres años —respondió Ciro.
Lo fulminé con la mirada.
Julián dejó la fotografía sobre la mesa.
—Nunca me dijiste que había sido tanto.
—Nunca preguntaste.
—Tampoco sabía que este era el cine donde se conocieron.
Silencio.
Ciro se levantó.
—Mejor me voy.
—Sí —dije.
Llegó a la puerta.
Julián habló antes de que pudiera abrirla.
—Una cosa, Ciro.
Él se volvió.
Julián sostuvo la fotografía entre dos dedos.
—¿Todavía estás enamorado de ella?
Mi respiración se detuvo.
Ciro no me miró.
Miró a Julián.
Y respondió sin vacilar.
—Ese no es el problema. El problema es que no estoy seguro de haber dejado de estarlo.
