Capítulo 4 4

—Repite eso y te juro que te saco del cine a empujones.

Ciro apoyó una mano en la puerta.

—No hace falta. Ya me iba.

—No me refería a eso.

Julián seguía sentado frente a la mesa plegable, con la fotografía antigua entre los dedos y una calma demasiado perfecta para resultar tranquilizadora.

—Creo que todos entendimos lo que quiso decir —dijo.

—Tú no ayudes.

—No intento ayudar, Iria. Intento entender.

Ciro me miró por fin.

—Entonces habla con ella.

—Ciro.

—¿Qué? Él preguntó. Yo respondí.

—Podías haber mentido.

—No suelo hacerlo bien contigo.

Aquello me golpeó exactamente donde él sabía.

Julián dejó la foto sobre la mesa.

—¿Quieren que me vaya?

—No —respondí.

—Sí —dijo Ciro.

Giré hacia él.

—Lárgate.

—Eso estaba haciendo.

Abrió la puerta.

—Mañana a las ocho viene el electricista.

—Estaré aquí.

—No llegues tarde.

—No eres mi jefe.

—Gracias a Ofelia, eres peor. Eres mi socia.

Y salió.

La puerta se cerró.

Durante varios segundos solo escuché el zumbido viejo de la máquina de refrescos.

Julián tomó su vaso.

—Bueno.

—No digas “bueno”.

—¿Qué palabra prefieres?

—Ninguna.

—Complicado.

—Eso tampoco.

Una sonrisa mínima apareció en su boca.

—Entonces voy a comer.

Lo observé levantar el tenedor como si acabara de presenciar una conversación sobre fontanería y no a mi ex admitir que quizá seguía enamorado de mí.

—¿No vas a preguntar nada?

—Ya pregunté algo.

—A él.

—Porque tú habrías intentado responder correctamente.

Eso me molestó porque era cierto.

Me senté.

—No ha pasado nada.

—No dije que hubiera pasado.

—Pero lo estás pensando.

—Estoy pensando que llevas aquí una tarde y ya sé más de tu relación con Ciro que durante casi dos años contigo.

Abrí la boca.

La cerré.

Julián suspiró.

—No estoy enfadado porque tuviste un primer amor. Sería absurdo. Estoy incómodo porque parecía ocupar una habitación de tu vida de la que nunca me diste la llave.

—Terminamos hace siete años.

—Eso no responde nada.

Aparté la mirada.

En el cristal de la taquilla se reflejaba la fotografía sobre la mesa.

Dieciocho años.

Yo creía entonces que amar mucho solucionaba cualquier diferencia.

Después aprendí que también podía magnificarlas.

—Ciro y yo acabamos mal —dije.

—Eso sí me lo habías contado.

—No quería traerlo a lo nuestro.

—Quizá ya estaba.

La frase se quedó ahí.

No supe qué contestar.

Julián se acercó y me besó la frente.

—No quiero competir con un recuerdo.

—No tienes que hacerlo.

—Entonces no me hagas sentir que llegué a una historia que sigue abierta.

Eso sí me dejó sin defensa.

Quise decirle que Ciro pertenecía al pasado. Que era una anomalía provocada por duelo y recuerdos.

Pero hacía una hora había sentido manos en mi cintura y había tardado en pedirle que me soltara.

—Voy a arreglarlo —dije.

Julián asintió.

—Eso espero.

Julián se levantó y recogió los recipientes.

—Vamos a casa de tu madre.

—¿Así nada más?

—No quiero discutir en el mismo sitio donde tu ex aprendió a besarte.

Lo miré.

Él alzó una ceja.

—Puedo hacer bromas también.

—Ha sido terrible.

—Estoy bajo presión.

Me reí.

Y agradecí poder hacerlo.

A la mañana siguiente llegué al Miramar a las siete cincuenta y ocho.

Ciro estaba subido a una escalera.

Por supuesto.

Llevaba una camiseta gris, pantalones de trabajo y una cinta métrica enganchada al cinturón.

Demasiada piel en los brazos para una conversación que yo pretendía mantener profesional.

—Llegaste temprano —dijo sin bajar.

—Dos minutos.

—Estoy impresionado.

—No te acostumbres.

Dejé mi bolso sobre la taquilla.

—Tenemos que hablar.

—Frase peligrosa.

—Sobre anoche.

Ciro descendió un peldaño.

—No.

—¿No qué?

—No vamos a tener esa conversación ahora.

—Tú soltaste una bomba delante de Julián.

—Él me hizo una pregunta delante de ti.

—Podías esquivarla.

—Tú llevas siete años esquivando cosas. Ya cubriste la cuota de ambos.

Sentí el golpe.

—No sabes nada de estos siete años.

Ciro bajó otro peldaño.

—Sé que nunca volviste.

—Trabajaba.

—Lo sé.

—Estaba construyendo una carrera.

—También lo sé.

—Entonces deja de decirlo como si hubiera cometido un delito.

—No estoy hablando de Puerto Bruma.

Fruncí el ceño.

—¿Entonces de qué?

Ciro quedó frente a mí.

—De mí.

No respiré bien.

Él tampoco parecía hacerlo.

—Terminamos —dije.

—Sí.

—No tenía que volver a buscarte.

—No.

—Entonces ¿qué demonios quieres?

Su mirada recorrió mi cara.

—Que dejes de actuar como si lo nuestro hubiera sido una equivocación administrativa.

El electricista apareció justo entonces por la puerta lateral.

—¿Interrumpo algo?

Ciro retrocedió.

—Sí.

—No —dije.

El hombre nos miró.

—Perfecto. Matrimonio.

—No estamos casados —respondimos juntos.

—Peor. Socios.

Ciro cerró los ojos.

Yo mordí una sonrisa.

El electricista, que se presentó como Mateo, pasó la siguiente hora revisando tableros y enumerando problemas con un entusiasmo funerario.

—Esto hay que cambiarlo.

—¿Cuánto? —pregunté.

Dijo una cifra.

Ciro tosió.

—¿Incluye una planta eléctrica nueva para todo el pueblo?

Mateo no sonrió.

—Incluye que el cine no se incendie.

—Buen argumento —dije.

Ciro me señaló.

—No lo animes.

La reparación superaba los quinientos euros, así que ambos teníamos que autorizarla.

Firmamos.

Por primera vez hicimos algo juntos sin discutir.

Duró cuarenta segundos.

Después subimos a revisar una filtración sobre la cabina.

Ciro sostuvo la escalera mientras yo inspeccionaba una placa húmeda.

—Más a la izquierda —dijo.

—Sé lo que hago.

—Tu zapato está en el borde.

—Estoy bien.

—Esa frase suele preceder una caída.

—Déjame trabajar.

Me incliné.

La escalera se movió.

—Mierda.

Ciro me sujetó por las caderas.

Quedé apoyada contra su hombro, demasiado consciente de sus manos.

—Te tengo.

—Ya noté.

Sus dedos apretaron apenas.

El calor atravesó la tela de mi falda.

—Baja.

—Podrías soltarme primero.

—Podrías dejar de moverte.

—Eso sonó peor de lo que pretendías.

Ciro levantó la cara.

Estábamos casi a la misma altura.

Vi la sombra de barba, la pequeña cicatriz de su mandíbula y el cambio exacto en sus ojos cuando dejó de pensar en la escalera.

—Iria.

Mi nombre salió bajo.

Peligroso.

—Suéltame.

—Cuando estés estable.

—Estoy estable.

—No parece.

—No hablo de la escalera.

Sus pulgares se movieron sobre mis caderas.

Respiré demasiado rápido.

Ciro también.

Me bajó despacio.

Mis pies tocaron el suelo, pero sus manos siguieron en mí.

Un segundo.

Dos.

Tres.

—Anoche dijiste que no sabías si seguías enamorado de mí.

Su mandíbula se tensó.

—Lo sé.

—¿Querías hacer daño a Julián?

—No.

—¿A mí?

—Tampoco.

—Entonces ¿por qué decirlo?

Ciro apartó las manos.

—Porque me cansé de fingir que verte no me mueve nada.

El pecho me dolió.

—Tengo novio.

—Lo sé.

—Y no voy a engañarlo.

—Nunca te lo pediría.

—Entonces necesitamos límites.

—Ponlos.

Lo miré.

—Nada de hablar de lo que fuimos.

—Bien.

—Nada de provocaciones.

—Difícil, pero bien.

—Nada de tocarme salvo que me esté cayendo.

Ciro inclinó la cabeza.

—Eso depende bastante de ti y de esos zapatos.

—Estoy hablando en serio.

—Yo también.

Respiré.

—Y nada de decir otra vez que sigues enamorado de mí.

Su expresión cambió.

Ya no había humor.

—Eso no puedo prometértelo.

—¿Por qué?

Ciro dio un paso hacia mí.

No me tocó.

Fue peor.

—Porque anoche mentí en una sola palabra.

Tragué saliva.

—¿Cuál?

Me sostuvo la mirada.

—No es que no esté seguro, Iria. Estoy enamorado de ti.

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