Capítulo 5 5
—No vuelvas a decirme eso mientras sigo con Julián.
Ciro no retrocedió.
—No pensaba convertirlo en una costumbre.
—Acabas de decir que estás enamorado de mí.
—Sí.
—Eso no es una observación meteorológica.
—Tampoco esperaba que respondieras “yo también”.
Me crucé de brazos porque necesitaba hacer algo con las manos.
—Bien.
—Bien.
—Deja de decir bien.
—Tú empezaste.
Lo odiaba.
No a él. Eso habría sido muchísimo más práctico.
Odiaba que siguiera sabiendo exactamente cómo irritarme hasta devolverme a una versión de mí que discutía con él por deporte, lo besaba después y fingía que ambas cosas no estaban relacionadas.
—Tenemos reglas —dije.
—Las acabas de inventar.
—Y funcionan desde ahora.
—Perfecto.
—Ciro.
—¿Qué?
—No puedes confesarme algo así y quedarte tan tranquilo.
Esta vez sí apartó la mirada.
—¿Te parece que estoy tranquilo?
Su voz cambió. Bajó apenas, sin ironía.
Entonces vi que tenía la mano cerrada junto al muslo.
—No lo parece.
—Llevo siete años intentando que lo parezca.
Eso me dejó sin réplica.
El ruido de una puerta golpeando salvó mi dignidad.
—¡No he tocado ninguna herramienta! —gritó una voz desde el vestíbulo.
Ciro cerró los ojos.
—Simón.
Un chico alto, flaco y con una camiseta donde decía EL CINE NO HA MUERTO apareció cargando tres cajas.
Me miró.
Miró a Ciro.
Después miró la distancia demasiado corta entre ambos.
—¿Interrumpo una pelea o algo que todavía no admite que es otra cosa?
—Una pelea —respondí.
—Perfecto. Las entiendo mejor.
Ciro señaló las cajas.
—¿Qué traes?
—Cables, productos de limpieza y croissants.
—¿Por qué croissants?
—Porque Ofelia decía que nadie debía tomar decisiones importantes con hambre.
El nombre volvió a apretarme el pecho.
Simón dejó las cajas sobre una butaca.
—Tú eres Iria.
—Depende de lo que te hayan contado.
—Que vivías en Madrid, arreglabas edificios para que sonaran caros y que Ciro se vuelve imbécil cuando alguien menciona tu nombre.
Ciro se quedó inmóvil.
Yo parpadeé.
—Me agradas.
—No lo animes —dijo Ciro.
Simón sonrió.
—También me dijeron eso.
Cinco minutos después estábamos revisando el almacén.
Yo intentaba pensar en humedades.
Mi cabeza prefería reproducir Estoy enamorado de ti con calidad de sonido profesional.
Ciro levantó una caja pesada.
La camiseta se tensó sobre su espalda.
Desvié la vista.
Tarde.
—¿Algo interesante? —preguntó sin girarse.
—La pared.
—Claro.
—Tiene humedad.
—Mis hombros no.
Simón soltó una carcajada desde el otro extremo.
—Voy a fingir que necesito revisar el vestíbulo.
—Tú te quedas —dije.
—No puedo. Soy joven. Tengo futuro.
Desapareció.
Traidor.
Ciro dejó la caja en el suelo.
—No voy a hacer nada, Iria.
—No he dicho que fueras a hacerlo.
—Llevas diez minutos vigilándome como si pudiera lanzarme sobre ti detrás de una caja de bombillas.
—Tu autoestima necesita hidratación.
Se acercó un paso.
—Mírame y dime que no has pensado en besarme desde que llegaste.
Sentí calor en la cara.
—Eso no importa.
—No pregunté si importaba.
—Tengo novio.
—Y yo tengo memoria.
—Qué conveniente.
—No siempre.
Su mirada bajó despacio.
Mi cuerpo entendió antes que mi sensatez.
Recordé sus manos sujetándome las caderas. La forma en que había pronunciado mi nombre. El centímetro que no recorrimos ayer.
Retrocedí.
Choqué contra una estantería.
Una caja cayó.
Ciro la atrapó antes de que me golpeara.
—Impresionante.
—Cállate.
—Tres accidentes en menos de veinticuatro horas.
—Este edificio me odia.
—Creo que el problema son tus zapatos.
—Mis zapatos cuestan más que tu cámara secundaria.
—Eso explica muchas cosas.
Le quité la caja.
Nuestros dedos volvieron a rozarse.
Esta vez ninguno fingió que no ocurrió.
Ciro habló primero.
—No voy a tocarte mientras estés con él.
Levanté los ojos.
—¿Eso pretende tranquilizarme?
—Pretende dejar claro que mis sentimientos son mi problema, no una deuda tuya.
Algo se aflojó dentro de mí.
Esa frase no pertenecía al Ciro de diecinueve años.
Aquel Ciro habría peleado. Habría pedido respuestas. Habría convertido mi silencio en una elección.
Este me estaba dando espacio después de dinamitarlo.
—Gracias —dije.
—No me agradezcas demasiado. Sigo queriendo besarte.
Solté una risa involuntaria.
—Eres idiota.
—Eso tampoco cambió.
Mi teléfono vibró.
Julián.
“¿Comemos juntos? Quiero hablar de anoche.”
La sonrisa desapareció.
Ciro vio mi cara.
—Ve.
—Tenemos trabajo.
—Simón y yo podemos seguir.
—Es administración conjunta.
—No para limpiar moho.
Guardé el teléfono.
—Volveré en una hora.
—Tómate dos.
—No necesito permiso.
—Eso también sigue intacto.
Lo señalé.
—No vuelvas a hablarme de tus sentimientos hoy.
—Haré un esfuerzo heroico.
Salí antes de sonreír.
Julián me esperaba en una terraza frente al puerto.
Había pedido mi café.
El correcto.
Me senté.
—Antes de que digas nada, quiero explicarte lo de Ciro.
—No quiero hablar de Ciro.
Eso me sorprendió.
—¿No?
—Quiero hablar de nosotros.
Empujó mi taza hacia mí.
—Anoche dijiste que ibas a arreglarlo.
—Sí.
—¿Qué significa?
—Poner límites.
—¿Ya los pusiste?
Pensé en el almacén.
En Ciro acercándose.
En mí sin poder mentir cuando preguntó si había pensado en besarlo.
—Sí.
Julián me observó demasiado bien.
—No parece que te haya servido.
—No ha pasado nada.
—Otra vez esa frase.
—Porque es verdad.
—No te estoy preguntando si te acostaste con él.
El café dejó de oler bien.
—Entonces pregunta lo que quieras preguntar.
Julián apoyó los antebrazos en la mesa.
—¿Todavía lo quieres?
No respondí inmediatamente.
Ese fue el error.
Vi cómo algo se cerraba en su expresión.
—Julián...
—No necesito una respuesta bonita.
—Acabo de reencontrarlo.
—No fue mi pregunta.
Miré el puerto.
Barcos pequeños.
Turistas.
Una niña intentando quitarle una patata a una gaviota.
Cualquier cosa era más sencilla que esa mesa.
—No sé qué siento.
Julián respiró despacio.
—Eso sí es una respuesta.
—No quiero hacerte daño.
—Entonces no me conviertas en el hombre con el que te quedas mientras decides si quieres al otro.
La culpa fue limpia.
Merecida.
Quise defenderme. Decirle que había regresado por un testamento, no por Ciro; que el verano tenía fecha de caducidad; que Madrid seguía esperándome con reuniones, planos y una vida que no incluía cines viejos ni hombres capaces de desordenarme con una frase.
Pero Julián no era ingenuo.
Y yo tampoco.
—Ayer me dijiste que no querías competir con un recuerdo.
—Porque no pienso hacerlo.
—Ciro no decide lo que siento.
—No. Lo decides tú.
—Estoy aquí contigo.
—Físicamente.
La precisión me irritó.
—¿Ahora vas a analizar cada gesto?
—No necesito hacerlo. Te conozco cuando estás preocupada, enfadada, cansada y cuando quieres salir corriendo. Desde que llegué, estás en las cuatro categorías.
—Qué romántico.
—Podría añadir hambrienta.
Lo miré mal.
Julián sonrió apenas.
Esa broma hizo todo peor. Habría sido más fácil si gritaba, si acusaba a Ciro o si intentaba marcar territorio. En cambio, seguía siendo el hombre razonable que me había acompañado dos años sin exigirme convertir el amor en una prueba.
—No quiero perderte —dije.
Su sonrisa desapareció.
—Eso tampoco significa que quieras elegirme.
—No estoy haciendo eso.
—Todavía.
Levanté la mirada.
—¿Qué quieres de mí?
Julián tomó su teléfono, dejó dinero bajo la taza y se puso de pie.
—Que averigües algo antes de pedirme que confíe en ti.
—¿Qué cosa?
Me sostuvo la mirada.
—Si estás intentando salvar nuestra relación o si solo tienes miedo de admitir que Ciro nunca dejó de ser la tuya.
