Capítulo 6 6
—Si estás intentando salvar nuestra relación o si solo tienes miedo de admitir que Ciro nunca dejó de ser la tuya.
Julián dejó la frase sobre la mesa y se fue antes de que pudiera inventar una respuesta útil.
No corrí detrás de él.
Ese fue mi segundo error del día.
El primero había sido mirar a Ciro a los ojos cuando me preguntó si había pensado en besarlo.
Me quedé sentada frente al café frío hasta que el camarero retiró la taza con una delicadeza que sonó a lástima.
Volví al Miramar caminando.
Necesitaba diez minutos sin hombres diciéndome cosas que yo no quería saber sobre mí misma.
Duré cuatro.
Cuando abrí la puerta lateral, escuché un golpe, una palabrota y la voz de Simón.
—Te dije que esa tabla estaba podrida.
—Y yo te dije que sujetaras bien la escalera.
—La estaba sujetando. Se suicidó.
Entré al vestíbulo.
Ciro estaba de pie sobre una escalera corta, con medio brazo dentro de un hueco del techo. Simón sostenía una linterna y una expresión de inocencia criminal.
Ciro me vio primero.
—Volviste.
—Ese era el plan.
—No con esa cara.
—¿Qué le pasa a mi cara?
Simón me estudió.
—Parece que atropellaste a alguien y todavía estás decidiendo si volver para rematarlo.
—Gracias.
—Intento ayudar.
—No lo hagas.
Ciro bajó de la escalera.
Su camiseta estaba manchada de polvo y tenía una línea oscura de sudor pegada a la clavícula.
Mi cuerpo decidió fijarse en eso.
Traidor.
—¿Qué pasó con Julián?
—Nada que te importe.
—Entonces pasó algo.
—Tú y Simón comparten una enfermedad.
—Curiosidad sana —dijo Simón.
—Falta de instinto de conservación.
Ciro le quitó la linterna.
—Ve a revisar si Mateo dejó la caja de fusibles cerrada.
—Eso suena inventado.
—Lo es.
Simón sonrió.
—Perfecto. Vuelvo en diez minutos cuando ya hayan terminado de fingir que hablan del techo.
Desapareció por el pasillo.
Lo señalé.
—Ese chico no puede seguir diciendo esas cosas.
—Puedes despedirlo.
—No puedo. Me cae bien.
Ciro apoyó la linterna sobre el mostrador.
—¿Julián se fue?
—No.
—¿Vas a decirme algo más?
—No.
Asintió.
—Vale.
Ese “vale” me irritó más que una pregunta.
—¿Eso es todo?
—Me pediste límites.
—No te pedí indiferencia.
—No estoy indiferente.
—Pues haces un esfuerzo excelente.
Su boca se tensó.
—¿Qué quieres que haga, Iria?
—Nada.
—Perfecto.
—Deja de decir perfecto.
—Entonces decide qué palabra no te molesta hoy.
—Ninguna que salga de tu boca.
Ciro soltó el aire por la nariz.
—Ahí sí estamos en terreno conocido.
Quise responder, pero un hilo de agua cayó desde el techo y me golpeó el hombro.
Miré arriba.
—¿Qué demonios...?
Otro chorro cayó.
Ciro reaccionó primero.
—Mierda. La tubería.
—¿La que Simón atravesó?
—Otra. Por suerte.
—Qué alivio.
El agua empezó a caer con más fuerza.
Ciro arrastró un cubo debajo de la fuga.
—Cierra la llave del almacén.
—¿Dónde está?
—Detrás del panel gris.
Corrí.
El panel estaba atascado. Tiré una vez.
Nada.
Otra.
La tapa cedió de golpe y me empapó una descarga de agua helada que venía de una unión rota.
Grité.
Ciro apareció detrás de mí.
—Apártate.
—Estoy intentando...
Me agarró de la cintura por puro reflejo y me movió a un lado.
Se quedó quieto.
Yo también.
Sus manos seguían ahí.
La camiseta se me había pegado al cuerpo. El agua bajaba desde mi cuello hasta el escote y, por la forma en que Ciro dejó de respirar, sabía perfectamente dónde estaba mirando.
—Ciro.
Sus ojos subieron.
—Estoy intentando no ser un imbécil.
—Inténtalo más.
Retiró las manos como si le quemaran.
—Cierra esa válvula.
—¿Cuál?
Se puso detrás de mí sin tocarme.
—La roja.
—No llego.
—Sí llegas.
—Mido uno cincuenta y ocho.
—Eso no es una emergencia médica.
Me estiré.
Mi espalda rozó su pecho.
Ciro se quedó completamente inmóvil.
El calor de su cuerpo atravesó mi camisa mojada.
—No te muevas —dijo.
—Estoy intentando cerrar una válvula.
—No hablaba de eso.
La voz le salió áspera.
Tragué saliva.
Giré la llave.
El agua se detuvo.
El silencio fue peor.
Seguíamos demasiado cerca.
Ciro podía haberse apartado.
Yo también.
Ninguno lo hizo.
—Dijiste que no ibas a tocarme —murmuré.
—No te estoy tocando.
—Estás a dos centímetros.
—Eso no cuenta como contacto.
—Mi espalda opina distinto.
Su respiración me rozó la nuca.
—Entonces aléjate.
No lo hice.
Ciro tampoco.
Mi pulso se disparó.
—Esto está mal.
—Sí.
—Tengo novio.
—Lo sé.
—Y tú dijiste...
—Sé lo que dije.
Su mano se cerró contra la pared junto a mi hombro.
No me tocó.
Peor.
—Entonces haz algo.
—No puedo hacer lo que quiero.
Giré la cabeza.
Quedamos frente a frente, demasiado cerca para fingir que aquello era un accidente de fontanería.
Sus ojos bajaron a mi boca.
—¿Y qué quieres?
Ciro soltó una risa baja, sin humor.
—No me preguntes eso ahora.
—Te lo estoy preguntando.
—Quiero sacarte de esa camisa mojada.
El calor me golpeó tan rápido que olvidé el frío.
Ciro apretó la mandíbula.
—Y por eso voy a alejarme.
Dio un paso atrás.
El aire entre nosotros volvió de golpe.
Lo odié un poco por tener más control que yo.
Simón apareció en la puerta.
Nos miró.
Luego miró mi ropa empapada.
—No voy a preguntar.
—Por una vez, buena decisión —dijo Ciro.
—Solo iba a decir que Mateo llamó. El proyector necesita una pieza nueva.
—¿Cuánto cuesta? —pregunté.
Simón dijo una cifra.
Ciro cerró los ojos.
—Claro que supera quinientos.
—Todo supera quinientos en este edificio.
—Incluido conservar la dignidad, aparentemente.
Lo fulminé.
—Necesito cambiarme.
Ciro se quitó la sobrecamisa que llevaba atada a la cintura y me la tendió.
—Póntela.
—Estoy mojada, no desnuda.
Su mirada bajó una vez más.
—Créeme, ahora mismo esa distinción no está ayudando.
Le quité la camisa.
Simón hizo un ruido con la garganta.
—Yo sigo aquí.
—Desaparece —dijimos los dos.
Salió riéndose.
Me puse la camisa de Ciro encima. Olía a él.
Mala idea.
—No digas nada.
—No he dicho nada.
Mi teléfono sonó.
Julián.
Ciro vio el nombre y se apartó.
Contesté.
—Hola.
—Ya hice la maleta —dijo Julián.
Sentí un hueco frío en el estómago.
—¿Te vas?
—Mañana temprano.
—Podemos hablar esta noche.
Hubo una pausa.
—Sí. Pero necesito que vengas con una respuesta.
Miré a Ciro.
Seguía de espaldas, fingiendo revisar una caja de herramientas.
—¿Qué respuesta?
La voz de Julián llegó clara.
—Quiero saber si todavía soy tu pareja cuando termine esta noche.
La pregunta me dejó mirando mi propia mano cerrada sobre la camisa de Ciro.
—Julián...
—No quiero que me tranquilices. No quiero otro “no ha pasado nada”. Necesito saber si quieres seguir conmigo cuando podrías elegir otra cosa.
Ciro levantó la cabeza al otro lado del vestíbulo.
No podía oír a Julián.
Pero me estaba mirando.
Y por primera vez desde que llegué a Puerto Bruma, entendí que cualquier respuesta iba a costarme algo.
—¿Y si no lo sé todavía?
Julián tardó unos segundos.
—Entonces mañana no vuelves a Madrid conmigo.
