Capítulo 4 Hermosa

No tuve de otra que callarme, porque él sabía perfectamente que necesitaba ese dinero. Pude escucharlo en ese tono de voz cuándo también dijo que las horas extras que esté de noche, también serán pagadas.

Recorrimos parte de la ciudad llegando hasta una tienda de ropa. Todos nos bajamos del auto y seguí a ambos hasta adentro. Dónde de inmediato una mujer nos atendió, vestida con un uniforme negro, el cual llevaba su nombre en la esquina superior de su camisa.

- ¿En qué les puedo ayudar?

El la miró con fastidio y pasó de largo a contestar una llamada poniendo el celular en su oído. Mónica, en cambio, no tardó en reparar en la chica, indicándole lo que necesitaba. Llevándonos a una sección de lencería, dónde sostuvo un par de conjuntos en sus manos tanteando la tela suave entre sus dedos añejados.

- Me gustaría llevarme un par de estos en distintos colores. Unos cuatro colores... Y también, quisiera algo para ella. - me señaló con entusiasmo caminando hacia otras vitrinas, con la chica siguiéndola detrás sin repararme.

¿Ella me había ignorado?

- Señorita Ada. - Eduardo dijo mi nombre cerca de mi cuello. Un calor extraño se apoderó de mis labios y los sentí secos de inmediato.

- Quiero invitarla a cenar con nosotros. ¿Le molesta? - preguntó llegando al frente de mi cuerpo. -comerá lo que desee, y así puede hablar más con Mónica. Para que se sientan en confianza. Ella es una mujer de mucho hablar y seguro le agradara la idea.

Esto era extraño. Pero no podía negar lo mucho que me gustaba ser invitada y tomada en cuenta, y aún más si era por él.

- ¿No sería un abuso de mi parte aceptarlo? - pregunté con una pequeña sonrisa que no tocó mis labios. Mirando fijamente esos ojos azules tan cristales como él mar. Que no tardaron en devolverme la mirada.

- Me ofendería solo si usted rechazara mi propuesta. - respondió acercándose un poco más intimidándome con eso ojos perfectamente alineados con los míos. Viendo como la chaqueta de su traje subía y bajaba con cada respiración.

- Me encantaría ir a cenar con ustedes está noche, entonces. - pronuncié aceptando.

...

La cena transcurrió bastante animada entre charlas triviales de trabajo y comentarios sobre algunos negocios. Aunque a Mónica, la tía de Eduardo; no le parecía tan genial hablar sobre eso durante la comida. Y no dudó en hacer notar su molestia cada que podía refunfuñando como una pequeña niña frente a todos.

Mis mejillas enrojecieron de vergüenza cuando antes de salir de la tienda de ropa, me hizo elegir varios conjuntos de ropa íntima. La segunda vez, traté a toda costa de negar el ofrecimiento, pero ella no paró de obligarme a elegir varios conjuntos. Dijo que era parte de un agradecimiento por la compañía que recibiría de mi parte. No aceptaba un no como respuesta y dijo con énfasis que, negarse podría ser hasta una falta de respeto.

-La comida estuvo deliciosa. Y mucho más acompañada de buena música. - dije.

- ¿Has viajado a New York, Ada?

- No señora Mónica, aun no lo he hecho, pero está en mis planes. Ansió conocer tal ciudad algún día que pueda.

- Si, es una ciudad muy bonita. Y ¿Vives con tus padres?

- No, vivo sola en un departamento un poco cerca de aquí. Ellos residen en un pueblo llamado Toshbill, a cuatro horas de aquí. ¿Por qué? - conteste algo confundida por su interés repentino por saber tal cosa.

- Oh. No. Es solo que yo estoy... curioseando, ya sabes cómo somos las señoras. Nos encanta curiosear. Toshbill es un lugar hermoso, tengo un par de amigos allí. Hace mucho que no los veo.

- ¿Le gustó mucho la comida, Ada? -pregunto Eduardo.

- Si, sobre todo el pan de la hamburguesa, ¿Noto que estaba muy suave? Casi creí que usted no comería algo como hamburguesas o comida chatarra. - confesé arrugando las cejas y los labios. Me dio cierta risa cuando el giro la cabeza hacia un lado confuso por mis palabras.

- Me gustan las hamburguesas. Y muchas cosas más.

- Espero que le haya gustado la comida esta noche. – murmure bajo.

- Me gustó mucho, en realidad. Hace bastante que no disfrutaba una comida tan fácilmente.

- Eso debe ponerlo feliz.

- Lo hace.

- Lo note cuando probo el vino, señor.

- ¿Si? – pregunto casi en un susurro analizándome.

Una pareja de enamorados entró al restaurante, haciendo ruido en la campanilla de la entrada. Llamaron la atención de Mónica, ya que ella se levantó de su silla caminando hacia ellos con total confianza, ignorándonos de inmediato.

- He notado un par de cosas, en estos dos años que tengo siendo su asistente de trabajo - solté.

- ¿Ah, ¿sí?  -respondió mordiendo parte de su mejilla, haciendo un mohín con sus labios. – dame un ejemplo. Rápido.

- La pasta que suele almorzar todos los días desde hace más de dos meses. ¿Qué lo está empujando a hacer tal cosa? - pregunte atrevidamente con miedo de que se quedara callado y no respondiera la pregunta.

Entendería sino lo hiciera. Roza lo personal. Preguntarle sobre su forma de comer ya es más que personal. Su rechazo sería totalmente comprendido.

- Si lo has notado -arrugo el gesto incorporándose bien en la silla. Acomodando las solapas de su traje. - Se trata de una dieta. Para aumentar la masa muscular de mi cuerpo.

- Pero si ya tiene mucha...- pensé en voz alta. Me tape la boca de inmediato con una mano, y el reparo sobre la mueca. – usted se ve sorprendentemente bien, señor.

Ladeo su rostro riéndose. Embelesando el espacio con el sonido ronco que salía de su garganta.

- Si hermosa Ada, tengo mucha y suficiente. Pero tuve algunas cosas que me impidieron alimentarme bien durante unos meses atrás, y ahora estoy pagando esas consecuencias. En realidad, si me hace falta masa muscular para lo que deseo conseguir.

El me llamo hermosa, ¿Escuche bien? Dijo que era hermosa.

Capítulo anterior
Siguiente capítulo