Capítulo 7 Caprichos
—¿Por qué ha dicho eso? —pregunté, esforzándome al máximo por mantener la voz firme y neutral mientras el aire entre los dos se volvía denso, pesado y peligrosamente cargado de electricidad—. No me he quejado en lo absoluto como para que piense por mí, ni mucho menos para que se atreva a asumir algo semejante frente a todos.
—Estoy siendo francamente irritante —soltó él con una calma exasperante, dando un paso lento e imperceptible en mi dirección—, y usted, señorita Ada, se ha encargado de hacérmelo notar bastante bien. Su cara no es precisamente el reflejo de la amabilidad en estos momentos.
Tragué saliva en seco, sintiendo cómo el pulso se me aceleraba en la garganta, pero rehusé por completo agachar la cabeza. Si su intención era jugar a provocarme hasta hacerme perder la compostura, no le iba a dar el gusto de verme caer tan fácil.
—Con todo el respeto que se merece, señor Eduardo... yo solo me limito a hacer mi trabajo —sentencié, remarcando cada una de las sílabas con una cortesía tan helada que rozaba la desfachatez—. No estoy al pendiente de cada gesto involuntario que hace mi rostro, ni tampoco estoy al pendiente de si usted llega o no a resultar ser una persona irritante. Tengo otros intereses bastante más importantes que ocupan mi mente.
Sus cejas oscuras se levantaron ligeramente, visiblemente sorprendido por el atrevimiento de mi respuesta. No estaba acostumbrado a que nadie en esta empresa le hablara con semejante firmeza.
Justo en ese segundo de tensión insoportable, la luz del sol se coló con violencia a través de los ventanales de la oficina, dándome de lleno en los ojos y rompiendo el hechizo que nos mantenía inmóviles. Hice un ademán rápido y rígido de asentimiento y, sin pedirle permiso ni esperar su habitual réplica autoritaria, me di la vuelta.
Él no dijo una sola palabra para detenerme. Me dejó marchar a mi puesto de trabajo en un silencio absoluto y aplastante.
Al sentarme en mi escritorio, tomé una bocanada profunda de aire para calmar el temblor de mis manos y busqué de inmediato la lista de las candidatas para el puesto de asistente que debía entregar sin falta el viernes. Cerré la carpeta digital de un golpe y puse la computadora en modo de descanso, bloqueando la pantalla con un clic definitivo.
Bajé lentamente por las escaleras hasta la planta de recepción y me fui directo hacia la zona de la biblioteca corporativa. Suponía que allí, guardado bajo llave, debía estar todo el registro físico de los contratos con los inversionistas principales, y que de esa manera conseguiría el dichoso contrato firmado de Williams.
¿Qué demonios había de malo con ese hombre? Era una sombra misteriosa. Ni siquiera había alcanzado a verle la cara por aquí en todas las horas que la oficina principal ha estado completamente revuelta y sumida en el caos.
Entré en la estancia y me detuve un instante. La sala estaba sola, sumergida en un silencio sepulcral que contrastaba con el bullicio del resto del edificio. Había varias escaleras de caracol para subir a los otros pisos de la biblioteca, pero decidí que iba a buscar abajo primero para ahorrarme el trabajo de subir y bajar pesadas carpetas.
Dejé mi celular con el sonido activado sobre una de las mesas de madera maciza, junto con algunos documentos variados que llevaba conmigo para revisarlos más tarde con detenimiento.
Me acerqué a la última fila de los altos estantes de madera, justamente donde se encontraban los cofres metálicos con los archivos de los contratos antiguos. Había un bloque de cajones en esta zona, y otro en la parte de arriba subiendo las escaleras de la segunda planta.
Tomé la pequeña llave dorada que se me había otorgado para abrir y manipular los papeles con total seguridad y abrí el primer cajón de metal. Comencé a buscar minuciosamente, primero rastreando por el nombre completo y luego por la fecha exacta en la que supuestamente se había cerrado el trato, pero no encontré nada en lo absoluto.
Sintiéndome agobiada, me tomé un breve descanso para salir a la cafetería de la esquina a comprar una malteada helada. Al volver a la biblioteca, me percaté de que ya no estaba sola; había alguien más dentro del lugar.
Busqué el nombre de Williams y la fecha que se me había proporcionado, la cual marcaba el día en que supuestamente se cerró el trato oficial. Durante todo este tiempo, Eduardo no había dado señales de vida, ni me había enviado textos exigiendo mi presencia. Eso significaba una buena señal; no me necesitaba en estos momentos y podía trabajar sin su sombra rondándome.
Revisé con desesperación los últimos dos archivos que quedaban en la cajonera metálica y maldije por lo bajo cuando comprobé que ninguno de ellos pertenecía a Williams.
De repente, el celular que había dejado sobre la mesa principal comenzó a timbrar ruidosamente. Lo ignoré durante varios segundos mientras terminaba de cerrar todos los cajones con llave, revisando y tirando de las manijas una por una para asegurarme de que quedaran perfectamente cerrados y seguros.
El teléfono siguió timbrando de forma insistente y no tuve más opción que acercarme a la mesa para echarle un ojo a la pantalla y ver de quién se trataba. Y sí, era exactamente lo que yo sospechaba desde un principio. Mónica ya estaba buscándome desesperadamente y apenas era la una de la tarde. Me quedé parada observando la pantalla, esperando tontamente que no timbrara más, pero fue un pensamiento ridículo porque el aparato volvió a sonar casi tres veces seguidas sin darme tregua. Sin más remedio, contesté.
—Ada, querida, por fin me contestas. Estaba a punto de volverme loca pensando que te había pasado algo.
—Es que tengo demasiados pendientes acumulados aquí en la oficina, Mónica, y apenas si acabo de ver la pantalla del celular —contesté tratando de mantener la calma y la paciencia intactas.
Saqué la llave de la cerradura, di la vuelta y subí las escaleras hacia la segunda planta de la biblioteca. Debía encontrar el documento de Williams rápido antes de seguir perdiendo más tiempo valioso del que ya había malgastado.
—Sí, claro, eso mismo me ha dicho Eduardo cuando lo he llamado hace un rato a su oficina. Que estaban excesivamente ocupados y bla, bla, bla —respondió ella con un tono despectivo que me hizo apretar los dientes—. En fin, ¿podemos salir a las cinco en punto? Quiero que me acompañes a pintar en la casa nueva y a elegir los colores. ¿Paso por ti a la empresa? —inquirió presionándome abiertamente. Así lo sentí en sus palabras y de inmediato me dieron unas ganas enormes de pegar la cara contra la mesa más cercana. Esto de ser su acompañante iba a ser una tarea muchísimo más difícil y desgastante de lo que creía.
Pero, al final del día, recordé mi realidad: me iban a pagar una buena suma de dinero solo por estar con ella y aguantar sus caprichos.
