Capítulo 1 CHAMPAGNE, TEQUILA Y MARTINIS
Cuando los neumáticos del avión tocan la pista del aeropuerto de Las Vegas, los gritos y aplausos eufóricos retumban en la cabina. Valeria fuerza una sonrisa que se siente más como un espasmo muscular. Baja la escalerilla del avión sintiendo que el jet lag y el calor sofocante de Nevada la golpean directo en el rostro en cuanto pone un pie fuera del avión. Un par de semanas en Las Vegas con el escuadrón de damas de honor debería sonar como la receta perfecta para el desahogo de todo lo que siente atorado en su garganta.
Sin embargo su plan para el fin de semana en Las Vegas consistía en algo ridículamente simple: tomar un par de cócteles, mantener a flote la logística del grupo y regresar a salvo a su rutina. Nada más. Sin dramas, sin decisiones impulsivas y, sobre todo, sin complicaciones emocionales.
Valeria Rossi aprieta la correa de su bolso con fuerza, arrastrando su equipaje de mano mientras el vestíbulo del aeropuerto de Las Vegas retumba con el sonido constante de las máquinas tragamonedas. A su alrededor, el resto de las damas de honor ahogan la terminal en una marea de chillidos de emoción, velos de novia rosas con orejas y copas de champán que de alguna manera lograron colar desde el vuelo. Ni siquiera está segura de cómo ha sucedido.
Para su grupo de amigas, esto es la cúspide del año: la despedida de soltera definitiva de Allison antes de su boda de ensueño en Hawái. Para Valeria, sin embargo, Las Vegas no se sentía tan maravillosa como lo era para ellas, aunque trataba de estar alegre, o al menos fingirlo lo mejor que pudiera para no arruinar los planes con su pésimo humor.
Mientras las demás celebran a gritos euforicos sin verguenza alguna por haber pisado la capital del pecado, Valeria ajusta sus gafas de sol intencionalmente oscuras para ocultar la mirada apagada y las terribles ojeras que han aparecido por llorar demasiado, sus ojos siguen algo hinchados y adoloridos, y no se habia molestado en intentar camuflarlo con maquillaje. Todavía puede sentir el peso fantasma del anillo de compromiso que solía llevar en el dedo anular; el mismo que le devolvió a su ahora exprometido hace apenas tres semanas, cuando descubrió que tenía una afición desmedida por mentirle en la cara. Debería estar organizando su propia boda, a pesar de ni siquiera haber tenido alguna fecha en primer lugar, no arrastrando su corazón roto a través de la ciudad más caótica del planeta para sonreír por compromiso.
Sus sentimientos son amargos pero Allison no tiene la culpa. Se sigue repitiendo esa frase una y otra vez. No quiere ser aguafiestas, mucho menos para su mejor amiga.
—¡Llegamos, perras! —grita Allison, tomándola del brazo para obligarla a saltar en grupo.
Valeria fuerza una sonrisa torpe. Acepta la primera copa de tequila que le ponen en la mano apenas pisan el vestíbulo del hotel. Luego la segunda. Luego pierde la cuenta y todo comienza a volverse un recuerdo borroso demasiado rapido.
El tiempo se fractura en una secuencia difusa de luces parpadeantes y grabaciones cortadas.
De pronto, se encuentra en el bar del casino. Es una masa densa de música que apenas se alcanza a escuchar por encima del escandaloso choque de las fichas, el tintineo incesante de las máquinas tragamonedas y los gritos eufóricos de victoria de la gente apostando en las mesas de ruleta. ¿Cuándo llegó allí? No lo sabe, o mejor dicho, no lo recuerda y, en este preciso instante, no le importa en lo absoluto.
Valeria ya no está apagada ni sostiene sus gafas con timidez. De hecho, está parada en el centro exacto de la atención, tambaleándose peligrosamente sobre el borde de una mesa alta de madera barnizada.
Tiene la copa de martini inclinada en un ángulo imposible y las mejillas encendidas por un nivel de alcohol que roza lo peligrosamente legendario. O al menos esa era la palabra del día según su horóscopo.
—¡Escúchenme todas! —brama Valeria a todo pulmón, alzando la voz por encima del bajo retumbante de la pista de baile mientras señala al grupo con el pie de su copa—. ¡Se acabó el luto! ¡Basta de deprimirse por hombres que no valen la pena! ¡Nos vamos ya mismo al club de strippers a ver hombres altos, guapos y sudorosos bailando sin camiseta! ¡Es una orden ejecutiva de la dama de honor!
Las chicas estallan en una ovación eufórica, vitoreando la proclama mientras golpean sus vasos contra la mesa. Valeria alza los brazos como una triunfante capitana al mando, riéndose sin un solo filtro en su cerebro anestesiado.
Visión borrosa.
El sonido de los vítores se apaga bruscamente. Las luces se distorsionan en líneas de colores que se derriten en la oscuridad. El suelo bajo sus pies parece desaparecer y la neblina mental lo devora absolutamente todo, dejando solo un vacío negro y pesado.
Lo siguiente que sabe es que se encuentra tendida en una cama monumental, envuelta en sábanas de seda que se sienten exageradamente suaves contra la piel. O lo estarían, si no fuera porque Valeria descubre, con una ola súbita de pánico helado, que está completamente desnuda.
La habitación a su alrededor parece demasiado espaciosa, demasiado elegante y ridículamente lujosa para el modesto presupuesto que las chicas habían planeado para el viaje. Los techos altos con molduras doradas y los grandes ventanales sugieren que está en una suite de categoría imperial exagerando la situación, no en la habitación estándar de dos camas que reservaron.
Su cabeza retumba con una violencia brutal ante el menor movimiento, y sospecha seriamente que el simple acto de respirar solo empeora el dolor cada vez más, como si eso fuera físicamente posible. Se queda inmóvil durante unos segundos, tratando de no parpadear demasiado fuerte para no detonar otra ola de migraña.
Es entonces cuando nota algo extraño entre sus dedos. Siente la textura suave de un pedazo de tela enredado en su mano derecha. Con una mezcla de curiosidad y confusión, la toma con ambas manos y la extiende frente a sus ojos para hacer una inspección minuciosa.
Es una prenda diminuta con un estrambótico estampado de leopardo.
Valeria parpadea una, dos veces, y hasta tres, tratando de procesar la imagen en medio de su neblina mental. Definitivamente, eso no es suyo. Es simplemente imposible que le pertenezca. ¿Cómo lo sabe con tanta certeza? Porque, indiscutiblemente, es una tanga.
Una tanga de hombre.
