Capítulo 2 TANGA DE LEOPARDO

Aún helada por la visión de la tanga de leopardo suspendida en sus manos, Valeria estira los brazos para alejarla de su cara. ¡Ni siquiera sabe a quién pertenece!

Al hacer ese movimiento, un destello cegador atrapa la luz del sol y le da de lleno en los ojos. Pestañea confusa. Algo pesa bruscamente en su mano izquierda. ¿Qué es eso? No recuerda haberse puesto ninguna joya parecida, principalmente porque no la tendría. No con su sueldo tan bajo como maestra.

Gira la muñeca lentamente y voltea la mano hacia sí misma para mirar con atención. Lo que brilla con descaro en su dedo anular es… un anillo. Pero no es el modesto y delicado anillo de compromiso que solía llevar con su exprometido, el mismo que le devolvió en una caja tras descubrir su engaño. No, definitivamente no.

Este era un hermoso, y gigante, anillo de boda. Y así Valeria siente que va a vomitar.

El estómago se le contrae violentamente en una náusea helada. La combinación entre la resaca estratosférica, el impacto del diamante y la terrorífica certeza de lo que significa ese metal rodeando su piel crea una tormenta en sus entrañas.

¿Y lo peor de todo? Que no recuerda absolutamente nada. ¡Nada!

Ni una sola escena, ni un nombre, ni una ceremonia improvisada ante un imitador barato como forma de broma. Su mente es un lienzo completamente en blanco pintado de vergüenza y pánico puro. Se lleva la mano libre a la boca de inmediato, sintiendo que en cualquier segundo va a devolver hasta el alma justo ahí, sobre las sábanas de seda de la suit.

Está bien, quizás esté exagerando demasiado por culpa del alcohol resentido en su sistema y la luz matutina que le perfora las pupilas, pero ese anillo, en definitiva, es un anillo de alianza matrimonial. O al menos, la versión más ostentosa y descarada de uno.

Valeria intenta soltar la tanga de leopardo como si fuera un pedazo de carbón encendido, pero la tela se queda ridículamente enredada entre sus dedos en el intento. Desesperada, se lleva la otra mano a la boca y se levanta de la cama a toda prisa, dispuesta a correr hacia el baño sin importarle un comino su desnudez ni el mareo catastrófico que amenaza con derribarla.

Pero justo cuando da el primer paso con las piernas temblorosas, el centro de gravedad del mundo se mueve y siente que está a un milímetro de estrellarse de cara contra el suelo. De alguna forma milagrosa logra mantener el equilibrio, apoyándose en la pared, y corre hacia el baño abriendo la puerta de par en par. En su estado de supervivencia pura, ni siquiera le presta atención al sonido del agua cayendo ni al hecho de que la ducha está encendida. Se lanza directo hacia el inodoro en el preciso instante en que su estómago declara el estado de emergencia, cayendo de rodillas sobre los azulejos fríos sin poder aguantar un segundo más.

Casi de inmediato, la puerta de vidrio de la ducha se abre de golpe, liberando una nube densa de vapor con aroma a eucalipto y jabón de lujo. El estruendo la hace sacar la cabeza del inodoro por puro instinto de conservación, sólo para presenciar lo que está sucediendo a medio metro de ella.

A través de la niebla cálida, se dibuja la silueta imponente de alguien cruzando el umbral. Lo primero que los ojos de Valeria logran procesar es un volumen absurdo de musculatura: hombros anchos, una caja torácica esculpida y líneas abdominales tan marcadas que parecen desafiar la anatomía humana básica. Conforme el vapor se disuelve en el aire acondicionado de la habitación, la imagen se vuelve nítida y le roba el último residuo de oxígeno en los pulmones.

Las gotas de agua resbalan pausadamente por su torso, trazando un recorrido lento sobre la piel canela hasta perderse en su cadera. Es un espectáculo visual tan escandaloso que Valeria se descubre a sí misma contemplándolo con un descaro desmedido, olvidando por completo cualquier protocolo de decoro social... y el hecho de que sigue sosteniendo la tanga de leopardo con una mano mientras abraza la porcelana con la otra.

Valeria tiene un asiento en primera fila en el área VIP para presenciarlo todo, convenientemente ubicada en el suelo y con un ángulo de visión descaradamente privilegiado.

El silencio del baño se vuelve denso mientras se miran durante una fracción de segundo que se siente interminable. Los ojos de él, de un gris tormenta intenso y helado, la fijan en el sitio con una calma desconcertante. Hay algo indescifrable en su expresión, una intensidad serena que quema a través del espacio y hace que a Valeria se le erice la piel de los brazos por una mezcla peligrosa de alerta y una anticipación traicionera. Él sostiene la mirada con la seguridad absoluta de quien conoce perfectamente las reglas de un juego en el que ella ni siquiera sabe que está inscrita.

¿Sigue soñando? La teoría parece lógicamente viable. Quizá esto es una alucinación compleja, el subproducto neurótico de quedarse dormida viendo maratones de comedias románticas antiguas en su departamento. Ese cuerpo parece diseñado por un proceso especializado en materializar fantasías femeninas impúdicas. En cualquier segundo, el sujeto debería subirse a un caballo blanco y llevársela al horizonte mientras suenan créditos de película.

Sin embargo, su única opción viable de porque estaría pasando todo esto se cae a pedazos al instante. Sus fantasías no incluyen habitaciones desconocidas de cinco estrellas ni la sensación de que un martillo neumático le está demoliendo el lóbulo frontal. La resaca es brutal, física e innegablemente real, y la arcada que vuelve de forma precipitada por su garganta también lo es.

Lo que significa que el hombre frente a ella también lo es. Real, ridículamente atractivo y profundamente alarmante.

—¿Ya te has despertado? ¿Te sientes mal?  Puedes dormir un poco más —dice él.

La voz le sale profunda, grave y arrastrada por un acento italiano que hace retumbar las paredes del baño y vibrar el centro mismo de la caja torácica de Valeria.

El sonido la sobresalta como una descarga eléctrica. Su cerebro, sobrecargado por el alcohol y el pánico, colapsa tratando de procesar el escenario: un desconocido esculpido por los dioses se acerca hacia ella con total normalidad, completamente cómodo en su propia desnudez, mientras ella sigue hecha un ovillo en el suelo, abrazada a la porcelana del baño y sosteniendo la prenda de leopardo con la punta de los dedos.

Por un momento Valeria cree escuchar preocupación en su voz, pero quizás solo es su cerebro aún confundido imaginando cosas.

No tiene la menor idea de quién es. Pero la certeza de que está atrapada en la misma habitación que él empieza a sentirse como el mayor peligro de toda su vida.

Valeria se queda clavada al suelo, dividida violentamente entre la urgencia vital de salir corriendo, seguir devolviendo el estómago, y el bochorno colosal de estar repasando detenidamente cada centímetro de la increible figura del hombre frente a ella.

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