Capítulo 3 TODO BAJO CONTROL
Sin el menor atisbo de pudor o vergüenza por estar como Dios lo trajo al mundo, el gigante sigue inmovil con absoluta serenidad como si fuera la mañana más cotidiana del mundo y no fuera extraño que ella esté abrazando un inodoro… y completamente desnuda.
El pánico se le dispara en el pecho, ganándole la batalla al malestar estomacal por pura adrenalina.
—¡No te muevas! —exige Valeria, tapándose los ojos torpemente con una mano mientras la otra manotea el suelo del baño a ciegas buscando un arma, terminando por empuñar lo que tenia mas al alcance para supuestamente defenderse, y sin abrir los ojos sabe lo qué es, la tanga de leopardo, pero aún intenta contener una postura amenazante mientras espía un poco entre sus dedos, pero solo para asegurarse que el hombre no realice ningún movimiento sospechoso, o al menos eso quiere hacerse creer—. ¡Ni un paso más con esa anatomía al aire! ¿Quién eres tú? ¿Por qué estás en esta habitación? ¡Y sobre todo, ponte una toalla antes de que mi cerebro sufra un cortocircuito irreversible!
Aunque está segura que ya es irreversible.
El sujeto ni siquiera se inmuta ante la patética amenaza de la tanga amenazadora. Con una calma que raya en lo exasperante, comienza a tomar una toalla para taparse aunque en el proceso tenga que acercarse demasiado y pasar frente a ella con una elegancia natural.
Se gira para mirarla de frente y ahí es cuando Valeria nota que lo seguía con la mirada con la manera más descarada y ya ni siquiera podía intentar ocultarlo, sus dedos ya no tapaban casi nada de sus ojos.
Su voz rasposa, profunda y con un marcado acento italiano que hace vibrar el aire, resuena entre las paredes del baño.
—Soy Matteo. Tu esposo.
Una risa histérica se le escapa a Valeria de la garganta antes de que pueda frenarla. ¿Esposo? ¿Este ropero de tres metros con cara de peligro público? La sola idea de haberse casado con un completo desconocido es tan ridícula y absurda que no puede evitar reírse como una loca mientras niega con la cabeza.
—¿Esposo? —repite entre carcajadas nerviosas que suenan más a un pato asfixiándose, ignorando el hecho de que el hombre desconocido que ahora sabe que se llama Matteo ha dicho las palabras con demasiada seriedad—. Por favor, esto es una broma de mal gusto o una venganza cruel de Allison. Yo no me he casado con nadie; ¡si mi vida amorosa es tan desastrosa que ni los estafadores de internet me piden matrimonio!
Se pasa la mano bruscamente por el cabello para intentar frenar el ataque de nervios y despejar el enredo de su peinado. Pero a mitad de camino, sus dedos tropiezan y se enganchan con algo duro y pesado.
Saca la mano del enredo de pelo y se la queda mirando. Ahí está, de nuevo. En su dedo anular izquierdo brilla ese anillo descomunal, escandaloso y pesado. La risa se le congela en el acto, el aire se le atora en el pecho y el corazón le da un vuelco tan violento que por un segundo olvida cómo respirar.
—No, no, no... ¡Esto no puede ser cierto! —balbucea Valeria con la voz temblorosa, mirando la joya con pánico puro—. ¡No, no, no! ¡Esto es completamente imposible! ¡Es un error en la matrix!
Matteo ladea un poco la cabeza mientras se le queda observando como si Valeria estuviera demente. Sus cejas pobladas se juntan apenas un milímetro, luciéndo genuinamente confundido por el colapso nervioso de su acompañante, o mejor dicho, de su esposa.
—No, no, no, no... ¡No puede ser posible! —sigue repitiendo ella como un disco rayado, al borde de la hiperventilación.
Sin decir una sola palabra y sin alterar esa expresión de estatua de mármol en su rostro, Matteo simplemente se coloca de cuclillas y lleva su mano izquierda a la altura del rostro de Valeria. Con la palma abierta, le muestra su propio dedo anular.
Ahí, descansando en su mano gigante, brilla una alianza de matrimonio de oro blanco, gruesa y pesada,y para completar el horror de Valeria es perfectamente a juego con la que ella tiene ne su propia mano.
Se lo enseña con una calma desarmante, como si mostrarle su anillo fuera el remedio definitivo para calmar el ataque de pánico. Como si pensara: «Mira, esposa histérica, yo también llevo el mío. Todo está bajo control».
—Ves —dice Matteo con su voz grave y rasposa, con la misma paciencia con la que se le explica una regla básica a un niño—. Estamos casados. Legalmente.
No hay ni un rastro de burla en su rostro. De hecho, tiene la pinta exacta de un hombre que jamás ha hecho una sola broma en toda su existencia.
Lo que el cerebro de Valeria, anestesiado por los efectos del alcohol, ignora por completo en este segundo es que acaba de casarse con la peor opción posible en todo el hemisferio occidental.
Matteo no esperaba que la noche descarrilara a esa velocidad absurda.
Para él, el turno había comenzado como cualquier otra velada dentro del casino. Sabía que la jornada venía movida por la cantidad de turistas que abarrotaban las mesas de ruleta, pero nadie en su sano juicio solía llevar la fiesta hasta el extremo de obligarlo a intervenir en persona. La gente en Las Vegas consumía alcohol y gastaba dinero, sí, pero procuraba mantener la celebración dentro de ciertos límites para no llamar la atención de la seguridad del casino más famoso de la ciudad. Y mucho menos si sabían quién estaba a cargo de ese equipo.
Toda su vida, Matteo había sido un sujeto intimidante. Lo sabía perfectamente y se había acostumbrado a ello desde muy joven. Su sola presencia —su estatura, la anchura de sus hombros y esa mirada helada que parecía calcular la forma más rápida de neutralizar a cualquiera en tres segundos— solía despejar pasillos enteros. Los clientes problemáticos se sobriaban de golpe al verlo llegar y los apostadores agresivos bajaban la voz antes de que tuviera que articular una sola palabra. La intimidación era su herramienta de trabajo más eficiente.
Por eso, cuando vio a esa chica de cabello despeinado encaramada sobre una mesa alta del bar del casino, gritando órdenes sobre strippers a un grupo de damas de honor histéricas, asumió que bastaría con acercarse para que el pánico la hiciera bajar.
No contó con que la chica no solo ignoraría por completo su halo de peligro, sino que lo miraría directo a los ojos, con las mejillas encendidas por el alcohol y una mirada llena de un dolor furioso y reciente, para exigirle que se casara con ella en la primera capilla abierta de la franja.
Ahora, mirando a su flamante esposa acurrucada contra la porcelana del inodoro, temblando y sosteniendo una tanga de leopardo como si fuera una granada a punto de explotar, Matteo se enfrenta al único desastre de su vida que no puede resolver a puñetazos ni con la fuerza bruta. Está legalmente casado con una mujer completamente aterrorizada a la que no puede perder de vista y de la cual, por la maraña mafiosa que lo rodea, no tiene permitido divorciarse.
