Capítulo 4 EL ANHELO DE UN HOGAR
El vapor de eucalipto todavía flota en el aire, condensándose en pequeñas gotas sobre los azulejos helados donde Valeria sigue acurrucada temblando de frío y de puro espanto, intentando torpemente cubrirse el pecho y el regazo con las manos y los antebrazos cuando entra un poco en razón sobre su cuerpo desnudo frente a un completo desconocido.
Al mirar de frente la cara de este hombre, la luz blanca del espejo revela una mandíbula afilada como un cuchillo y unos ojos de un gris tormenta tan oscuros que no pestañean, y una serie de tatuajes que le rodean los brazos hasta llegarles al cuello.
Para Matteo D’Angelo, la dinámica del contacto humano siempre se había reducido a variables bastante simples: fuerza bruta, jerarquía y un cálculo muy preciso sobre la forma más rápida de someter a un alborotador antes de que arruinara la noche en el casino. Las relaciones personales, en cambio, eran un terreno traicionero y sin mapa donde ni siquiera los hombres de honor sabían cómo moverse.
Esa misma tarde, el Capo del casino —un hombre apenas un par de años mayor que él, a quien Matteo le debía la vida, la libertad y a quien consideraba tanto su líder como el hermano mayor que nunca tuvo— le había dado una orden que no figuraba en ningún reglamento de la Cosa Nostra.
—Ya es hora, ragazzo —le había dicho el jefe, dando un sorbo a su espresso mientras observaba desde el ventanal de la oficina privada cómo su propia esposa le arreglaba la solapa con un gesto lleno de ternura—. No podemos seguir así. Tus hombres te obedecen por puro miedo y sigues durmiendo en la suite del casino como si estuvieras en un cuartel. Necesitas una mujer. Una esposa. Alguien por quien valga la pena salir de las mesas de juego e irte a vivir a una casa de verdad, como las familias del complejo.
Matteo no lo había admitido en voz alta, pero la advertencia del jefe le había calado hondo. Cada vez que lo veía sonreír de esa manera tan pacífica al lado de su mujer, una punzada sorda de envidia le recorría el pecho. Él también quería eso. Anhelaba la lealtad de un hogar, la calidez de una familia y dar el paso para dejar el piso exclusivo del casino —donde compartía pasillo con el resto de los escoltas y matones solteros de la organización— para instalarse en el residencial privado de la familia.
El problema era que Matteo no sabía ser otra cosa que un muro de contención.
Con casi dos metros de estatura, unos hombros imponentes que infundían respeto en las mesas de apuestas y un rostro tallado con la seriedad de un guardia de seguridad en alerta, Matteo provocaba pánico por el simple hecho de respirar. Aunque jamás en su vida le levantaría la mano a una mujer —un mandamiento sagrado que su abuela le había grabado en la memoria allá en Sicilia—, pero todas las mujeres solían mirarlo como si fuera un matón a punto de cobrar una deuda. Las pocas que se le acercaban lo hacían por el dinero o por la peligrosa adrenalina del casino, huyendo a la primera oportunidad en cuanto su mirada fría las hacía sentir acorraladas.
Habiéndole prometido a su jefe que buscaría una esposa, el gran dilema era: ¿con quién?
Y entonces la vio.
Estaba al fondo del bar del casino, sentada sobre un taburete alto, vistiendo un vestido demasiado lindo para la luz artificial del lugar y sosteniendo un cóctel rosado con ambas manos. Era una mujer menuda, de aspecto dulce, con una figura bajita y una carita tan expresiva que Matteo podía adivinar sus emociones a diez metros de distancia. Tenía toda la apariencia de una maestra de jardín de niños que se había equivocado de calle y había terminado atrapada en medio del vicio de Las Vegas.
Matteo no pudo quitarle los ojos de encima. Verla allí, tan desamparada entre las luces de neón y las mesas de juego, le despertó un instinto de protección inmediato. Cuando ella levantó el mentón, se tomó el resto de su bebida de un solo trago y caminó con determinación directa hacia la barra donde él estaba parado, Matteo sintió que la fortuna le jugaba la mejor carta de su vida. El destino acababa de apostar a su favor.
La había visto tambalearse ligeramente, subir de un salto a una de los sillones donde estaban un grupo de mujeres y de un segundo a otro ya estaba sobre su mesa, con toda la intención de alborotar al grupo que parecían acompañarla. Todas llevaban diminutos velos en la cabeza decorados con orejitas brillosas, el uniforme inconfundible de las despedidas de soltera. En el casino había presenciado cientos de esos grupos ruidosos, pero ver a esa pequeña y linda subida en la silla, agitando los brazos y tratando de llamar la atención de sus amigas con la voz medio quebrada por el alcohol y el despecho, encendió las alarmas de Matteo.
Ante el riesgo de que perdiera el equilibrio, cayera de la mesa y se lastimara —o provocara un alboroto que obligara a sus muchachos a intervenir—, Matteo cortó distancia a pasos agigantados para frenar el desastre. Pero al acercarse y quedar a pocos centímetros de ella, esperando la habitual reacción de terror o el retroceso instintivo que su sola presencia y su mirada sombría provocaban en la gente, ella ni siquiera pestañeó. No hubo rastro de intimidación en su rostro; al contrario, lo sostuvo con una firmeza volcánica.
Se plantó frente a su pecho, lo miró directo a los ojos e ignoró por completo el aire peligroso que solía espantar a cualquiera.
—Tú. Vas a casarte conmigo. Ahora mismo.
Matteo ni siquiera pestañeó. En su cabeza, la oportunidad era perfecta: la mujer más hermosa que había visto le estaba proponiendo un trato directo, armada con un valor alcohólico que se le pasaría con el amanecer. Si no aceptaba en ese instante, la dulce chica se iría por la mañana y él volvería al piso de los solteros en el casino a recibir regaños de su jefe. No habría otra oportunidad como esa.
—De acuerdo —respondió Matteo con la gravedad de quien sella un pacto de sangre—. Vamos.
