Capítulo 5 SUPERVIVENCIA MATRIMONIAL

Matteo continuaba en cuclillas sobre el azulejo frío del baño, reduciendo sus casi dos metros de estatura para quedar justo al nivel de Valeria. Ella permanecía sentada en el suelo, con la espalda apoyada contra el lateral del inodoro, cubriéndose el pecho únicamente con los brazos y las manos en un intento desesperado por mantener algo de modestia.

Con una torpeza entrañable que contrastaba con la fuerza bruta de sus manos, Matteo levantó su propia mano izquierda y se la mostró al revés, dejando ver con orgullo la sobria banda de platino que brillaba en su dedo anular. En la mente de Matteo, este gesto era la prueba máxima de calma y seguridad: una demostración gráfica de que eran un equipo y de que su primer día como pareja casada comenzaba bajo el amparo de un compromiso indestructible. Él no tenía la menor idea de la tormenta de pánico, teorías conspirativas y resaca monumental que estaba devastando la cabeza de Valeria. Para él, ella simplemente estaba algo abrumada y nerviosa por la novedad de la vida conyugal.

Valeria, por su parte, miraba la banda de platino en la mano del mafioso y luego el deslumbrante diamante en la suya, abrazándose a sí misma con más fuerza. A pesar de la resaca, no pudo evitar repasar la impresionante anatomía del hombre parado a centímetros de ella: la gota de agua que resbalaba por su pecho marcado, los tatuajes oscuros y la simple toalla blanca anudada a su cadera que hacía marcar cierta parte de su cuerpo masculino, y que además estab asegura que él no notaba, solo ella lo hacía. Esperaba cualquier amenaza, pero él solo la miraba con una extraña mirada de confusión.

En medio de esa escena tan tensa como disparatada, el eco metálico de un tono de teléfono resonó desde la habitación principal.

Matteo alzó las cejas, se puso de pie con parsimonia —llenando por completo el espacio del baño— y dio un paso atrás.

—Vuelvo en un segundo —murmuró con su voz grave, dándole la espalda para salir a buscar el teléfono.

Valeria se le quedó mirando, parpadeando en absoluto desconcierto. Se quedó sola en el suelo del baño, tiritando ligeramente y con los brazos apretados contra el pecho, completamente confundida. ¿Se va? ¿Así sin más? En su mente, estar atrapada con un hombre peligroso significaba coerción e intimidación inmediata, pero este gigante acababa de darle la espalda con total tranquilidad para atender su teléfono, como si lo más natural del mundo fuera dejar a su "rehén" a solas en el baño. No parecía querer hacerle el menor daño, y eso la descolocaba todavía más.

Fuera, en la habitación, Matteo encontró su celular sobre la mesa de noche. Echó un vistazo a la pantalla:

De: Santino

Todavía me retumba la cabeza por el tequila de anoche, D’Angelo, pero ¡qué gran boda! Ver a mi hermano dar el «sí» es lo mejor que ha pasado en este casino.

Escúchame bien: ser un buen esposo requiere disciplina desde el minuto uno. No dejes que se levante a hacer nada hoy. Sorpréndela, asegúrate de que coma bien y muéstrale que a tu lado no le va a faltar nada. Una esposa bien cuidada no piensa en anular nada. No arruines tu primer día.

A Matteo se le tensó la mandíbula y una leve sombra de rubor le subió por el cuello. Santino no solo era el Capo y la máxima autoridad del imperio; era la persona a la que le debía la vida y a quien respetaba como a un hermano mayor. La sola idea de que Valeria sospechara que él no tenía la más mínima noción de cómo tratar a una esposa lo aterrorizaba. Jamás podía enterarse de que su propio jefe le estaba enviando una guía rápida de supervivencia matrimonial por mensaje.

Con un movimiento rápido, regresó al marco de la puerta del baño, manteniendo los brazos cruzados sobre su pecho descubierto.

Valeria lo vio reaparecer, parado bajo el marco y tragó saliva. Su cerebro, acostumbrado a resolver crisis escolares, en su trabajo de maestra, reaccionó con la única prioridad práctica que le quedaba: su propio teléfono.

—Mi celular... —murmuró Valeria con la voz rasposa desde el suelo—. ¿Dónde está mi teléfono?

Matteo no pestañeó. Aplicando ciegamente la instrucción de Santino de mantenerla cuidada y en absoluto reposo, la miró con absoluta gravedad.

—Tu teléfono está a salvo, mia cara —dijo con esa voz grave que retumbaba en los azulejos—. En este momento no necesitas un teléfono. Tu cuerpo necesita agua, alimento y descanso.

Valeria parpadeó, incrédula. ¿"Mia cara", que es eso? ¿"Agua y descanso"? Tiene que estar bromeando. Pero rápidamente recuerda que no parece ser de esos.

Antes de que pudiera protestar, el teléfono sobre la mesa de noche volvió a vibrar dos veces seguidas. Los escoltas que habían actuado como testigos en la capilla ya estaban haciendo de las suyas en el chat grupal con Santino:

Luca: Cómprale flores. A las mujeres les gustan las plantas.

Marco: Llévale el desayuno a la cama. Si intenta levantarse, ordénale que descanse. La firmeza enamora.

Matteo ignoró el ruido a sus espaldas y mantuvo la vista fija en Valeria con una devoción seria, torpe y protectora. En su código de honor, jamás le echaría en cara que había sido ella quien, subida a una silla y cargada de cócteles, le había rogado que se casaran. Un hombre de verdad cuidaba la dignidad de su esposa. Si ella prefería estar nerviosa o actuar como si no entendiera nada, él simplemente asumiría su rol de marido perfecto.

—Necesito mi teléfono —insistió Valeria, apretando más los brazos sobre su pecho y mirándolo desde abajo con los ojos muy abiertos—. Tengo que llamar a mis amigas.

—Más tarde —asintió Matteo con total solemnidad, girándose para tomar una bata de baño de seda blanca colgada en el perchero y extendiéndosela con cuidado—. Primero, el desayuno. No vas a hacer llamadas con el estómago vacío.

Valeria tomó la bata rápidamente para cubrirse, congelada en el piso del baño, preguntándose cómo demonios iba a tramar un plan de fuga contra un mafioso en toalla que se negaba a devolverle el celular porque estaba genuinamente preocupado por sus niveles de azúcar.

Una vez envuelta en la holgada bata de baño —de esa felpa gruesa y suave tipo toalla que los hoteles de lujo reservan para sus mejores suites—, Valeria dio apenas un par de pasos fuera del baño. Como la puerta daba directamente frente a la enorme cama king size de la habitación principal, lo primero que vio fue a Matteo estando allí mismo.

El gigante continuaba parado al pie de la cama, sujetando el teléfono móvil entre sus enormes manos. Tenía el ceño profundamente fruncido y los ojos clavados en la pantalla, con esa rigidez de quien descifra una orden de altísima prioridad.

¿Qué tanto mira este hombre?, pensó Valeria, ajustándose el cinturón de felpa con firmeza mientras su mente no paraba de tejer teorías. Seguro le está mandando las coordenadas de mi secuestro a su banda.

No puedo dejar que eso pase.

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