Capítulo 6 ENTRE STRIPPERS

Sin embargo, entre el pánico, el dolor de cabeza y el desfile de sorpresas matutinas, había un objeto en particular que seguía quemándole la mano y que sus manos se negaban a soltar hasta tener una explicación. El diminuto trozo de tela con estampado animal print.

Armándose con toda la indignación dramática que pudo reunir su figura de metro cincuenta y cinco, dio un paso firme hacia él, alzó el brazo y agitó la prenda en el aire como si fuera una prueba delictiva de lo que fuera que estaba sucediendo.

—¡A ver, exijo una explicación para esto! —exclamó con las manos en la cintura y la voz aguda por el bochorno, estaba nerviosa pero no quería demostrarlo frente al desconocido—. ¿Qué hace esto aquí? ¡¿De quién es esta cosa tan horrible y qué clase de cochinada hicieron conmigo anoche en esta suite?! ¡Dime antes de que llame a la policía!

Matteo desvió lentamente la mirada de la pantalla hacia la tanga de leopardo que Valeria agitaba enfrente. En ese instante, el implacable hombre ante el cual temblaban los matones de la ciudad, sintió cómo una ola de calor abrasador le subía desde el cuello hasta las orejas.

Lo que Valeria no sospechaba —ni en sus fantasías más salvajes— era que la tanga sí era de Matteo.

La prenda había comenzado como un regalo de broma de sus compañeros de la mafia por su cumpleaños, provocando las carcajadas estruendosas de toda la "familia" en la mesa del bar. En su momento, Matteo guardó la prenda al fondo de su cajón mientras juraba solemnemente sobre su honor que jamás se pondría semejante atrocidad. Sin embargo, el destino le jugó una mala pasada: la tarde anterior había perdido una apuesta verdaderamente absurda jugando al poker en el casino contra sus propios subordinados de la escolta, y el cruel castigo pactado era llevar la tanga puesta durante todo el turno. Aunque nadie la viera debajo de sus pantalones a medida, el único propósito de sus hombres era saber que lo tenían completamente humillado.

Jamás se imaginó que esa misma noche terminaría conociendo a la mujer de sus sueños, y mucho menos estrenando el leopardo con ella en una suite de lujo.

Pero para la absoluta sorpresa de Matteo, a la Valeria ebria de la noche anterior no solo no le pareció ridícula la prenda, sino que le encantó cómo contrastaba el estampado salvaje con su imponente y musculoso cuerpo. De hecho, entre risas, fascinación alcohólica y piropos descarados, estaba tan encantada con el espectáculo visual que se la quitó ella misma y no quiso esperar ni un solo segundo para consumar el matrimonio esa misma noche.

Admitir que la prenda era suya —y revelar semejante nivel de humillación— significaba la destrucción absoluta de su reputación de hombre rudo y serio. Y viendo que la Valeria sobria de la mañana no recordaba ni un solo detalle de ese bochornoso momento, el orgullo de Matteo activó una reacción defensiva en su cerebro.

Mantuvo la cara completamente inexpresiva, aunque el ardor en sus mejillas lo delataba sutilmente, y la miró con la solemnidad de quien reporta un hecho policial en medio de un delito sangriento.

—Esa prenda no es mía —declaró Matteo con voz profunda y firme, no había rastro de duda en su voz—. Se la arrancaste tú misma a un stripper.

Valeria se quedó petrificada. El silencio en la suite se volvió ensordecedor. Ella en realidad no esperaba que la prenda fuera de Matteo, era imposible por como se veía que él tuviera esos gustos, pero tampoco esperaba esa respuesta.

Valeria no recordaba casi nada del día anterior, la resaca de los martinis que algún momento bebió como si fuera agua en medio del desierto le mantenía la cabeza en una neblina total, pero definitivamente recordaba haber gritado algo entre risas sobre un stripper en algún momento de la madrugada. Ese destello borroso en su memoria hizo que se tragara la mentira de inmediato; ¡oh no, en definitiva juraba que sí lo había hecho!

—Así es —asintió Matteo sin pestañear, convencido de que su mentira piadosa había salvado su honor notando que Valeria no respondía—. Subiste al escenario, le arrebataste la ropa al sujeto y afirmaste que te la llevabas como trofeo. Tuve que pagarle al hombre doscientos dólares para que no llamara a la policía.

“Una pequeña mentira para mantener su apariencia frente a su nueva esposa no debería estar mal,” razonó Matteo para sus adentros, justificando su impecable actuación. “Al fin y al cabo, es una estrategia de control de daños perfectamente aceptable. Si ella descubriera que su temible esposo, un alto mando de la familia más peligrosa de la ciudad, fue forzado por sus propios subordinados a usar una especie de hilo dental de leopardo que apenas tapaba la parte delantera de su cuerpo solo por perder en el poker, perdería todo el respeto por mí antes del desayuno. Jamás me volvería a mirar con esa fascinación. Además, ¿doscientos dólares por un stripper inventado? Un precio ridículamente bajo para salvar su dignidad..”

Mientras una avergonzada Valeria intentaba procesar la mentira del stripper, Matteo padecía en silencio, rogando a todos los santos de Sicilia que su esposa jamás recuperara ese recuerdo exacto de la noche. Aunque, muy en el fondo de su helado corazón mafioso, guardaría con recelo el secreto de lo mucho que ella había disfrutado el diseño de leopardo en su cuerpo y las caricias descaradas con las que se lo había quitado.

Valeria miró el trozo de leopardo en sus dedos con un horror indescriptible. En su cabeza, la idea de ella misma —una maestra de preescolar reservada, metódica y alérgica a los escándalos— agrediendo a un stripper por una tanga sonaba tan absurdamente surrealista que, al encajar con ese vago recuerdo de los martinis de la noche anterior, ni siquiera pudo poner en duda la versión del temible mafioso.

Ahora lo entendía todo. Valeria sabía perfectamente que no debía haber aceptado ese viaje.

Sus amigas habían insistido hasta el cansancio en que debía salir de su burbuja, y aunque la excusa oficial para volar a la ciudad era la despedida de soltera de Allison, era evidente que el verdadero objetivo de las chicas era distraerla a ella de su rutina monótona y sus penas recientes. Valeria, consciente de lo poco disimuladas que eran sus amigas cuando se trazaban una misión, había fingido no notarlo solo para no hacerlas sentir mal, sabiendo que en el fondo solo se preocupaban por su bienestar. ¡Y miren en qué había terminado su buena acción! Casada con un gigante peligroso y con una tanga de leopardo robada a un stripper como trofeo, Valeria quería morirse en ese mismo instante.

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