Capítulo 1 Capítulo 1 - El peso de la derrota

Capítulo 1 - El peso de la derrota

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Las primeras luces del amanecer apenas alcanzaban a iluminar las ruinas de Sombravía, y sin embargo, el aire seguía cargado con el olor a humo, sangre y derrota. Cada paso que daba Lyra sobre el suelo cubierto de cenizas y escombros parecía más pesado que el anterior, pero no se permitió detenerse. Sombravía había caído, su hogar ya no existía, y ahora, como los demás sobrevivientes, no era más que un prisionera en manos de Lunasangre.

Su cuerpo estaba cubierto de suciedad y cortes, las muñecas enrojecidas por la áspera cuerda que la mantenía atada junto a otros cautivos. Pero, incluso así, no permitió que nadie viera la debilidad en su rostro. Mantener la cabeza baja, evitar las miradas y pasar desapercibida: ese era su único objetivo ahora. En una fila de derrotados, ser invisible era su mayor arma.

Las voces de los guerreros de Lunasangre resonaban a su alrededor. Comentarios sarcásticos y carcajadas que apenas disimulaban su desdén por los cautivos. Uno de ellos, un lobo robusto con una cicatriz en la mejilla, pasó junto a ella y la empujó sin cuidado.

—Apúrate, humana. Parece que ni siquiera tienes fuerza para caminar —gruñó, provocando la risa de sus compañeros.

Lyra no respondió. Bajó la cabeza un poco más y continuó caminando. Había aprendido que contestar solo empeoraba las cosas. Pero por dentro, algo ardía. No era rabia ni humillación; era su lobo, Eira, quien gruñía desde lo más profundo de su ser.

—No le des importancia, Lyra. No vale la pena. —El susurro de Eira resonaba en su mente, pero Lyra la ignoró. No era el momento para pensar en eso. Mantener a Eira oculta había sido su salvación hasta ahora. Nadie debía saber quién era realmente.

A pesar de sus esfuerzos por pasar desapercibida, Lyra sintió una presencia distinta en el aire, una energía que la hizo levantar ligeramente la cabeza. Allí estaba él: Damon, el Alfa de Lunasangre, montado sobre un majestuoso caballo negro que parecía tan imponente como su jinete. Desde su posición, Damon observaba a los prisioneros con una expresión de absoluto desprecio. Sus ojos oscuros, intensos y carentes de cualquier rastro de compasión, escudriñaban a cada uno de ellos como si estuviera evaluando su valor... o su falta de él.

Por un instante, su mirada se encontró con la de Lyra. Ella apartó los ojos rápidamente, pero no antes de sentir algo extraño, una corriente que le recorrió el cuerpo como un escalofrío. Damon entrecerró los ojos al notar su reacción, pero no dijo nada.

—Interesante... —musitó para sí, apenas audible incluso para los lobos cercanos a él.

Lyra continuó caminando, obligándose a concentrarse en el suelo frente a ella. Su mente estaba dividida entre el peso de la derrota y esa sensación inexplicable que le había provocado el Alfa. Lo que fuera, no podía permitirse pensar en ello ahora. Su prioridad era sobrevivir, nada más.

El grupo siguió avanzando en silencio por el bosque que separaba el territorio de Sombravía del de Lunasangre. A medida que se adentraban en esa tierra desconocida, Lyra sintió cómo la atmósfera cambiaba. Los árboles parecían más altos, las sombras más profundas, y el aire más pesado. Todo aquí gritaba dominio y fuerza, un recordatorio constante de que estaban en territorio enemigo.

Una de las prisioneras, una joven apenas más grande que una niña, tropezó y cayó al suelo con un gemido de dolor. Lyra instintivamente se detuvo, pero la voz severa de un soldado la congeló en su lugar.

—¡Levántate ahora o te dejo aquí para los carroñeros! —gruñó el lobo mientras se acercaba a la niña con los colmillos apenas asomando.

Lyra sintió un impulso casi incontrolable de intervenir, pero se detuvo antes de actuar. No podía exponerse, no aún. Cerrando los ojos, respiró profundamente, obligándose a contener el impulso. Finalmente, la niña se levantó tambaleándose, y el grupo continuó.

A lo lejos, Damon observaba todo desde lo alto de su caballo. Aunque no dijo nada, sus ojos se posaron sobre Lyra una vez más, como si percibiera que había algo más en ella, algo que aún no lograba identificar

El crepúsculo teñía el cielo de tonos rojizos cuando finalmente cruzaron los límites del territorio de Lunasangre. Una brisa fría soplaba entre los árboles, susurrando entre las hojas como un presagio de lo que estaba por venir. Lyra sintió un escalofrío recorrer su columna al ver por primera vez las imponentes puertas de la fortaleza. Eran de madera oscura, reforzadas con hierro, y estaban decoradas con grabados que representaban lobos en poses de ataque. La entrada misma parecía una advertencia para cualquiera que osara cruzarla.

Los soldados de Lunasangrea vanzaron con firmeza, empujando a los prisioneros hacia el interior. Lyra mantuvo la vista baja, pero no pudo evitar levantarla ligeramente para observar el entorno. Los edificios dentro de la fortaleza eran funcionales, hechos de piedra gris y madera robusta, más diseñados para resistir el paso del tiempo que para impresionar. Todo estaba dispuesto con precisión: los guerreros entrenaban en un área abierta mientras otros patrullaban con mirada vigilante. Todo gritaba orden y disciplina.

Un soldado se detuvo cerca de Lyra y soltó una carcajada burlona al mirarla. —Mírala, como una oveja perdida entre lobos. —El comentario provocó risas entre los demás, pero Lyra no reaccionó. No podía permitirse el lujo de responder.

El grupo de prisioneros fue conducido hacia una zona central donde una gran hoguera iluminaba el espacio. Los guerreros de Lunasangre formaron un círculo alrededor de ellos, observando con expresiones de superioridad y diversión. Uno a uno, los cautivos fueron llamados y asignados a diferentes tareas, dependiendo de lo que los guerreros consideraban su utilidad.

Cuando llegó el turno de Lyra, un soldado alto y musculoso la agarró por el brazo, empujándola hacia adelante con brusquedad. —El Alfa quiere verla —anunció, con un tono que dejó claro que no estaba acostumbrado a cuestionamientos.

Lyra sintió cómo su corazón se aceleraba, pero mantuvo la calma en su rostro. ¿Por qué el Alfa querría verla? No era más que una prisionera entre muchos otros. Su mente se llenó de preguntas mientras la conducían hacia una carpa más grande, ubicada cerca del centro del campamento. La tela negra ondeaba suavemente con el viento, y había guardias apostados a cada lado de la entrada.

Al cruzar el umbral de la carpa, Lyra sintió una mezcla de temor y curiosidad. El interior estaba decorado de manera austera, con una mesa de madera maciza en el centro cubierta de mapas y documentos. De pie junto a la mesa estaba Damon, el Alfa de Lunasangre. Era incluso más imponente de cerca, con una presencia que llenaba el espacio como si fuera tangible.

Damon ni siquiera levantó la vista al principio, como si su sola presencia fuera suficiente para someter a cualquiera. Lyra permaneció inmóvil, esperando, consciente de cada pequeño movimiento que hacía.

Finalmente, Damon alzó la mirada, sus ojos oscuros encontrándose con los de Lyra. Por un momento, el tiempo pareció detenerse. Lyra sintió una extraña conexión, un tirón en su pecho que no lograba explicar. Damon frunció ligeramente el ceño, como si también sintiera algo, pero rápidamente lo ocultó tras una expresión de frialdad.

—¿Esta es toda la "gloria"que queda de Sombravía? —preguntó con un tono cargado de sarcasmo. Su voz era profunda, autoritaria, como un trueno que resonaba en la carpa.

Lyra no respondió de inmediato, tomando un momento para medir sus palabras. No podía permitirse un error. —No espero ninguna gloria —dijo finalmente, con un tono tranquilo pero firme.

Damon alzó una ceja, sorprendido por la falta de sumisión en su respuesta. Dio un paso hacia ella, acortando la distancia entre ambos. —Entonces, ¿qué esperas? —preguntó, su voz más baja pero cargada de intensidad. Había un desafío en su mirada, como si intentara descifrar un enigma.

Lyra sostuvo su mirada por un instante antes de bajar los ojos. —Solo hacer lo que me ordenen y sobrevivir —respondió, calculando cuidadosamente cada palabra.

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