Capítulo 2 Capítulo 2 - El peso de la derrota (2)
Capítulo 2 - El peso de la derrota (2)
Damon no dijo nada por un momento, simplemente la observó en silencio. Finalmente, hizo un gesto hacia Caleb, quien había estado esperando cerca de la entrada. —Llévatela. No tengo tiempo para esto.
Lyra sintió una mezcla de alivio y frustración al salir de la carpa. Algo en la interacción con Damon la había dejado inquieta. Su mirada, su voz, incluso su presencia... Todo en él era una contradicción. Pero no podía permitirse pensar en eso. No ahora.
Lyra apenas había dado unos pasos fuera de la carpa principal cuando sintió el peso de la mirada de Caleb a su espalda. Había algo en el Beta de Damon que la incomodaba, aunque no de la misma forma que el Alfa. La curiosidad de Caleb era evidente, y eso la ponía en alerta. Los ojos del Beta eran demasiado atentos, demasiado analíticos, como si buscara algo que ella se esforzaba por ocultar.
—No pareces tan frágil como los demás prisioneros —comentó Caleb con un tono casual mientras caminaban. Su voz, aunque más suave que la de Damon, todavía llevaba el filo de la autoridad.
Lyra mantuvo el silencio, sin saber si su comentario era una trampa o una simple observación. No respondió, optando por concentrarse en sus pasos y en mantener una apariencia neutral. Caleb dejó escapar un ligero resoplido, como si la encontrara intrigante, pero no presionó más.
Cuando llegaron a su destino, Lyra fue llevada a una pequeña sala de espera dentro de una construcción de piedra, más austera que las habitaciones principales. Caleb la dejó allí con un breve asentimiento antes de regresar a la carpa principal. Lyra aprovechó ese momento de soledad para respirar profundamente, tratando de calmar el torbellino de pensamientos en su mente. Sin embargo, no tuvo mucho tiempo para reflexionar antes de que dos guardias volvieran a escoltarla.
La llevaron de regreso a la carpa de Damon, lo cual la sorprendió. Al entrar, notó que él estaba de pie junto a la mesa de mapas, pero esta vez su mirada estaba fija en ella desde el principio, como si hubiera estado esperándola. Había una intensidad en sus ojos que hizo que el aire pareciera más denso.
—¿Así que tienes lengua cuando te conviene? —dijo Damon con una ligera burla al recordar su respuesta anterior. Dio un paso hacia ella, cruzando los brazos sobre su pecho. Su tono no era agresivo, pero estaba cargado de un desafío implícito.
Lyra respiró hondo antes de responder. —Solo cuando creo que es necesario.
La esquina de los labios de Damon se curvó en una leve sonrisa que no llegó a sus ojos. —Eso es interesante. No muchos prisioneros tienen el lujo de decidir cuándo es necesario hablar.
Lyra levantó ligeramente la barbilla, apenas un movimiento, pero suficiente para transmitir una pizca de desafío. —Con el respeto que merece, no es algo que se me haya dado. Es algo que aprendí.
Por un breve instante, el silencio llenó la carpa. Damon la observó con más atención, como si intentara leer algo oculto en ella, pero lo que fuera que buscaba parecía escapársele. Finalmente, rompió el silencio con un tono más frío.
—¿Y qué más sabes hacer, aparte de hablar en los momentos equivocados? —preguntó, dando un paso más cerca de ella.
Lyra sintió su proximidad como si fuera un peso tangible. Damon era imponente, no solo por su físico, sino por la fuerza de su presencia. Su instinto le decía que bajara la mirada, pero algo en su interior—quizás Eira—la empujó a sostener su postura.
—Sé sobrevivir —respondió con calma, pero con un filo apenas perceptible en su voz.
Damon entrecerró los ojos, evaluándola. Había algo en ella que no encajaba con la imagen que tenía de los prisioneros de Sombravía. Sus respuestas eran calculadas, pero no sumisas. Y había algo en su mirada, una chispa que no podía ignorar.
—Veremos cuánto dura eso aquí —murmuró Damon, antes de apartarse y girarse hacia la mesa. Sin mirarla de nuevo, levantó una mano y habló con voz firme. —Llévensela.
Los guardias obedecieron de inmediato, tomándola por los brazos para escoltarla fuera de la carpa. Lyra permitió que la guiaran, pero no pudo evitar voltear una última vez para mirar a Damon. Él seguía de espaldas, pero ella podía sentir que la tensión en el aire no se había disipado. Si algo había quedado claro en ese momento, era que su historia con él apenas estaba comenzando.
Cuando las puertas de la habitación se cerraron tras ella, Lyra dejó escapar un suspiro que llevaba conteniendo desde hacía horas. La estancia era pequeña, con paredes de piedra y una única ventana que dejaba entrar la luz tenue del atardecer. Había una cama sencilla en una esquina y una mesa de madera con una vela encendida, cuyo parpadeo lanzaba sombras alargadas en la habitación. No era mucho, pero comparado con las condiciones de otros prisioneros, esto era casi un lujo.
Lyra caminó lentamente hacia la cama, dejando que sus músculos tensos se relajaran por primera vez en todo el día. Sin embargo, su mente seguía trabajando, una maraña de pensamientos enredados que no le daban descanso. Las palabras de Damon resonaban en su cabeza, su tono autoritario, la forma en que la había observado, como si intentara atravesarla con la mirada. Había algo en él que no podía ignorar. Algo que despertaba una inquietud que no sabía cómo explicar.
Se dejó caer en la cama, apoyando la espalda contra la pared fría. Cerró los ojos y trató de ordenar sus pensamientos, pero una voz familiar resonó en su mente, interrumpiéndola.
—No puedes seguir ignorándome, Lyra.—La voz de Eira, suave pero insistente, llenó el espacio en su mente.
—No ahora, Eira. No aquí. —respondió Lyra en un murmullo casi inaudible, apretando los ojos con fuerza. Había pasado años perfeccionando el control sobre su lobo, enterrándola tan profundamente que casi parecía inexistente. Pero Eira siempre había estado ahí, observando, esperando.
—Sabes que hay algo más en este lugar... En él.—El tono de Eira cambió, como si sus palabras cargaran un significado más profundo.
Lyra abrió los ojos y miró hacia la ventana, donde los últimos rayos de luz pintaban el cielo de un naranja brillante. Sabía a lo que Eira se refería, pero no quería aceptarlo. La conexión que había sentido con Damon, aunque fugaz, era demasiado intensa para ser ignorada. Y sin embargo, no podía permitirse explorar esa idea. Damon era su enemigo, el Alfa que había destruido su hogar y tomado a su manada como prisionera. La sola idea de que pudiera haber algo más entre ellos era impensable.
—Deja de hablar de él. —La voz de Lyra fue más firme esta vez, como si estuviera tratando de convencerse a sí misma tanto como a Eira.
Pero el silencio de su lobo le dijo que sabía mejor.
Un golpeteo en la puerta la sacó de sus pensamientos. Lyra se enderezó rápidamente, su cuerpo se tenso. Un guardia asomó la cabeza y le lanzó una bolsa de tela con lo que parecía ser comida.
—Come. Mañana comienzas tu trabajo. —dijo con tono seco antes de cerrar la puerta de golpe.
Lyra miró la bolsa sin abrirla. Su estómago estaba vacío, pero la tensión en su pecho no la dejaba pensar en comer. En lugar de eso, se levantó de la cama y se acercó a la ventana. El aire fresco le golpeó el rostro, calmando ligeramente el torbellino dentro de ella.
Desde allí, podía ver parte del campamento de Lunasangre. Los guerreros se movían con eficiencia, patrullando, entrenando y conversando en pequeños grupos. Había una fuerza innegable en esta manada, una estructura organizada que contrastaba con el caos en el que había caído Sombravía. Pero más allá del orden y la disciplina, Lyra veía otra cosa: un enemigo al que tendría que enfrentar algún día.
—Sobrevivir. Ese es el plan. —murmuró para sí misma, su voz apenas un susurro.
Sin embargo, en el fondo, sabía que sobrevivir no sería suficiente. No en un lugar como este, y no con alguien como Damon vigilándola tan de cerca.
Por ahora, todo lo que podía hacer era esperar... y prepararse para lo que estaba por venir.
