Capítulo 2 Eres Fea

Angus:

—Me niego a que traigas aquí a una desconocida, no quiero la lástima de nadie— grito a todo pulmón.

Mis padres están tomando atribuciones que no les corresponden al decidir sobre algo tan importante y que, para mí, en estos momentos es nulo.

Llevo tres años ciego, amargado, lo admito, pero es que… ¿Cómo quieren que reaccione ante lo que me pasó? ¿ante lo que yo mismo provoqué?

El tema de la boda no se volvió a tocar, la familia de Diane presentó cargos en mi contra por homicidio culposo, pero no fuí a prisión gracias a los abogados de mis padres y por el simple hecho de haber quedado ciego, un inútil que no puede hacer absolutamente nada.

—¡Claro que vas a conocer a alguien! Eso es lo que te hace falta, Angus. Una ilusión para vivir.

—No lo entiendes madre… ¿Cómo quieres que me vuelva a enamorar si no puedo ver? ¿Cómo quieres que te dé nietos si ni siquiera sé por donde camino, madre? ¡Dímelo!

Mi carácter ha cambiado por completo, es normal en estos casos ¿cierto?

—Debes de rehacer tu vida, es lo que Diane hubiera querido para ti— indica mi padre.

Obviamente a ninguno de los dos les conté lo que pasó esa noche antes de lo sucedido, suficiente con haber quedado ciego.

—No la menciones papá…

—Debes de superarla, sé que el amor que se tenían era demasiado grande.

—¡Cállate, papá!

Con el bastón blanco, sin saber a dónde, empiezo a azotarlo y a tirar lo que sea que haya por delante mío, mientras mi perro guardián empieza a ladrar, el llanto de mi madre me ofusca, pero es en donde los brazos de mi padre me acobijan en un abrazo que me hace caer en cuenta que, ninguno de ellos tiene la culpa de lo que me pasó.

—Cálmate, Angus… tu madre sufre también, todos sufrimos al verte así… vas a conocer a una casamentera, ella se encargará de encontrar a la mujer perfecta para ti, no todo es malo.

—Nadie querra cargar con un ciego, papá. Esa es la realidad.

—Hay mujeres que no se fijan en eso…

—¿en el dinero, tal vez?

—Deja de ser pesimista. La casamentera lleva años uniendo parejas, las más estables del país, es un éxito, solo danos una oportunidad, ¿sí?

—¿Acaso puedo negarme?

—Sí, si esto no funciona, créeme que lo dejaremos de intentar. ¿de acuerdo?

—De acuerdo. Qué sea breve.

Con un chasquido de dedos llamo a Ingeniero, mi perro de apoyo.

Se acerca a mí, lo puedo notar cuando se pone a mi lado, tomo el bastón blanco y me encamino hacia mi habitación.

No he salido ni al jardín desde que llegué a esta casa, acoplándome a mi nueva versión, una que me mantiene humillado al ser atendido hasta para mis necesidades las veinticuatro horas del día, dejándome expuesto a que cualquiera me vea, me toque y sienta lástima por mí.

—¡Vamos Ingeniero, camina!

El perro se queda olfateando, están arreglando mi cama, y escucho el “Ya terminé, señor” de parte de Daisy, quien intenta ayudarme, pero no la dejo, más bien la echo de mi lugar seguro.

Supe que James se fue del país, no recriminó nada, no hablamos nada, de seguro soy su burla.

Extraño esos momentos en los cuales podía tocar las nubes con las alas de mis aviones, dejando a cargo a mi padre y Jared, mi primo hermano.

La venta y diseño del Apolo Road no se llevó a cabo, ya que yo, como piloto y creador, debía de probar para que no hubiera un error en él, pero en cuanto el mundo se me apagó, creo que se apago para todos.

—¿Puedo pasar? —Dice la voz de mi madre, la cual reconozco hasta los pasos.

Me adapto día a día a mi nuevo mundo, a leer el periódico en Braille y a lo que mi herencia se ha dedicado a hacer… una escuela para niños ciegos.

—Pasa madre.

Ella se sienta a mi lado, puedo sentir el aroma de su delicioso y delicado perfume de gardenias, uno que utiliza todos los días y se altera al no conseguirlo, según lo que escuché la última vez, es la señal de que yo la encuentre y sepa que está ahí para mí.

—Sé que esto es duro, hijo. No quiero entrar de nuevo en ese tema doloroso para ti, menos haciendo a que creas que te tengo lástima.

—Al grano mamá.

—Caroline Montgomery vendrá mañana para hacerte una entrevista… desocupó su tiempo de trabajo y te puso de primero… vamos a encontrar a una esposa especial para ti.

Suspiro y lo primero que viene a mi mente, entre borrosas imágenes, es el rostro de Diane, sonriendo junto a James y es en donde las lágrimas escuecen mi piel.

—No quiero que sientan lástima por mí, menos comprar una esposa que me trate como a un mueble inservible, porque eso es lo que soy, madre.

—No digas eso de nuevo, Angus. Las cosas pasan por algo.

—¿El karma?

—No has sido malo, Angus, a veces son pruebas que tenemos que sobrellevar si no se pueden superar. En fin, mañana vendrá por la mañana, por favor, dale una oportunidad.

Asiento con la cabeza, ella trata de ayudarme a colocarme en el sofá que da directo a un paisaje que no puedo ver, pero sólo sentir los rayos del sol golpear en mi cara, me hacen sentir que aún tengo oportunidad de luchar para poder ver…

—¿Has pensado en el trasplante de córnea? — pregunta mi madre.

Hace un tiempo que hemos estado buscando donadores para que vuelva a ver, pero ha sido imposible.

—No madre, ni todo el dinero del mundo me regresará la vista, ni la vida que tenia antes de ese día… ¿Puedes dejarme solo, por favor?

—Deja de autodestruirte Angus.

—Sólo déjame solo.

Ella se levanta de la cama, dejándome solo.

Escucho el aire que se cuela en el balcón. Recuerdo mi habitación, trato de dormir y teniendo fe en que la vista regrese, me despierto de sopetón y es más frustrante que despierto y siga con vida y con la vista nula.

(***)

La mañana llegó de repente, levantándome como todos los días gracias a la ayuda de Daisy, llevándome a bañar y ponerme prolijo para la visita de hoy.

—¿Quiere que le ponga su traje de piloto, señor?

—¿Acaso soy un maldito veterano de guerra inválido, Daisy? —indago irritado.

—No señor, perdóneme.

—Quiero el traje verde musgo con los Lacoste café, la corbata roja y la camisa blanca… ¿podrás peinarme como lo hacia antes de quedar… ciego?

—Si señor. Quedará guapísimo.

Me dejo hacer, no tengo elección, no quiero parecer un imbécil o desafortunado al que le tengan lástima de solo verlo a la cara.

Termina de bañarme, con delicadeza seca cada pliegue de mi piel. aplica la loción y las cremas, siento como sus pequeños dedos se embetunan de la cera para el cabello, pasándome el peine y haciéndome recordar como lo hacia antes de todo.

—¡Listo! Quedó guapo señor.

—Más te vale, Daisy. No veo, pero Ingeniero si lo hace.

Ella suelta una risa, estoy por mandarla al carajo, pero se escuchan los pasos de mi padre, reconocibles a unos metros de la puerta. Toca y le indico que pase, me saluda y me ayuda a llevar el bastón a la mano.

—No quiero el bastón por hoy… por lo menos dignifícame hoy, papá.

—Claro, lo que digas, ¿en el jardín o en el estudio?

—En el estudio, quiero a Ingeniero cerca de mí. ¿le dijeron que estoy…?

—No, no hemos dicho nada para no incomodarte.

—Bien. Vamos entonces.

Entre los dos e Ingeniero me llevan al estudio, el olor a madera y cedro hacen a que me transporte a esa oficina del infierno, en la cual encontré a la mujer de mi vida, llorándole a mi mejor amigo… su maldito amante.

—¿Todo bien?

—Si padre, déjenme solo por favor.

Ellos me sientan frente al escritorio de cedro, me quedo frente al ventanal, uno que sé que está ahí desde pequeño.

A los treinta minutos, siento la energía de una persona ajena a la casa, Ingeniero se alebresta, pero se queda en su lugar en cuanto chasqueo los dedos.

Los pasos de tacones se hacen más agudos a mis oídos, dejándome saber que, aparte de mi madre y de Daisy, otra mujer se encuentra en el recinto.

—Adelante señorita Montgomery… mi hijo la espera.

Las puertas del estudio se cierran, siento como la mujer se acerca al escritorio, y escucho cuando de su boca y su voz chillona, empiezan a querer chochear a Ingeniero.

—¡No lo toque! —digo con voz gruesa.

—Pe-perdón… no es mi intensión incomodar señor Fitzgerald.

—Tome asiento.

Ella hace acopio, escucho como la silla se mueve de lugar y como se deja caer en la silla.

—Bueno, ¿Cómo le gustan las mujeres señor? ¿Qué es lo que busca en esa mujer especial con la que desea unir su vida para siempre?

—En primera instancia, deseo que no sea fea como usted, que tenga linda voz y que no sea imprudente.

Sigo apuntando mis ojos nulos ante la nada, o eso es lo que espero.

—¿Fea cómo yo? —se pregunta, mientras una risa macabra se quiere adueñar de mí.

—Sí, fea como usted e irritante. Es más… esa ropa no le sienta nada bien.

—Estoy aquí ofreciendo mis servicios, no como diseñadora o asesora de modas, señor Fitz…

—Servicios, ¿eh?

—¡Sí!

—Desnúdese en ese sillón y muéstreme sus servicios, señorita Montgomery.

Un duro y estruendoso “Bastardo” sale de su boca, definitivamente no se ha dado cuenta de que soy un idiota ciego.

—¡Es usted un idiota! ¿Cómo se atreve a faltarme el respeto? Ya veo por qué está solo.

Una carcajada gutural sale de mi garganta, de lo más profundo de mi ser, mientras que la mujer sigue berrinchando.

Cierro mis ojos, igual no veo nada, pero me la imagino como un duende haciendo pucheros niñatos, porque se nota que es una niña mimada a cargo de algo tan grande.

—¡Míreme, señor! —grita alterada, mientras que Ingeniero comienza a ladrar.

—No la vere, no me apetece ver a alguien tan fea como usted.

Está acercándose a mí, la siento cerca de mí y el ambiente denso, uno que se puede cortar con tijera.

En ese momento escucho los pasos de mi padre, y las puertas abriéndose.

—¿Qué esta pasando?

—Su hijo es un grosero, me trato como a una… como a una

—¿Prostituta? Nooo, padre, saca a esta mujer de mi vista, me irrita.

En ese momento está por protestar, pero escucho como zapatea con fuerza y se aleja, mientras los gritos de mi madre no se hacen esperar, se escucha que va tras ella.

—¿Qué le dijiste Angus? —indaga mi padre con severidad.

—Nada papá, solamente le dije lo que pensaba.

—¿Qué pensabas? Va que echa rayos.

—Le dije la verdad… que es fea.

Mi padre comienza a reír, haciendo a que su risa se contagie y el cuarto se inunde de buen humor luego de la riña con la mujer de voz chillona.

—Créeme que de fea no tiene ni el nombre, es preciosa…

—¿en serio? Descríbela.

—Un metro sesenta y ocho, tez rosa pálida, ojos verdes, cabello negro y labios rojo carmesí… una nariz de botón y unas curvas envidiables, esto en descripción de tu madre.

La imagino, aunque me cuesta, y en ese momento entra mi madre, lo sé por la forma del taconeo.

—Eres un grosero, Angus. Ella no debe de pagar los platos rotos.

—Lo siento, es solo que no estoy acostumbrado a ese tipo de… personas.

—Mañana le pedirás una disculpa.

—¡Dijiste que, si no funcionaba, no me obligarías de nuevo a esto!

—Tú lo forjaste así, mañana a primera hora te disculparás con la señorita Montgomery, ¿está claro?

Resoplo con enfado, pero tiene razón, me pasé un poco con la mujer que no tiene la culpa de mis pesares.

—Bueno, solo si me dejas beber un whisky…

—Solo una copa, es todo.

Ella sale del estudio, dejándome a mi padre sirviéndome el líquido que se escucha revuelto con los hielos y a Ingeniero de mi lado.

¿Quién diría que una visita de una desconocida me alegraría el día?

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