Capítulo 2 Un resultado que derriba el mito
A la mañana siguiente y sin haber dormido absolutamente nada, el sol de Seattle apenas lograba colarse entre las sombras del gran ventanal. Stuart caminaba de un lado a otro por la sala, acunando en su regazo a la pequeña Emma, quien dormía plácidamente ajena al colapso emocional de su nuevo guardián. A unos metros, la señora Edu —su fiel ama de llaves, nana de toda la vida y la única ser humana en el planeta capaz de soportar el carácter del multimillonario— le daba el biberón al pequeño Ethan con una destreza envidiable.
De pronto, la puerta principal se abrió de par en par. Como si fuese un vendaval de locura y estilo, Carmine, la hermana menor de Stuart, irrumpió en la casa taconando sobre el suelo de granito.
—¡Familia, llegué! —gritó a pleno pulmón.
Se quedó de una pieza al ver a su hermano en mangas de camisa, despeinado y con unas ojeras tan pronunciadas que nada tenían que ver con las fluctuaciones de la bolsa de valores.
—¿Y eso? —preguntó Carmine, parpadeando despacio.
—¿Qué, no lo ves? Son dos bebés —respondió Stuart con su típico tono mandón y cortante—. Y baja la voz, que vas a despertar a Emma.
—Pero… pero… ¿son tuyos? ¿Dónde está su madre?
—Sabes perfectamente que no… ¡que no puedo tener hijos! —vociferó Stuart, perdiendo los papeles por completo y logrando exactamente lo que quería evitar: que la pequeña abriera los ojos de golpe y rompiera a llorar.
—¡Dios, la despertaste! —protestó Carmine, acercándose rápido para quitarle a la bebé de los brazos con delicadeza instintiva.
En ese preciso instante, la puerta volvió a abrirse. Entró Liam, el abogado personal de Stuart y su amigo de confianza.
—Nos están esperando en la clí… —Liam se quedó con la palabra en la boca al chocar de frente con la mirada de Carmine. Su cerebro pareció desconectarse por un segundo al contemplar a la hermosa hermana de su cliente.
—Pues vamos, y quita esa cara de idiota —le espetó Stuart, pasándole por el lado como una exhalación.
—Voy con ustedes —anunció Carmine, ajustando a Emma contra su pecho.
—¡No! —respondieron Stuart y Liam exactamente al mismo tiempo.
El coro de negativas hizo que la bebé soltara un chillido aún más fuerte, contagiando de inmediato a su hermano Ethan, que comenzó a berrear desde los brazos de la señora Edu.
—Entonces, ¡inténtelos callar ustedes! —desafió Carmine cruzándose de brazos.
Ambos hombres intercambiaron una mirada de derrota absoluta. No tuvieron más remedio que dar su brazo a torcer. Mientras Carmine les sacaba la lengua en señal de victoria, la pequeña Emma dejó de llorar por un segundo y soltó una pequeña risita que desarmó a la sala por completo.
Una hora después, en la privada y discreta consulta de la clínica médica, Arthur, el doctor de cabecera y otro de los mejores amigos de Stuart, les explicaba con calma el protocolo.
—El procedimiento de prueba de ADN de alta precisión demorará alrededor de una semana —dijo Arthur cruzando las manos sobre su escritorio.
—Lo quiero para mañana —respondió Stuart, dando un golpe seco sobre la madera.
—Sabes que no es posible, idiota —le contraatacó Arthur sin dejarse intimidar—. Además, ¿no te parece extraña la nota que dejaron? ¿No será que te quieren meter gato por liebre aprovechando tu perfil público?
—Por eso mismo quiero ya los resultados.
—Eso quiere decir que… ¿puede ser posible? —soltó Carmine, colocando su mejor cara de niña buena mientras su mente especulaba como una niña mala.
—No lo es, pero… —intentó defenderse Stuart, sintiéndose acorralado.
—Sea lo que sea, tenlos listos en una semana —interrumpió Carmine con firmeza—. Yo misma me quedaré y ayudaré a este idiota a cuidar de los niños.
—¿Te… te quedarás? —preguntó Liam de inmediato, con un marcado deje de esperanza en la voz.
Stuart y Arthur lo giraron a ver al mismo tiempo, fijando en el abogado una mirada tan dura como si fuera un alienígena recién aterrizado. Liam carraspeó, acomodándose la corbata con repentino nerviosismo.
Otra vez lo habían descubierto...
La semana pasó volando. Mientras Carmine se instalaba en la mansión y se encargaba alegremente de sus sobrinitos, Stuart pasaba cada día menos tiempo en su propio hogar. El simple hecho de escuchar los llantos o los balbuceos le ponía la piel de gallina; la incertidumbre lo estaba consumiendo por dentro.
Por su parte, Liam buscaba incesantemente por todo Seattle a cualquier mujer que hubiese dado a luz a mellizos en los últimos seis meses y pudiese estar vinculada a Stuart. Sin embargo, el rastro era nulo. Cero posibilidades, ningún registro médico sospechoso, ninguna pista.
El viernes al mediodía, Stuart miraba el horizonte gris de la ciudad desde la fría ventana de su despacho corporativo cuando su teléfono personal comenzó a vibrar. Era Arthur.
—Los resultados ya están.
—Voy de inmediato.
Sin dar explicaciones, cortó la llamada. Olvidó por completo la junta directiva programada a las doce y dejó a Celeste, su secretaria, con la palabra en la boca al salir disparado hacia el ascensor.
Mientras manejaba como un energúmeno por las autopistas de Seattle, sorteando el tráfico con brusquedad, solo una pregunta retumbaba dentro de su cabeza en un bucle ensordecedor: ¿Y qué pasa si son míos?
Al llegar a la clínica, cruzó los pasillos a paso firme. En la sala privada ya lo esperaban Liam y Arthur con el semblante serio.
—¿Los viste? —preguntó Stuart, agitado y con el corazón en la garganta.
—No. Te estábamos esperando —respondió Liam.
Arthur le tendió el sobre de manicura sellado. Stuart lo tomó, pero al romper el sello y desdoblar la hoja, las palabras y las letras comenzaron a bailarle ante los ojos. Su dislexia, acentuada por los nervios de acero a punto de romperse, no le dejaba procesar lo que ponía el papel.
Al notar su bloqueo, Liam dio un paso al frente y tomó el documento de las manos de su amigo. Sus ojos leyeron rápido la conclusión en negrita al final de la página.
—¡Dios mío Santo! —exclamó Liam, ajustándose el nudo de la corbata mientras sostenía la hoja como si fuera un papiro sagrado, impostando la voz con el dramatismo digno de un alegato final en la Corte Suprema—. “Conclusión analítica e irrefutable: El perfil genético de los marcadores STR coincide en su totalidad. Se establece un índice relativo de Paternidad Probada del 99.999% respecto a ambos menores…” —Hizo una pausa teatral, mirando a Stuart por encima de la hoja—. ¡Legal, biológica y científicamente, viejo amigo… el banquillo de los acusados es todo tuyo!
—¡Esto es un milagro! —gritó Arthur con una mezcla de burla e incredulidad absoluta.
Las piernas de Stuart dejaron de responderle. El magnate impertérrito de Seattle, el hombre que controlaba un imperio financiero, sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies y cayó como un costal de papas directamente al alfombrado de la oficina.
