Capítulo 3 Los pequeños herederos
Han pasado cinco años desde aquella extraña noche de otoño en que la vida de Stuart Leirman dio un vuelco irreversible. Cinco años en los que, más de una vez, el multimillonario se ha descubierto despierto a mitad de la noche, dándose vueltas en la cama mientras el techo de su enorme habitación parece devolverle la misma pregunta sin respuesta.
La supuesta infertilidad que un prestigioso laboratorio médico le había diagnosticado en el pasado no había sido más que una vil maniobra, una jugada sucia y calculada, orquestada por sus rivales corporativos para minar su moral y destruir su matrimonio. Su exesposa, una mujer interesada que lo creía un simple don nadie sin futuro, le había pedido el divorcio apenas unos meses antes de que su primer proyecto funcionara, convirtiéndolo de la noche a la mañana en el nuevo rico de la ciudad. Sin embargo, el destino tenía un sentido del humor bastante perverso: la verdad sobre su paternidad había salido a la luz, sí, pero venía empaquetada en forma de dos pequeños demonios de cinco años a punto de cumplir seis.
Sus hijos no eran niños comunes. Dotados de una inteligencia desbordante, un coeficiente intelectual fuera de serie y la terquedad de acero heredada directamente de su padre, los mellizos habían declarado una guerra abierta, metódica e incansable contra cualquier figura de autoridad que intentara usurpar el territorio de la mansión. ¿Su objetivo principal? No tener niñera. Jamás.
Para Stuart, la vida en Leirman Capital era un juego de niños comparado con cruzar la puerta de su propio hogar. Podía cerrar fusiones multimillonarias o doblegar a juntas directivas hostiles con una sola mirada, pero bastaba con poner un pie en el vestíbulo de la mansión para que una migraña comenzara a martillarle las sienes. El hombre más respetado y temido del mundo empresarial vivía en un estado constante de alerta máxima, al borde de un colapso nervioso que amenazaba con destruir su cordura.
¿La razón? El historial de bajas en el personal de cuidado de sus dos criaturas. Pero solo nos remitiremos a los eventos de este año.
La primera en caer fue la señorita Higgins, una mujer de estricta disciplina británica que presumía de haber educado a miembros de la realeza europea. Stuart recordaba haber pagado un honorario escandaloso creyendo que, por fin, había encontrado a la persona capaz de imponer orden. La mujer duró exactamente cuatro horas. Alma y Ethan lograron sabotear la tubería principal del baño del segundo piso, alterando las válvulas de presión y conectando el conducto a una reserva de slime verde fosforescente que habían preparado la noche anterior. Cuando la señorita Higgins intentó retocarse el maquillaje antes de la cena, el inodoro expulsó la masa gelatinosa con la fuerza de un volcán. La mujer salió huyendo por la entrada principal entre gritos e histeria, manchada de verde de pies a cabeza, jurando que la casa estaba poseída por demonios ancestrales. Stuart tuvo que indemnizarla con una suma de cinco cifras para evitar una demanda, mientras observaba a sus hijos desde la ventana intercambiar un choque de manos victorioso.
Luego estuvo la señora Gable, una institutriz con tres diplomados en psicología infantil y manejo de conducta. Cometió el grave error de subestimar la capacidad de trabajo en equipo de los pequeños Leirman. Mientras Ethan entretenía a la mujer con una carita de inocencia absoluta preguntándole sobre la fotosíntesis y el impacto del cambio climático, Alma deslizaba disimuladamente un par de langostas vivas dentro del costoso bolso de diseñador de la institutriz. El grito desgarrador que pegó la señora Gable al abrir su cartera para sacar sus gafas de lectura se escuchó hasta las orillas del lago Washington. Stuart, que en ese momento mantenía una videoconferencia crucial con inversores de Tokio, tuvo que interrumpirla cuando la mujer irrumpió en su despacho, con una langosta enganchada al dobladillo de su chaqueta.
Tampoco se podía olvidar la travesura del mes pasado con el señor Colleman, un niñero y exmilitar retirado de las fuerzas especiales, contratado por el mismísimo Liam bajo la promesa absoluta de que “nada ni nadie se le escaparía a un hombre entrenado para la guerra”. Ethan logró hackear con su tableta el sistema de automatización de la mansión para alterar el termostato y las luces de la habitación del pobre niñero, haciéndole creer que estaba bajo un ataque, mientras Alma reemplazaba su gel de afeitar con una mezcla de crema batida y pintura azul ultraresistente. El extirador de élite terminó pidiendo la baja inmediata y llorando en el jardín tras ver su rostro convertido en el de un pitufo gigante.
Stuart pasó esa noche bebiendo whisky en su escritorio, preguntándose en qué momento su vida se había transformado en una comedia de terror.
Sin niñera disponible en todo el estado y con la pobre señora Edu al borde del colapso nervioso, con los pelos de punta y amenazando con jubilarse cada mañana, la situación era insostenible. Y para colmo, su hermana no ayudaba en absoluto: le celebraba absolutamente todo a esos dos mini demonios, calificando sus ataques hacia las niñeras como "manifestaciones puras de arte conceptual y rebelión estética".
Pero los niños habían avanzado más en sus últimas travesuras sobrepasando todos los límites imaginables, llevando a Stuart al límite de la desesperación:
Lanzar globos llenos de agua con colorante desde el balcón del segundo piso a las limusinas de los socios más importantes de Leirman Capital, justo cuando descendían vestidos con trajes de etiqueta; pintar cuadros al óleo abstractos en las pulcras paredes de mármol del vestíbulo utilizando el carísimo sirope de arce de la señora Edu; e impregnar el traje de corte italiano de su padre con esencia de perfume barato y empalagoso momentos antes de una cena con una futura socia comercial… la lista de atrocidades era simplemente interminable.
Cada llamada de la señora Edu al teléfono de Stuart hacía que al magnate se le helara la sangre. Temía abrir la puerta de su casa y encontrarse con los bomberos o la policía. Había comenzado a revisar las cámaras de seguridad desde su oficina como si supervisara una sala de guerra, solo para descubrir con horror cómo sus hijos desactivaban las lentes con punteros láser o espejos estroboscópicos. Ninguna niñera lograba aguantar más de veinticuatro horas en la residencia Leirman. Las agencias de empleo de elite de la ciudad habían comenzado a vetar la dirección de la mansión, catalogándola como "zona de alto riesgo profesional".
Para los mellizos, romper el récord de velocidad en hacer renunciar a los adultos se había convertido en su pasatiempo favorito, un juego en el que siempre salían victoriosos sin despeinarse.
Para Stuart, al borde de la locura, sufriendo insomnio severo y viendo cómo la reputación de su hogar y su propia autoridad se tambaleaban trágicamente entre la comedia y el caos absoluto, la situación había dejado de ser graciosa hacía mucho tiempo. Se sentía impotente, desbordado por dos criaturas a las que amaba con el alma, pero a las cuales no lograba comprender ni controlar. Necesitaba desesperadamente un milagro, una fuerza de la naturaleza o, al menos alguien con el carácter lo suficientemente duro, inteligente y audaz como para no salir corriendo al primer ataque.
