Capítulo 5 ¿Los milagros sí existen?
Stuart
Diez minutos. Ese era el nuevo récord absoluto de esos dos granujas.
Miré el reloj de pared de mi despacho mientras escuchaba el chirrido de los neumáticos de la última candidata huyendo a toda prisa por la entrada principal. Ni siquiera se había molestado en cobrar las horas de prueba.
Caminé a pasos firmes hacia la sala principal, donde los dos pequeños culpables estaban sentados en el sofá de cuero con la cara más lavada del mundo. Ethan tenía las manos escondidas detrás de la espalda y Alma me miraba con esos enormes ojos e niña buena que solían desarmar a cualquiera.
—¿Se puede saber qué fue lo que pasó esta vez? —exigí, cruzándome de brazos con la poca paciencia que me quedaba.
Ethan dio un salto en el sofá, me miró fijamente y soltó con absoluta seriedad:
—Papá, esa señora quería meterse en tu cama como esa otra que vino la otra vez. No podemos dejar que nadie ocupe tu cama salvo nosotros, ¿cierto, Alma?
—Cierto —asintió mi pequeña de inmediato con la cabeza, cruzándose de brazos exactamente igual que yo—. Tú eres nuestro, papá. Sin intrusas. No queremos a nadie más que a ti.
Apreté los dientes intentando ahogar un gruñido. Habían manchado el vestido de la mujer con una mezcla de pegamento y purpurina bajo el ridículo pretexto de proteger mi camma. Estaba a una sola travesura de cortarme las venas o vender Leirman Capital para mudarnos a una isla desierta, cuando el teléfono vibró en mi mano. Era Arthur.
—¿Qué quieres ahora, Arthur? ¿Otra donación? —espeté al responder, alejándome un par de pasos de los niños y apretándome el puente de la nariz para contener una migraña incipiente—. No tengo tiempo para tus caridades, Krauss. ¡Esos dos demonios acaban de hacer que la última niñera durara exactamente diez minutos!
—Hermano, tranquilízate —dijo él con un tono inquietantemente relajado—. Te tengo a la candidata ideal.
—No quiero más recomendaciones tuyas ni de Liam. Trajeron a un exmilitar que terminó llorando en el garaje. Mi casa es una zona de guerra.
—Escúchame, Stuart. No es una profesional de agencia con títulos absurdos que no sirven para nada. Es alguien que necesita el trabajo y que tiene más agallas que todos tus escoltas juntos. Está en mi oficina. Ven ahora mismo.
Corté la llamada sin prometer nada, pero la desesperación es un excelente motor. Miré por última vez a los mellizos, que me sonreían con victoriosa inocencia, y salí de la casa.
Veinte minutos después, irrumpí en la clínica de Arthur con la paciencia reducida a cero. Cuando entré a la consulta privada, la vi.
No llevaba un uniforme impecable ni un peinado elaborado como las niñeras estiradas que solía contratar. Llevaba unos vaqueros desgastados, una chaqueta sencilla y una coleta improvisada que dejaba escapar varios mechones de cabello castaño. Tenía ojeras marcadas, el rostro cansado de alguien que lleva años peleando contra el mundo, pero en sus ojos había una luz distinta: una mezcla de dignidad férrea y una determinación que jamás había visto en nadie.
A su lado, una mujer de aspecto rudo me miró de arriba abajo como si quisiera romperme la cara si decía algo fuera de lugar.
—Stuart, te presento a Lily Calloway y… a su amiga —dijo Arthur, rompiendo la tensión—. Lily, este es Stuart Leirman. El hombre que necesita ayuda urgente antes de que sus hijos quemen la ciudad.
—Mucho gusto, señor Leirman —dijo ella. Su voz era suave, pero firme. No había un solo rastro de timidez, ni de la fascinación absurda que solía ver en las mujeres cuando descubrían quién era yo.
—Señorita Calloway —respondí, evaluándola con la misma frialdad con la que analizo un reporte financiero—. Arthur me dice que busca empleo. Debo advertirle que mis hijos no son niños comunes. Son… difíciles. Han hecho renunciar a seis niñeras en lo que va del mes. Ninguna soporta más de un día.
Ni loco le decía que no duraban ni diez minutos.
Lily ladeó la cabeza y dejó escapar una pequeña sonrisa cansada, casi desafiante.
—Señor Leirman, llevo años haciendo milagros con cuatro trabajos distintos, durmiendo tres horas al día y cuidando a mi hijo en una cama de hospital. Créame, dos niños consentidos y juguetones no me van a asustar.
—El sueldo es el triple de lo que gana en sus cuatro empleos juntos —dije, tratando de recuperar el control de la conversación—. Pagaré la estancia médica de su hijo y tendrá alojamiento completo en la mansión si lo desea. Pero necesito disponibilidad absoluta y que no salga corriendo a la primera broma pesada.
Antes de que Lily pudiera responder, la mujer a su lado la agarró bruscamente del brazo y comenzó a susurrarle en un tono de pánico que resonó por toda la habitación:
—Lily, ¿estás segura de lo que vas a hacer? Míralo, tiene cara de maniático del control. ¿Segura, Lily? ¿De verdad estás segura? ¿Y si los niños son unos monstruos insoportables? Lily, ¿estás 100% segura? No me dejes sola en esto, ¿segura que no nos estamos metiendo en la boca del lobo? Lily, responde, ¿estás segura, segura, pero segura de verdad?
—¡Clara, por favor! —la interrumpió Lily en un susurro desesperado, soltándose suavemente de su agarre mientras rodaba los ojos—. Estoy perfectamente segura. Es por Leo.
Lily volvió a fijar sus ojos cafés en los míos. Pude ver el peso del mundo sobre sus hombros, pero también el alivio inmediato de una madre que acaba de encontrar una salida.
—Acepto —dijo sin dudar un solo segundo—. ¿Cuándo empiezo?
—Ahora mismo. Mi coche está abajo. Pero me gustaría primero que firmaríamos el contrato. Si no le molesta.
—Me parece lo justo.
Mientras esperabamos a Liam —con Clara todavía murmurándole a Lily si realmente estaba segura—, la observé de reojo. Había contratado a expertos en pedagogía, a exinstructores y a mujeres con currículums impecables, y todos habían sucumbido ante los celos de mis hijos. Sin embargo, al ver la entereza de esta mujer que no le tenía miedo a nada, una idea absurda cruzó por mi mente.
Tal vez Arthur no estaba tan loco. Tal vez los milagros sí existían, y venían vestidos con vaqueros gastados y una determinación indestructible. Lo único que me quedaba por ver era si Lily Calloway sobreviviría al primer encuentro con los guardianes de mi cama.
