Capítulo 6 No cantes victoria tan fácil

Stuart

Una vez que Liam llegó al hospital con los documentos legales e hicimos las presentaciones formales, desplegó el documento sobre la mesa de Arthur para proceder con la firma.

—Como ve, señorita Calloway —explicó mi amigo y abogado en su habitual tono profesional—, el contrato es por un mes a prueba. Recibirá cinco mil dólares pasado el plazo. Si pasa la prueba podrá contar con todas las prestaciones de Leirman Capital como cualquier empleado, entre esas el seguro médico de cobertura total para su hijo Leo.

—¿Esto puede ser así de fácil? —preguntó la amiga de Lily con los brazos cruzados y una desconfianza que me dan ganas de mandarla a buena parte.

—Ya te dije, fiera. Todo está más claro que el agua —intervino Arthur, disfrutando el intercambio.

—Caras vemos, corazones no sabemos, “doctorcito”.

—Tranquila, Clarita, sabes que lo hago por mi bebé —la calmó Lily, tomando la lapicera del escritorio sin dudar—. Señor Leirman, gracias por la oportunidad.

Firmó al pie de la página. Su firma era un trazo suave y delicado, como si fuera la rúbrica de una artista.

—Ahora, ¿será posible que antes de irnos pase a ver a mi bebé? —pidió mirándome a los ojos.

—Claro, es lo menos que podemos hacer antes de mandarla a las bestias —soltó Liam con una sonrisa burlona. Y ahora al que quiero mandar a la mismísima mierda es a él.

—Deja de asustarla —le reclamé, dándole un golpe seco en el brazo—. Señorita, vaya a ver a su hijo mientras yo termino de hablar con Arthur.

Las dos muchachas salieron de la consulta, mientras nosotros nos quedamos a solas con los dos idiotas de mis amigos.

—Ahora dime, ¿cuál es la situación real del pequeño? —le pregunté a Arthur en cuanto la puerta se cerró.

Arthur suspiró y se acomodó en su sillón. Me contó que los conoce desde hace dos años, cuando Lily llegó con el niño en brazos a la sala de urgencias. Nos detalló la falta de oxígeno en el parto, el retraso en su desarrollo y el vía crucis de internaciones que sufría. Nos habló de cómo esa madre ha enfrentado sola —bueno, con la ayuda de la loca de su amiga— la enfermedad del niño, trabajando día y noche sin quejarse jamás.

—Creo que eso es todo, hermano —concluyó Arthur—. De verdad que Lily se merece el trabajo. Y si con mis dos sobrinos es la mitad de paciente que con Leo, estoy seguro de que los va a conquistar.

—Eso espero, idiota, porque ya no doy más —admití pasándome una mano por la cara—, sobre todo pensando en que pronto comenzarán las clases y necesito cierto orden.

—Bueno, Liam, vamos —dije poniéndome de pie.

—Sí, claro, vamos a buscarla antes de que se arrepienta —añadió el abogado.

—¡Liam! —le reclamamos Arthur y yo al mismo tiempo.

Al final, los tres salimos caminando por los pasillos rumbo a la sala de pediatría donde estaba el pequeño de Lily. Cuando llegamos, las encontramos sentadas al lado de la camita individual que daba directamente al ventanal.

—Lily dice que la luz del sol le ayuda a mejorar a Leo —nos comentó Arthur en un susurro, pero yo simplemente entré a la habitación sin tomarlo en cuenta.

Al pararme frente a la cama, algo dentro de mi pecho hizo que el corazón me diera un vuelco extraño.

—Wow… si no fuera porque conozco hasta la última peca de Ethan, diría que ese pequeño es él —soltó Liam de pronto. Arthur, por primera vez, pareció recién notarlo y frunció el ceño.

El pequeño debía tener un año menos que mis hijos y de verdad que se parecía a Ethan. Los rasgos de la nariz, la forma de las cejas… Aunque su cabello era un poco más oscuro y su palidez lo hacía ver como un pequeño espectro en medio de las sábanas blancas.

—Estoy lista, señor Leirman —me dijo Lily levantándose de la silla. Se inclinó sobre la cama y besó la frente de su hijo con una devoción tan pura que hizo que nuevamente se me pararan los vellos de los brazos.

—Vendré todos los días, mi amor, y la tía Clarita estará visitándote también —le susurró al oído, aunque el niño dormía.

—Yo también lo estaré vigilando —soltó Arthur con voz suave, haciendo que la amiga lo secara con la mirada.

—Gracias, doctor. Y tú no pelees con todo el mundo —le pidió Lily a Clara, dándole un abrazo apretado—. Nos vemos en unos días.

—Cuídate, amiga —respondió Clara, echándome una última mirada de advertencia.

Salimos del hospital. Mientras Liam se subía al asiento del copiloto de mi camioneta, yo le abrí la puerta trasera a Lily para que subiera, y luego me acomodé en el lugar del piloto. A través del retrovisor noté que ella se quedaba estática, sin colocarse el cinturón de seguridad. Tal y como solía hacerlo con los mellizos, estiré la mano hacia atrás para ayudarla.

—¿Qué… qué hace? —preguntó ella sobresaltada, pegándose contra el respaldo.

—Seguridad ante todo —respondí.

Quedamos frente a frente, a escasos centímetros, casi respirando el mismo aire. Ella me sostuvo la mirada un segundo antes de tomar el cinturón de mi mano para engancharlo por sí misma.

—Lo siento… no viajo mucho en automóvil —murmuró despejando su garganta.

No dije nada más. Encendí el motor y salimos rumbo a Medina. Media hora después, frenaba frente al pórtico de la mansión.

—Es hermosa —soltó Lily mirando la imponente fachada de piedra y cristal cuando nos bajamos.

—Y espere a verla por dentro, le va a encantar —intervino Liam bajando del coche.

Lo miré de reojo.

—¿Liam?

—¿Mmm?

—¿No tienes trabajo en la firma?

—Pero yo quiero ver el desma… a mis sobrinos.

—Puedes venir otro día —lo reprendí sin dejar espacio a réplicas.

Eché a mi idiota amigo de la propiedad y caminé junto a Lily hacia la entrada principal. Al cruzar el umbral del recibidor, noté algo extraño: había demasiado silencio. Y en esta casa, el silencio absoluto solo significaba una cosa: peligro inminente.

Estaba a punto de advertirle a Lily cuando escuché un grito agudo de guerra desde el piso superior, seguido por el sonido de un mecanismo liberándose. Antes de que pudiera reaccionar, una baldeada de agua helada cayó desde el tragaluz directamente sobre nosotros, empapándonos de la cabeza a los pies.

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