Capítulo 10

Las palabras degradantes de Guillermo me motivaron a completar la tarea a como diera lugar.

Estaba ansiosa por terminar con esto y al final decirle: "¡En tu cara, imb*cil!".

Por supuesto, en verdad no se lo diría a la cara; solo podía decirlo en mi mente, aunque realmente deseaba decirle lo que pensaba.

Me esforcé más y dediqué prácticamente todo mi tiempo.

Comí bocadillos y fideos instantáneos y me llevé la mayoría de los documentos a casa para seguir trabajando.

Apenas dormía lo suficiente y, a decir verdad, estaba más que exhausta.

El viernes por la mañana, Isidora se acercó a mi escritorio.

“Amelia, ¿el señor Soriano vino a regañarte otra vez?”.

Fruncí el ceño. "¿Regañarme? Hoy no lo he visto".

“¿En serio? Me lo encontré hace unos minutos. Salió de aquí”. Isidora señaló la puerta.

Suspiré.

Seguramente había venido a burlarse de mí.

El lunes tenía que darle la sorpresa de su vida.

"¿Y si te estaba espiando? ¡Vaya! Creo que le gustas".

“Claro que no. Simplemente no puede esperar para despedirme si no logro completar este proyecto”.

Isidora se entristeció.

"Lo siento mucho, Amelia. Te causé muchos problemas y no puedo ayudarte".

Levanté la vista y me dio tristeza la expresión de culpa en su rostro.

"Vamos, te has disculpado durante días. Está bien; no te culpo por esto. Lo entiendo".

"¿Qué hice para merecer una amiga como tú?", murmuró. "¿Ya desayunaste?".

Negué con la cabeza.

"Entonces yo te invito. Te conseguiré algo rápidamente", dijo y se marchó.

Mientras todos tenían el sábado y el domingo libres, yo estaba trabajando en mi computadora.

El domingo yo era la única en la compañía.

Había elegido trabajar aquí para que mi madre y mi hermana no me distrajeran.

Me pregunté brevemente cómo sería mi vida si me despidieran mañana.

Tendría que empezar a buscar trabajo de nuevo, y a gastar mis ahorros.

No volvería a ver a Guillermo y recordaría constantemente nuestra aventura de una noche.

Por algunos minutos pensé en lo que haría si me despidieran.

De repente, escuché unos pasos pesados.

Pasé saliva.

Recordé que yo era la única persona en el edificio y traté de no entrar en pánico.

Podrían ser solo los guardias de seguridad.

Alcé la mirada y vi a Guillermo entrar con elegancia.

Nunca me había fijado en los hombres con traje, pero siempre que veía a Guillermo en uno sentía cosas que no quería sentir.

"Buena tarde, señor".

“Tenía la sensación de que todavía estarías aquí trabajando, en vano”, comenzó a decir.

Puse los ojos en blanco.

Aquí íbamos de nuevo.

¿No podía mantener la boca cerrada y solo verse guapo?

"Si no puedes terminar, detente y descansa un poco".

Si no lo conociera, pensaría que se estaba preocupando por mí; aunque no percibí ningún desdén o desprecio en su voz.

“Lo terminaré y lo tendrás en tu oficina mañana por la mañana”, le aseguré.

Él asintió y se fue.

Decidí que mantener mi trabajo era lo mejor para mí, así que me quedé despierta toda la noche.

A las siete de la mañana en punto terminé el proyecto.

Bostecé y me limpié los ojos, luego guardé los archivos y me dirigí a su oficina.

Me pregunté si ya estaría allí. Miré a través de la puerta de vidrio y lo vi sentado en su silla.

¿Cuándo había entrado?

Toqué y su voz respondió desde adentro:

"Adelante".

Abrí la puerta y entré.

"Buenos días, señor. Ya terminé", dije y coloqué los papeles sobre su mesa.

Extendió la mano y los hojeó rápidamente.

“La reunión de licitación es a las nueve y realmente no tengo tiempo para revisar que no haya errores. Espero que no haya ninguno porque podría manchar el nombre de la empresa”.

Tragué saliva.

Había trabajado aquí durante tres años, así que estaba segura de que no había ningún error.

"Lo entiendo, señor. Y puedo garantizar que no habrá ningún problema".

Se puso de pie y dijo: “Imprimiré varias copias. Por ahora, ve allá”. Guillermo señaló el lado izquierdo de su oficina. “Hay un baño. Date una ducha”.

"¿Que me dé una ducha?". Crucé los brazos sobre mi pecho al instante.

¿Qué diablos planeaba hacerme?

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