Capítulo 1 1
―¿Quién fue el genio que puso peonías frescas junto a un velo de ciento veinte años?
La mujer frente a mí abrió los ojos.
―Yo.
Miré las flores.
Luego la miré a ella.
―Perfecto. Entonces puedo reclamarle directamente.
Su boca tembló.
―Soy Rima Al-Sahir.
―Ameyali Córdova. Y esas flores salen de aquí antes de que atraigan insectos.
Rima tomó el florero.
―Empiezas fuerte.
―Apenas llevo veinte minutos en Sahmir. Dame tiempo.
Una voz masculina sonó detrás de mí.
―Las peonías fueron idea mía.
Me giré.
No necesitaba presentación.
Zayen Al-Sahir tenía ese tipo de presencia que hacía que una sala pareciera acomodarse alrededor de él. Alto, traje oscuro sin corbata, barba corta, expresión demasiado tranquila.
Emir de Sahmir.
Dueño del palacio.
Y, al parecer, enemigo natural de los textiles antiguos.
―Entonces el reclamo cambia de destinatario ―dije.
Rima se tapó la boca con una mano.
Zayen miró el florero que ella sostenía.
―Me dijeron que las flores no tocarían las piezas.
―Los insectos no suelen pedir permiso.
―Tampoco tú, por lo visto.
―Me contrataron para conservar la colección, no para fingir que todo está bien por cortesía.
Sus ojos recorrieron mi bata de trabajo, los guantes y la mesa donde había extendido el primer velo.
―¿Siempre hablas así con quien firma tus contratos?
―Solo cuando coloca amenazas biológicas junto a seda histórica.
Rima soltó una risa.
Zayen la miró.
―Te divierte.
―Muchísimo.
Yo señalé el corredor.
―Las flores, por favor.
Rima obedeció.
Zayen no sonrió, pero estuvo cerca.
―Tienes noventa días aquí, señorita Córdova.
―Ameyali.
―Ameyali.
La forma en que dijo mi nombre fue más lenta de lo necesario.
―Noventa días ―repitió.
―Exactamente. Después vuelvo a México.
―Pareces muy segura.
―Tengo un taller que me espera.
―Y una colección que todavía no conoces.
―Eso se arregla leyendo inventarios. Lo otro requiere un boleto de regreso.
Por primera vez sonrió.
Pequeño.
Peligroso.
―Veremos.
El taller provisional ocupaba una sala luminosa en el ala cultural del palacio. Control de humedad, mesas amplias, lámparas regulables, archivadores y casi todo lo que había solicitado desde Puebla.
Casi.
―Falta el papel japonés de doce gramos ―dije.
Rima revisó una carpeta.
―Llega mañana.
―También faltan dos bandejas de conservación.
―Esta tarde.
―Y alguien colocó incienso en el corredor.
―Eso fue mi tía.
―Tu familia está intentando matarme lentamente.
Rima se rio.
―Te acostumbrarás.
―No vine a acostumbrarme.
―Noventa días.
―Veo que todos memorizaron la cifra.
―Zayen la repitió cuatro veces durante la reunión de esta mañana.
Me detuve.
―¿Por qué?
Rima fingió revisar papeles.
―Ni idea.
―Mentirosa.
―Historiadora.
Mi teléfono vibró.
Bárbara.
Respondí en videollamada.
Mi prima apareció despeinada, sosteniendo una taza enorme.
―Enséñame al emir.
―Hola, Bárbara. Yo también estoy bien.
―¿Está guapo?
Rima respondió antes que yo.
―Sí.
―Traición internacional ―dije.
Bárbara abrió los ojos.
―¿Quién es ella?
―La mujer que acaba de arruinarte la sorpresa.
―Rima, prima del emir.
―Te amo, Rima.
Corté la llamada.
Rima sonrió.
―Tu familia parece entretenida.
―Eso dices porque todavía no conoces el grupo de WhatsApp.
Rima me llevó después a mis habitaciones.
Esperaba un cuarto sencillo.
Encontré una sala, dormitorio, baño y una terraza desde donde se veía el mar.
―Esto es demasiado.
―Es alojamiento de trabajo.
―Mi alojamiento de trabajo en México tiene una cafetera vieja que amenaza con incendiarse.
Rima dejó mi maleta junto al sofá.
―Zayen aprobó este apartamento.
―¿Personalmente?
―Personalmente.
―Eso no me tranquiliza.
―Todavía no sabes cuánto disfruta controlando detalles.
―Yo disfruto discutiéndolos.
―Ya lo notó.
La miré.
―¿Dijo algo?
―Preguntó cuánto tiempo tardaste en aceptar el contrato.
―¿Y?
―Le dije que tres días.
―Fueron dos.
―Peor para él.
Me asomé a la terraza. Sahmir brillaba bajo la tarde, completamente ajena todavía.
Noventa días.
Podía hacerlo.
Rima se apoyó en la puerta.
―Por cierto, mañana cenamos con el equipo.
―¿Eso también lo aprobó Zayen?
―No.
―Excelente. Prefiero la cena.
A las ocho de la noche seguía trabajando.
No debía.
Llevaba horas de viaje encima y tenía la espalda protestando, pero la primera caja contenía un velo azul con manchas antiguas de humedad y no quería dejarlo sin estabilizar.
Escuché pasos.
―Si vienes con flores, te saco.
Zayen apareció en la puerta.
―Vengo desarmado.
―Bien.
Entró sin escolta.
Sin Rima.
Eso lo hacía parecer menos emir y más problema.
―¿Todavía aquí?
―Trabajo.
―Eso ya lo veo.
―Entonces la pregunta era decorativa.
Se acercó a la mesa.
―¿Qué le pasa?
―Humedad antigua, fibras debilitadas y una reparación bastante torpe.
―La hizo mi abuela.
Levanté la vista.
―Retiro lo de torpe.
―Cobarde.
―Diplomática.
Él soltó una risa baja.
No esperaba que me gustara.
Me concentré en el velo.
―Necesito revisar el borde interior.
Zayen se inclinó ligeramente.
―¿Puedo?
―Mirar, sí. Tocar, no.
―Es mío.
―Durante noventa días es mi paciente.
―¿Paciente?
―Si le ayuda a obedecer.
Se quedó observándome mientras trabajaba.
Eso empezó a irritarme.
O a distraerme.
No tenía claro cuál de las dos cosas era peor.
―¿Siempre miras así? ―pregunté.
―¿Así cómo?
―Como si estuvieras evaluando una amenaza.
―Estoy evaluando a alguien que lleva menos de un día aquí y ya expulsó flores, incienso y casi a mí mismo de una sala.
―Todavía estoy considerando lo último.
―Eso sería complicado.
―Solo porque tienes llaves.
Zayen apoyó una mano en la mesa.
Quedó cerca.
Demasiado cerca para un hombre con el que acababa de discutir por peonías.
Su perfume era seco, madera y algo cítrico.
Dato innecesario.
Mi cuerpo lo archivó igual.
―¿Por qué aceptaste venir? ―preguntó.
―Dinero.
Una ceja subió.
―Directa.
―Mi taller necesita equipo. Este contrato paga lo suficiente para recuperarlo.
―¿Y después?
―Regreso a Puebla.
―Sin considerar quedarte.
―No vine a buscar una nueva vida.
―Ni a conocer gente.
―Puedo conocer gente sin mudarme de continente.
Su mirada bajó a mi boca.
Solo un instante.
Lo suficiente.
―Eso suena más flexible.
―No leas demasiado.
―Todavía no.
Ese “todavía” me dio ganas de empujarlo fuera del taller.
O algo menos prudente.
Me puse de pie.
―¿Necesitas algo?
Zayen tardó un segundo en responder.
―Una carta.
―¿De esta colección?
―Sí.
―Descríbela.
―Sobre verde oscuro. Sello dorado.
Busqué en la bandeja recién clasificada.
La encontré.
―No puedes abrirla hoy.
―Necesito leerla.
―Y yo necesito que no la rompas.
―Ameyali.
―Zayen.
Sus ojos se estrecharon apenas al escuchar su nombre sin título.
―Eso fue rápido.
―Necesitaba llamar tu atención.
―La tienes desde que entraste.
Silencio.
Mi pulso se movió de forma poco profesional.
Levanté la carta protegida entre dos hojas.
―Mañana podré separar las fibras sin dañarla.
―¿A qué hora?
―Después de las nueve.
―Desayuna conmigo a las siete.
Lo miré.
―¿Eso qué tiene que ver con la carta?
―Nada.
―Entonces no.
―¿No desayunas?
―No contigo por orden.
―No fue una orden.
―Sonó idéntica.
Zayen retrocedió un paso.
―De acuerdo. ¿Quieres desayunar conmigo mañana a las siete?
La corrección me hizo sonreír.
―Lo pensaré.
―Eso no es un no.
―Aprendes rápido.
Caminó hacia la puerta.
Antes de salir se giró.
―Noventa días.
―Otra vez.
―Quiero comprobar una cosa.
―¿Cuál?
Su mirada regresó a mi boca antes de encontrar mis ojos.
―Si vas a pasar los noventa recordándome que te marchas o si en algún momento vas a empezar a preguntarte qué podría hacer que quisieras quedarte una noche más.
