Capítulo 2 2

―¿Siempre invitas a desayunar a las mujeres que acabas de conocer?

Zayen levantó la vista de su taza.

―Solo a las que amenazan mis flores.

―Entonces tu criterio necesita ayuda.

Me senté frente a él.

Había decidido aceptar por una razón estrictamente profesional: quería hablar de la carta verde antes de empezar a trabajar.

Eso me repetí durante todo el camino.

La terraza estaba casi vacía, salvo por una mesa servida con pan caliente, fruta, quesos y café.

Demasiado café.

―¿Cómo sabes cómo lo tomo?

―Ayer bebiste tres tazas.

―Eso no significa que puedas memorizarlo.

―No sabía que estaba prohibido.

Probé el café.

Exacto.

Poca leche. Sin azúcar.

Molesto.

―Esto no es una cita.

―No sabía que necesitábamos definirlo.

―Lo necesito yo.

―Entonces no es una cita.

―Perfecto.

―Aunque viniste.

Lo miré.

―Por la carta.

―Claro.

Su boca se curvó.

Tuve ganas de lanzarle una servilleta.

Zayen cumplió su palabra y no habló de quedarse, noches adicionales ni ninguna otra cosa que pudiera complicar mi desayuno.

Durante aproximadamente cuatro minutos.

―¿Vives sola en Puebla?

Dejé el pan.

―Eso no tiene relación con el velo azul.

―Lo sé.

―Ni con la carta.

―También.

―Entonces estás interrogándome.

―Conversando.

―La diferencia es que en una conversación ambas personas preguntan.

Zayen inclinó la cabeza.

―Pregunta.

―¿Por qué no confías en mí?

No esperaba que su expresión cambiara tan rápido.

―No he dicho que no confíe.

―Supervisas personalmente un proyecto que tiene tres especialistas, una historiadora y un fotógrafo.

―La colección contiene material privado.

―Eso ya lo sé.

―Entonces también sabes la respuesta.

―No. Sé la excusa.

Silencio.

Quizá había empujado demasiado.

No me arrepentí.

Zayen dejó la taza.

―Hace años permití que alguien tuviera acceso a cosas que consideraba privadas. Después aparecieron en entrevistas.

Ahí estaba.

No una confesión completa.

Suficiente.

―¿Una pareja?

―Sí.

―Lo siento.

―No necesito compasión.

―No te la ofrecí.

Me miró.

―¿Qué ofreciste?

―Entender por qué te comportas como una cerradura con piernas.

Zayen soltó una carcajada.

Fuerte.

Real.

Dos empleados al fondo de la terraza giraron la cabeza.

―Eso fue ofensivo.

―También exacto.

―Empiezo a preocuparme por lo mucho que disfrutas insultarme.

―Yo me preocuparía por lo fácil que lo haces.

La carta estaba lista a las nueve y veinte.

Zayen apareció en el taller cinco minutos antes.

―Puntual.

―Dijiste después de las nueve.

―Eso no significa acampar junto a la puerta.

―No estaba acampando.

―Traes café.

―Eso se llama previsión.

―Y dos tazas.

―Eso se llama educación.

Acepté la mía.

Mal precedente.

La carta había respondido bien al tratamiento.

Separé las fibras con cuidado y levanté la capa protectora.

―Ahora puedes leer.

Zayen se colocó a mi lado.

No demasiado cerca.

Lo noté precisamente porque no lo hizo.

La carta estaba escrita en árabe antiguo.

Él empezó a leer.

Su rostro se endureció en la segunda línea.

Luego cambió.

No supe ponerle nombre.

Dolor quizá.

O memoria.

Me aparté para darle espacio.

―Quédate ―dijo.

La palabra me frenó.

No sonó como una orden.

Volví a la mesa.

Zayen terminó de leer en silencio.

―¿Era importante?

―Mi abuela escribió esto a mi madre antes de casarse.

No pregunté detalles.

Él siguió hablando.

―Le decía que no confundiera deber con renuncia.

Miré la carta.

―Buena frase.

―Mi madre no siempre la siguió.

―Nadie sigue buenos consejos todo el tiempo.

―¿Tú sí?

―Jamás.

Su sonrisa fue breve.

―Eso sí te lo creo.

Rima entró media hora después acompañada de Ilyar.

El fotógrafo traía una cámara, una carpeta y una sonrisa demasiado fácil.

―Por fin conozco a la mujer que expulsó las peonías.

―Ya circula la historia.

―En dos versiones.

―¿Cuál es la peor?

―La que dice que amenazaste al emir.

Zayen habló desde detrás de mí.

―Esa es la verdadera.

Ilyar lo saludó.

―Majestad.

―Ilyar.

El tono se volvió más seco.

Interesante.

Rima me entregó el calendario de documentación.

―Ilyar fotografiará las piezas estabilizadas.

―Perfecto.

―Y necesita que le indiques qué puede mover.

―Más perfecto todavía.

Ilyar sonrió.

―¿Eso significa que obedeceré órdenes tuyas?

―Si quieres conservar los dedos.

―Me agradas.

Zayen cerró la carpeta que tenía en las manos.

Demasiado fuerte.

Lo miré.

Él me sostuvo la mirada.

Casi sonreí.

Trabajar con Ilyar resultó fácil.

Preguntaba antes de tocar.

Sabía moverse alrededor de una mesa de conservación.

Y, mejor aún, no tenía palacio.

A media tarde acercó una lámpara mientras yo revisaba una costura.

―¿Así?

―Un poco más abajo.

La movió.

―¿Aquí?

―Perfecto.

―Sabía que conseguiría uno de esos.

―No te emociones.

―Ya es tarde.

Escuché pasos.

No necesité mirar.

Zayen.

―¿Interrumpo?

―Sí ―respondí.

Ilyar se rio.

―Estamos terminando.

Zayen observó la lámpara.

Luego la distancia entre Ilyar y yo.

―Puedo volver más tarde.

―Eso sería sensato.

No se fue.

Claro.

Ilyar recogió la cámara.

―Mañana traigo las primeras pruebas.

―A las nueve.

―Y café.

―Eso mejora tu evaluación.

―Lo sabía.

Cuando salió, esperé.

Zayen miró el café vacío sobre mi mesa.

―¿Te sobornó?

―Con éxito.

―Barato.

―No todo el mundo necesita impresionar con palacios.

―No intento impresionarte.

―Qué alivio.

―¿Él sí?

Sonreí.

―¿Estás celoso?

―No.

Demasiado rápido.

―Claro.

―No empieces.

―Ni siquiera dije nada.

―Tu cara sí.

Mordí el interior de mi mejilla para no reírme.

―Esto va a ser divertido.

―Para ti.

―Muchísimo.

Al final de la tarde revisé el vestido de la madre de Zayen.

La seda estaba peor de lo que parecía.

Él se quedó en silencio mientras yo examinaba el cuello.

―Necesitará semanas.

―Tenemos tiempo.

―Tengo noventa días.

―Sigues recordándolo.

―Es mi contrato.

―También es una fecha.

Levanté la vista.

―No conviertas eso en otra conversación incómoda.

―No iba a hacerlo.

―Mentiroso.

―Solo iba a preguntar si todos tus trabajos tienen fecha de salida marcada con tanta precisión.

―Los internacionales, sí.

―¿Y las personas?

La pregunta me sorprendió.

―¿Qué personas?

―Las que conoces cuando viajas.

Me quité los guantes.

―No vine a Sahmir para tener una historia.

―Eso no responde.

―Responde suficiente.

Zayen se acercó a la mesa.

―¿Hay alguien esperándote en México?

―Mi taller.

―Ameyali.

―¿Qué?

―Sabes lo que pregunté.

Lo miré.

―No.

Algo cambió en sus ojos.

Pequeño.

Satisfecho.

―No pongas esa cara.

―¿Cuál?

―La de hombre al que acaban de regalar información útil.

―Solo pregunté.

―Y ahora sabes.

―Sí.

―No significa nada.

―Todavía.

Mi pulso tropezó.

―Esa palabra otra vez.

―Te molesta.

―Porque parece que estás planeando algo.

El silencio que siguió fue incómodo de una forma nueva. No porque faltaran cosas que decir, sino porque había demasiadas. Bajé la mirada al vestido y fingí revisar una costura que ya había revisado tres veces. Zayen no se movió.

―¿Siempre te quedas callada cuando algo te afecta?

―Solo cuando la alternativa es decir una estupidez.

―Me gustaría escucharla.

―Eso confirma que tienes demasiado tiempo libre.

―Soy emir. Puedo reorganizarlo.

Solté una risa antes de poder evitarlo.

―Eso ha sido obscenamente arrogante.

―Pero funcionó.

―¿Qué cosa?

―Hacerte reír cuando estabas intentando recordar por qué deberías mantenerme lejos.

Y eso resultaba mucho más peligroso.

Zayen se acercó un paso.

No más.

―Estoy intentando no hacerlo.

―¿No hacer qué?

Sus ojos bajaron a mi boca.

―Planear qué tendría que pasar para que un desayuno deje de parecerte peligroso y una noche empiece a parecerte demasiado corta.

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