Capítulo 3 3
―¿Cancelaste una reunión por venir a verme trabajar?
Zayen dejó una carpeta sobre la mesa.
―No.
―Rima dice que sí.
―Rima exagera.
―Rima dijo: “Mi primo acaba de mover una reunión de cuarenta minutos porque la restauradora mexicana pidió acceso al vestido de su madre”.
Zayen me miró con absoluta calma.
―Eso no prueba nada.
―Prueba que tienes pésimas coartadas.
―La reunión sigue existiendo.
―A otra hora.
―Exacto.
Crucé los brazos.
―Eso se llama reorganizar tu día por mí.
―Eso se llama priorizar una pieza importante.
―La pieza estuvo aquí veinte años.
―Y tú llevas cuatro días.
Sonreí despacio.
―Peor para tu defensa.
Su boca se curvó.
―¿Siempre interrogas así?
―Solo cuando alguien insiste en fingir que no hace cosas evidentes.
―Entonces tendré que volverme más discreto.
―Eso sonó a amenaza.
―Era estrategia.
Me puse los guantes.
―Quédate callado y quizá sobrevivas.
―No prometo nada.
El vestido marfil descansaba sobre una mesa baja, protegido por una tela neutra.
Zayen se quedó al otro lado.
―Hoy voy a revisar costuras internas.
―¿Puedo ayudar?
―¿Sabes coser?
―No.
―Entonces puedes admirar desde lejos.
―Me gusta cuando eres amable.
―No te acostumbres.
Levanté con cuidado una sección del forro.
La seda cedió más de lo esperado.
―Maldición.
Zayen se inclinó.
―¿Qué pasó?
―La tensión está peor aquí.
―¿Se rompió?
―Todavía no.
―Eso no sonó tranquilizador.
―Porque no lo es.
Busqué una lupa.
Zayen acercó la lámpara antes de que se lo pidiera.
Me detuve.
―Eso estuvo bien.
―Voy a anotar la fecha.
―No abuses.
―Demasiado tarde.
Trabajamos en silencio unos minutos.
Era raro.
Más raro aún que no me molestara.
―Tu madre usó este vestido más de una vez ―dije.
―Sí.
―Hay reparaciones antiguas en las mangas.
―Ella odiaba guardar ropa.
―Me cae bien.
Zayen sonrió.
―También discutía mucho.
―Me cae mejor.
―Eso explica cosas.
Levanté la vista.
―¿Qué cosas?
―Por qué sigues encontrando motivos para quedarte cerca de este vestido.
―Porque es mi trabajo.
―Claro.
―No pongas esa cara.
―¿Cuál?
―La de hombre que cree haber descubierto una verdad profunda.
―No es profunda.
―¿Entonces?
―Te gusta cuidar cosas que otros creen demasiado viejas, demasiado frágiles o demasiado complicadas.
Mis manos se quedaron quietas.
―Eso fue inesperadamente específico.
―Te observo.
―Ya lo noté.
―Y tú a mí.
―Eso no está probado.
Zayen apoyó una mano en el borde de la mesa.
―Ayer miraste mis manos cuatro veces.
Mi cara se calentó.
―Estabas cerca de la tela.
―Dos veces no estaba tocando nada.
―¿Las contaste?
―Sí.
―Eso es preocupante.
―Muchísimo.
Me reí.
Y odié que empezara a gustarme hacerlo con él.
Ilyar apareció después del mediodía con una carpeta fotográfica.
―Tengo pruebas.
―¿De qué? ―pregunté.
―De que trabajo.
Zayen miró la carpeta.
―Sorprendente.
Ilyar sonrió.
―Majestad, tu cariño me sostiene.
―Qué tragedia.
Me entregó las fotografías.
―Mira la del velo azul.
Me acerqué.
Ilyar se colocó a mi lado.
―Aquí se ve mejor la pérdida de fibra.
―Sí. Y esta sombra ayuda.
Señalé una esquina.
―Puedes repetir este ángulo mañana.
―Hecho.
Zayen carraspeó.
Lo miré.
―¿Necesitas algo?
―No.
Ilyar levantó una ceja.
Yo sonreí.
―Otra vez.
―¿Otra vez qué? ―preguntó Zayen.
―Tu mandíbula.
―Mi mandíbula está perfectamente bien.
Ilyar se echó a reír.
―Eso no sonó convincente.
Zayen lo miró.
―¿No tienes trabajo?
―Sí, pero esto es mejor.
―Fuera.
―Qué sensible.
Ilyar recogió la cámara.
―Mañana, Ameyali.
―A las nueve.
―Con café.
―Eso te mantiene contratado.
Ilyar salió.
Esperé tres segundos.
―No estás celoso.
―Correcto.
―Y por eso casi expulsas a un fotógrafo de una sala que necesita fotografiar.
―Hablaba demasiado.
―Eso tampoco te gusta de mí.
―Contigo es distinto.
La respuesta llegó demasiado rápido.
Silencio.
―¿Distinto cómo?
Zayen me sostuvo la mirada.
―Contigo quiero que sigas hablando incluso cuando me irritas.
Mi pulso hizo algo molesto.
―Eso fue casi bonito.
―No era mi intención.
―Bien. Ya me estaba preocupando.
Rima apareció con una carpeta nueva.
―Cambio de plan.
―Eso nunca anuncia nada bueno.
―Necesitamos revisar tres piezas en Qamar.
Zayen levantó la vista.
―¿Cuándo?
―La próxima semana.
―¿Qué es Qamar? ―pregunté.
Rima sonrió.
―Una residencia familiar en el desierto.
―No.
―Ni siquiera expliqué.
―Tiene arena. Ya escuché suficiente.
―Las piezas se almacenaron allí durante décadas.
Miré a Zayen.
―¿Esto estaba en el contrato?
―Sí.
―¿En la letra pequeña?
―Anexo cuatro.
―Odio el anexo cuatro.
Rima se rio.
―Serán dos días.
―Eso dicen antes de que todo salga mal.
Zayen cerró la carpeta.
―Irás con un equipo completo.
―¿Tú también?
―Sí.
―Claro.
Rima me miró.
―Qué tono tan decepcionado.
―Era resignación.
―Parecía otra cosa.
―Vete.
―Con gusto.
Antes de salir del taller revisé el itinerario que Rima había dejado. Dos noches en Qamar. Transporte de piezas al amanecer. Habitaciones separadas. Equipo técnico reducido. Faris, dos asistentes, Ilyar y nosotros.
Nosotros.
La palabra parecía más problemática escrita.
Zayen apareció a mi lado.
―Estás leyendo como si el documento hubiera insultado a tu familia.
―Dos noches.
―Eso dice.
―Rima dijo dos días.
―Llegamos por la mañana y volvemos al tercero.
―Eso son dos noches.
―Sé contar.
―Empiezo a sospechar que demasiado bien.
Su hombro rozó el mío cuando se inclinó sobre el itinerario.
Me aparté medio paso.
No porque quisiera distancia.
Precisamente por lo contrario.
―¿Habitaciones separadas? ―preguntó.
Giré la cabeza.
―¿Esperabas otra cosa?
―No.
―Sonaste decepcionado.
―Soné curioso.
―Tu curiosidad necesita supervisión.
Zayen señaló una línea.
―También habrá una cena de trabajo.
―¿En el desierto?
―La gente come allí.
―Qué descubrimiento cultural.
―Intento prepararte.
―Para la comida puedo prepararme sola.
―No hablaba de la comida.
Levanté la vista.
Él ya estaba mirándome.
―Entonces habla claro.
―Todavía no.
―Cobarde.
―Paciente.
La palabra volvió a quedarse entre nosotros con demasiada intención.
Y mal aconsejado.
Al final del día salí al patio para llamar a Bárbara.
Contestó en pijama.
―¿Ya pasó algo?
―Tu definición de saludo es preocupante.
―¿El emir te besó?
―No.
―¿Te tocó?
―Tampoco.
―Qué novela tan lenta.
―Llevo cuatro días aquí.
―Precisamente.
Le conté lo de Qamar.
Bárbara se incorporó.
―Desierto.
―Sí.
―Residencia aislada.
―Con equipo.
―Claro.
―No empieces.
―No hice nada.
―Tu cara sí.
―Aprendes rápido.
Corté antes de que siguiera.
Cuando me giré, Zayen estaba a varios metros.
―¿Escuchaste?
―Solo “desierto” y algo sobre una novela lenta.
Me tapé la cara.
―Quiero morir.
―Preferiría que no. El contrato sería complicado.
―Tu empatía conmueve.
Se acercó.
―¿Te preocupa Qamar?
―No.
―Mentira.
―No te emociones por acertar una.
―No me preocupa la arena.
―¿Entonces?
Lo miré.
―Estar fuera del palacio cambia las reglas.
Zayen se quedó quieto.
―¿Qué reglas?
―Las que estamos intentando no romper.
Su expresión perdió el humor.
―Ameyali.
―¿Qué?
―Yo no necesito un desierto para querer besarte.
La frase me atravesó con una claridad incómoda.
―Eso no ayuda.
―No pretendía ayudar.
―Entonces ¿qué pretendías?
Zayen se acercó un paso.
No más.
―Que no llegues a Qamar creyendo que la tormenta, la distancia o una residencia aislada van a crear algo que ya está aquí.
Tragué.
―¿Y qué está aquí?
Sus ojos bajaron a mi boca.
―Ochenta y seis días, demasiadas reglas y unas ganas cada vez menos educadas de descubrir cuánto tardarías en dejar de contar los días si una sola noche conmigo te hiciera olvidar por qué querías irte.
