Capítulo 4 4

―¿Por qué hay un vestido en mi habitación con una nota que dice “Zayen pidió que vinieras”?

Rima dejó de revisar el inventario.

―Porque hay una cena esta noche.

―Eso explica la cena. No el vestido.

―El vestido lo elegí yo.

―¿Y la nota?

―También.

La miré.

―Te estás divirtiendo demasiado.

―Llevo años esperando que alguien haga perder la paciencia a mi primo sin terminar expulsado del palacio.

―Qué bonito sentirme útil.

Rima sonrió.

―Además, necesitas salir del taller antes de convertirte en parte de la colección.

―Tengo trabajo.

―Tienes ojeras.

―Eso también es trabajo.

―A las ocho.

―No prometo nada.

―Zayen dijo que dirías eso.

Levanté la cabeza.

―¿Hablaron de mí?

―Cinco minutos.

―Eso es demasiado.

―Fueron seis.

Le lancé un guante.

A las ocho y diez entré en la terraza interior con el vestido puesto.

Era azul oscuro, sencillo, con la espalda descubierta hasta donde seguía siendo elegante.

Zayen estaba junto a una mesa pequeña.

Solo.

Me detuve.

―¿Dónde está el resto?

―¿Qué resto?

―La gente de la cena.

―Rima.

―La voy a matar.

Zayen sonrió.

―Entonces sí viniste.

―Porque pensé que era trabajo.

―Puede serlo.

―Hay dos platos.

―Trabajo eficiente.

Di media vuelta.

―Buenas noches.

―Ameyali.

Me detuve.

―No es una cita si no quieres que lo sea.

―Eso suena exactamente a algo que diría un hombre intentando tener una cita.

―Entonces podemos hablar de textiles durante toda la cena.

―Eso sería peor.

Su risa me alcanzó antes de que pudiera seguir caminando.

Me giré otra vez.

―Una hora.

―Acepto.

―Y no vas a decir nada sobre besarme.

―Eso limita mucho la conversación.

―Zayen.

―Una hora.

Me senté.

Error estratégico.

La comida llegó sin ceremonia.

Nada de veinte personas entrando y saliendo.

Solo pan, pescado, verduras especiadas y una botella de agua fría.

―¿No hay protocolo? ―pregunté.

―Lo despedí por esta noche.

―¿Se puede despedir un protocolo?

―Soy emir. Puedo intentarlo.

―Eso fue obscenamente arrogante.

―Te gustó.

―Me hizo gracia. No confundas.

Zayen sirvió agua.

―¿Qué extrañas de México?

La pregunta me tomó desprevenida.

―Mi taller.

―Eso ya lo sé.

―Mi cama.

―Eso me interesa menos.

―Mentiroso.

Una ceja subió.

―Continúa.

Sonreí.

―La comida de mi tía. El ruido de la calle. Que nadie me llame señorita Córdova como si estuviera a punto de firmar una sentencia.

Pensé en Bárbara, en el ruido de las combis frente al taller, en la señora del local vecino que siempre me guardaba pan dulce y en mi mesa manchada de adhesivo. Sahmir era hermoso, pero todavía se sentía prestado. Zayen me observó sin interrumpir.

―También extraño que nadie note cuándo estoy pensando demasiado.

―Eso aquí va a ser difícil.

―¿Por ti?

―Principalmente yo.

―Puedo llamarte Ameyali.

―Ya lo haces demasiado bien.

Silencio.

Maldita boca.

Zayen dejó la jarra.

―¿Eso fue un cumplido?

―Fue un accidente.

―Los mejores suelen serlo.

―No te acostumbres.

―También dices eso mucho.

―Porque aprendes lento.

―No en todo.

Su mirada bajó a mi boca.

Mi cuerpo recordó la mano en mi cintura.

Ridículo.

―¿Y tú? ―pregunté―. ¿Qué haces cuando nadie necesita nada de ti?

Zayen tardó.

―Cocino.

Me reí.

―No.

―Sí.

―No te creo.

―¿Por qué?

―Porque tienes un palacio lleno de cocineros.

―Precisamente. Nadie entra en la cocina privada cuando estoy allí.

―¿Tienes cocina privada?

―Tengo demasiadas habitaciones privadas.

―Problemas de emir.

―Terribles.

―¿Qué cocinas?

―Mal.

Eso me hizo reír otra vez.

―Por fin una habilidad que no dominas.

―Hay varias.

―Nómbralas.

Zayen se inclinó un poco hacia mí.

―Paciencia contigo.

Dejé el tenedor.

―Eso sonó peligroso.

―Era una observación.

―Tus observaciones necesitan supervisión.

―También tú.

―Imposible.

―Lo sé.

Después de cenar me llevó a una pequeña cocina detrás de la terraza.

―Esto no estaba en el acuerdo.

―Dijiste que no me creías.

―Sobreviviré sin pruebas.

―Demasiado tarde.

Se arremangó la camisa.

No debería haber mirado.

Miré.

Antebrazos.

Venas.

Manos.

Datos inútiles.

Zayen abrió un armario.

―Haré café.

―Eso no es cocinar.

―Estoy empezando por una victoria segura.

―Ni siquiera sabes cómo lo tomo.

Se quedó quieto.

Lo miré.

―No digas nada.

―Sin azúcar. Poca leche.

―Eso es inquietante.

―Observación.

―Obsesión incipiente.

―Todavía no.

Ahí estaba otra vez.

Todavía.

Me apoyé en la encimera.

―¿Por qué haces eso?

―¿Qué?

―Dejas frases a medias como si quisieras que yo complete la parte peligrosa.

Zayen se giró.

―Porque siempre la completas.

―No.

―Acabas de llamarlo obsesión.

―Era una broma.

―¿Y si no me molestó?

El espacio pareció reducirse.

―Entonces tienes un problema.

―Puede ser.

Se acercó con la taza en la mano.

Me la ofreció.

Nuestros dedos se rozaron.

No fue accidente.

Tampoco fue exactamente intención.

Pero ninguno retiró la mano.

―Primera regla ―murmuré.

―No te estoy tocando.

―Tus dedos están sobre los míos.

―Tú tampoco te has movido.

Mi pulso se aceleró.

―Eso no prueba nada.

―Prueba que el café puede esperar.

Zayen dejó la taza sobre la encimera sin apartar los ojos de mí.

Esta vez no levantó la mano.

No preguntó si podía tocarme.

Solo esperó.

La decisión quedó de mi lado.

Eso era peor.

Levanté la mano y acomodé el cuello de su camisa.

No necesitaba acomodo.

Él lo supo.

―Ameyali.

―Estaba torcido.

―Mentira.

―Pequeña.

―Peligrosa.

Sus dedos rozaron mi muñeca.

―¿Puedo?

Asentí.

Su mano cerró alrededor de mi muñeca, suave, y deslizó el pulgar por la parte interna.

Nada indecente.

Nada que justificara el calor subiéndome por el cuerpo.

―Esto cuenta como tocarme.

―Me diste permiso.

―Eso no significa que debas disfrutarlo.

―No puedo prometer eso.

Mi respiración cambió.

Zayen acercó mi mano hasta su pecho.

No más.

Sentí el latido bajo la tela.

Rápido.

No era el único afectado.

―Creí que los emires no se ponían nerviosos.

―Creí que las restauradoras no mentían.

―Yo no estoy nerviosa.

―Tu pulso discrepa.

―El tuyo también.

Una sonrisa lenta apareció.

―Entonces estamos empatados.

Retiré la mano antes de olvidar por qué debía hacerlo.

―Se acabó la hora.

Zayen miró el reloj.

―Hace doce minutos.

―Rima tendrá que indemnizarme.

―Yo pagaré.

―No todo se arregla con dinero.

La frase cambió su expresión.

―Lo sé.

No había defensa.

Eso me sorprendió.

Tomé el bolso.

―Gracias por la cena.

―Pensé que no era una cita.

―No lo era.

―¿Y si quisiera una?

Me detuve junto a la puerta.

―Te diría que es una mala idea.

―No pregunté si era buena.

―Entonces no preguntes.

Zayen se quedó donde estaba.

―No lo haré esta noche.

―Excelente.

―Pero sí voy a decir algo.

Suspiré.

―Claro.

―Cuando llegaste pensé que noventa días serían suficientes para cansarme de discutir contigo.

―¿Y?

―Ahora llevo cuatro intentando encontrar razones para alargar las conversaciones.

Me quedé quieta.

―Eso sí parece tu problema.

―Lo era.

―¿Era?

Zayen apoyó una mano en el marco, lejos de mí.

―Hasta que entraste con ese vestido, te sentaste conmigo una hora que se convirtió en más y después pusiste tu mano sobre mi pecho sin que yo te lo pidiera.

Mi cara ardió.

―Fue el cuello de tu camisa.

―Por supuesto.

―Buenas noches.

Abrí la puerta.

Su voz me alcanzó antes de salir.

―Sigue llamándolo accidente si quieres, Ameyali. Yo voy a empezar a llamarlo la primera vez que tú también buscaste una excusa para tocarme.

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