Capítulo 5 5
―¿Por qué tu jefe de seguridad acaba de decirme que necesito autorización para cruzar un pasillo?
Faris, detrás de mí, no pareció ofendido.
Zayen sí pareció divertido.
―Porque ese pasillo lleva al ala privada.
―Y el cinturón del vestido de tu madre está ahí.
―Exacto.
―Entonces necesito entrar.
―Exacto.
Lo miré.
―Estás disfrutando esto.
―Muchísimo.
Faris carraspeó.
―Majestad, ¿la autorización?
Zayen tomó una tarjeta de la mesa y me la entregó.
―Temporal. Solo para hoy.
―Qué emocionante. Siempre quise una credencial que dijera “no robes recuerdos familiares”.
―No dice eso.
―Debería.
Faris abrió la puerta.
―Agradezco que no dé ideas.
El ala privada era más silenciosa que el resto del palacio.
Nada de vitrinas.
Nada de flores estratégicas.
Solo fotografías, libros usados de verdad y una colección absurda de tazas desiguales sobre una repisa.
Me detuve.
―¿Esas son tuyas?
Zayen siguió mi mirada.
―Algunas.
―Tienes una con un camello vestido de astronauta.
―Fue un regalo.
―Espero que de un enemigo.
―De Rima.
―Eso explica todo.
Una risa baja escapó de él.
Faris caminaba varios pasos detrás, fingiendo no escucharnos.
―¿Siempre viene contigo?
―Cuando salgo de áreas controladas.
―Estamos dentro de tu casa.
―Faris tiene una definición amplia de peligro.
―Trabajo con agujas. Tiene razón.
Faris habló sin cambiar la expresión.
―Por fin alguien lo comprende.
Zayen lo miró.
―Te estás volviendo demasiado hablador.
―Culpa de la restauradora.
―No acepto responsabilidad ―dije.
Llegamos a una habitación cerrada con llave.
Zayen se quedó quieto antes de abrir.
Lo noté.
―Si no quieres que entre, puedo buscar otra forma de documentar la pieza.
―Quiero que entres.
―Eso sonó menos sencillo de lo que debería.
―Porque no lo es.
Abrió.
La habitación olía a madera y tela guardada.
Había cajas etiquetadas, un tocador antiguo y una chaise longue cubierta con una sábana.
No parecía un almacén.
Parecía una habitación que alguien había dejado esperando.
―Era de tu madre.
Zayen asintió.
―Después de su muerte nadie quiso mover sus cosas durante años.
No pregunté quién era “nadie”.
Abrí mi estuche.
―¿Dónde viste el cinturón?
Zayen señaló un armario.
Dentro encontramos tres cajas largas.
La segunda contenía una pieza de seda azul y marfil con el mismo bordado del vestido.
―Es esta.
Zayen se acercó.
―La recuerdo.
―¿La usaba mucho?
―Solo en celebraciones.
Levanté la pieza con ambas manos.
―Está mejor conservada que el vestido.
―¿Eso es bueno?
―Muy bueno. Puede ayudarnos a reconstruir el patrón perdido sin inventar nada.
Sus ojos se iluminaron apenas.
―¿Entonces podrás completar el conjunto?
―Podré acercarlo a lo que fue.
―Otra vez evitando la palabra salvar.
―No salvo cosas. Las acompaño hasta que vuelven a sostenerse solas.
Zayen me miró de una manera que no tenía nada que ver con el cinturón.
―Eso explica demasiado.
―No empieces.
―No dije nada.
―Tus ojos hicieron un ensayo completo.
Sonrió.
Una mota de polvo me hizo estornudar. Faris apareció con un pañuelo. ―También amenaza al polvo ahora.
Cuando terminamos, Faris se adelantó para coordinar el traslado seguro del cinturón.
Zayen y yo nos quedamos solos.
No debería haber importado.
Importó.
Me acerqué a una fotografía sobre el tocador.
Zayen aparecía mucho más joven, con una mujer de cabello oscuro y una niña pequeña.
―Tu madre.
―Sí.
―¿Y ella?
―Mi hermana, Laleh.
―La que vive en Londres.
―La misma.
Sonreí al ver al adolescente Zayen.
―Tenías el cabello horrible.
Él se acercó.
―Tenía diecisiete.
―No es defensa.
―Tú seguramente fuiste impecable.
―A los diecisiete me teñí una franja roja porque Bárbara dijo que parecía rebelde.
―¿Parecías?
―Parecía que había perdido una apuesta.
Zayen se rio.
La habitación dejó de sentirse triste durante unos segundos.
―Me gusta escucharte hablar de México.
La frase me encontró desprevenida.
―¿Por qué?
―Porque cambias.
―¿Cómo?
―Te olvidas de que estás contando los días.
Me crucé de brazos.
―No estoy contando cada minuto.
―Solo cada día.
―Tengo un contrato.
―Lo sé.
―Y una vida allá.
―También.
―Entonces no pongas esa cara.
―No sé qué cara tengo.
―La de hombre al que le molesta una fecha que aceptó antes de conocerme.
Zayen no respondió.
Eso fue respuesta suficiente.
Volvimos al taller después del mediodía.
Ilyar estaba preparando el fondo para fotografiar el cinturón.
―¿Encontraron el tesoro?
―Sí.
―¿Y sobreviviste al ala privada?
―Apenas. Vi una taza con un camello astronauta.
Ilyar soltó una carcajada.
Zayen murmuró algo en árabe.
―¿Qué dijo? ―pregunté.
Ilyar sonrió.
―Nada que pueda traducir sin perder mi empleo.
―Cobarde.
―Profesional.
Zayen tomó una carpeta.
―¿Ya terminaron?
―Majestad, ni empezamos.
―Entonces trabajen.
Ilyar esperó a que Zayen se alejara.
―Está de buen humor.
―Eso era buen humor.
―Créeme.
―Qué inquietante.
Trabajamos hasta tarde.
Cuando Ilyar se fue, yo seguí revisando fotografías.
Zayen reapareció con dos platos.
―Comida.
―No tengo hambre.
―Eso dijiste ayer a las cuatro y luego robaste pan de la bandeja de Rima.
Levanté la vista.
―¿Quién te contó?
―Rima.
―Tu familia necesita secretos mejores.
Dejó un plato junto a mí.
―Come.
―Eso fue una orden.
Zayen suspiró.
―¿Quieres cenar?
―Sí.
―Gracias.
―Aprendes.
―Lentamente, según tú.
Comimos junto a la mesa de conservación.
Nada elegante.
Nada parecido a la cena anterior.
Eso lo hizo más íntimo.
―¿Por qué no trajiste el vestido aquí antes? ―pregunté.
―Porque no quería abrir esa habitación.
―Y hoy sí.
―Hoy tú necesitabas entrar.
Lo miré.
―Eso no debería bastar.
―No bastó.
―Entonces ¿qué cambió?
Zayen dejó el tenedor.
―Confié en que mirarías lo necesario y no intentarías quedarte con lo que no te pertenece.
La frase me golpeó.
―Gracias.
―No fue un cumplido pequeño.
―Lo sé.
El silencio se instaló entre nosotros.
Después él señaló una mancha de polvo en mi mejilla.
―Tienes algo.
Me limpié del lado equivocado.
―¿Aquí?
―No.
Volví a intentarlo.
Zayen soltó una risa.
―¿Puedo?
Asentí.
Su pulgar rozó mi mejilla.
Solo eso.
La caricia duró menos de un segundo.
Mi cuerpo decidió recordarla completa.
Zayen retiró la mano.
―Ya.
―Gracias.
―De nada.
No miramos la comida.
―Esto empieza a ser un problema ―dije.
―¿El polvo?
―Tú.
Su expresión cambió.
―Eso sí fue directo.
―Me estoy especializando.
―¿Qué parte de mí es el problema?
―La que aprende a escuchar cuando te digo algo.
―Pensé que eso era bueno.
―Lo es.
―Entonces no entiendo.
―Exacto.
Me levanté con el plato.
Zayen también.
―Ameyali.
―No.
―Ni pregunté.
―Precisamente.
Él sonrió.
―Mañana llega el itinerario definitivo de Qamar.
Mi estómago hizo algo absurdo.
―Qué bien.
―Dos noches.
―Ya sé contar.
―Yo también.
―Eso me preocupa.
Zayen tomó mi plato y lo dejó junto al suyo.
―No voy a cruzar ninguna línea que tú no quieras cruzar.
―Lo sé.
Y ahí estaba el problema.
Si fuera arrogante, sería fácil.
Si ignorara mis límites, también.
Pero cada vez que esperaba, cada vez que preguntaba, cada vez que se apartaba cuando yo lo pedía, dejaba la decisión demasiado cerca de mis manos.
―Buenas noches, Zayen.
Caminé hacia la puerta.
―Ameyali.
Me giré.
―¿Qué?
Su voz bajó.
―Cuando lleguemos a Qamar no voy a pedirte una noche conmigo.
Mi pulso tropezó.
―Perfecto.
Zayen sostuvo mi mirada.
―Porque si alguna vez ocurre, quiero que seas tú quien deje de contar los días, cierre la puerta y me diga que esa noche la elegiste tú.
