Capítulo 6 6

―Si vuelves a decirme que llevo demasiada ropa, te dejo en el palacio.

Ilyar miró mi maleta y luego el pequeño bolso que llevaba él.

―Vamos dos noches, Ameyali. No a colonizar Qamar.

―Llevo materiales.

―Eso dicen todos los que empacan cuatro pares de zapatos.

―Dos son de trabajo.

―¿Y los otros?

―Para pisarte.

Faris, junto al vehículo, disimuló una sonrisa.

Zayen no se molestó.

―Déjala. Si quiere llevar media Puebla al desierto, tenemos espacio.

Lo miré.

―No necesito defensa.

―No te defendí. Protegí a Ilyar.

―Agradecido, Majestad ―dijo él.

Rima apareció con una carpeta y una bolsa de pan dulce que había encargado preparar “según instrucciones mexicanas”, lo cual ya me preocupaba.

―Inventario, permisos y teléfonos satelitales. Y tú ―me señaló― comes durante el trayecto.

―Qué obsesión tienen todos con alimentarme.

―Porque ayer cenaste a las once.

Zayen abrió la puerta del vehículo.

―Sube.

Lo miré.

Él cerró los ojos un segundo.

―¿Quieres subir?

Sonreí.

―Mucho mejor.

Faris tosió.

―Va progresando.

―Todos contra mí esta mañana ―murmuró Zayen.

―Es formación continua ―dije.

El viaje comenzó con Ilyar delante, Faris conduciendo y Zayen y yo atrás. Había espacio suficiente para no rozarnos.

Lo usamos mal.

Durante la primera hora, cada curva encontraba alguna excusa para que nuestras rodillas se tocaran. Al principio me aparté. Después dejó de parecer urgente.

Zayen miró por la ventana.

―No tienes que fingir que fue la carretera.

―No finjo nada.

―Tu rodilla lleva cinco minutos sobre la mía.

Bajé la vista.

Cierto.

La retiré.

―Problema resuelto.

―No dije que fuera un problema.

―Tu ego necesita menos alimento que yo.

―Imposible.

Ilyar giró desde el asiento delantero.

―¿Puedo pedir que continúen cuando no tenga que escucharlos?

―No ―respondimos al mismo tiempo.

Faris soltó una risa breve.

―Ahora entiendo por qué Rima decidió quedarse.

La ciudad desapareció poco a poco. Después vinieron kilómetros de tierra clara, montañas bajas y un cielo limpio que parecía demasiado grande.

Saqué el itinerario.

―¿Cuánto falta?

―Dos horas ―dijo Faris.

―Perfecto.

Zayen señaló mi mochila.

―¿Trajiste agua?

―Sí.

―Protector solar.

―Sí.

―Pañuelo.

―Sí.

―¿Sabes usarlo?

Lo miré.

―Es tela. Mi profesión gira alrededor de ella.

―Eso no responde.

Saqué el pañuelo de la mochila.

―Ilumíname.

Zayen tomó la tela, pero no se acercó.

―¿Puedo?

La pregunta fue tan automática que me irritó de la peor manera.

Porque me gustó.

Asentí.

Se inclinó hacia mí y pasó el pañuelo por detrás de mi cuello. Sus dedos rozaron apenas mi nuca mientras acomodaba la tela.

Mi respiración se detuvo.

Ridículo.

Era un pañuelo.

Un pañuelo no debía saber lo que hacían unas manos grandes cerca de mi garganta.

―Aquí ―murmuró―. Si hay viento, cubres nariz y boca sin apretarlo demasiado.

―Podría hacerlo sola.

―Lo sé.

―Entonces estás aprovechándote de una demostración innecesaria.

―También lo sé.

Sus nudillos rozaron mi mandíbula.

No se apartó de inmediato.

Yo tampoco.

Ilyar carraspeó desde delante.

―Aviso profesional: sigo aquí.

―Mira la carretera ―dijo Zayen.

―No conduzco.

―Encuentra otra cosa que mirar.

Me reí y eso rompió el momento.

Un poco.

Qamar apareció después del mediodía, una construcción baja de piedra clara rodeada de palmeras, muros gruesos y terrazas que daban al desierto.

No era un palacio.

Eso ayudaba.

Hasta que vi a Zayen quitarse la chaqueta y remangarse la camisa para ayudar con las cajas.

Eso no ayudaba nada.

―Majestad ―dijo Faris―, tenemos personal para eso.

―Yo también tengo brazos.

Ilyar levantó una caja.

―Confirmado.

―No lo animes ―dije.

Zayen tomó otra y me miró.

―¿Estás observando mis brazos otra vez?

Casi dejé caer la carpeta.

―Estaba verificando que no cargaras mal una pieza.

―La caja está vacía.

Ilyar soltó una carcajada.

Traidor.

Entré primero.

El interior estaba fresco. Las habitaciones rodeaban un patio central con una fuente seca y mosaicos gastados. Mi espacio estaba al final del corredor, frente al de Rima cuando ella visitaba la residencia.

Zayen ocupaba otra ala.

Muy bien.

Distancia.

Civilización.

Esperanza.

Duró veinte minutos.

La primera pieza almacenada en Qamar tenía una capa fina de arena dentro de la caja exterior.

―No la movemos hoy ―dije.

Zayen se agachó a mi lado.

―¿Es grave?

―No todavía. Pero quiero revisar las tres antes de decidir qué viaja mañana.

Abrí la caja con Zayen sosteniendo la lámpara portátil.

―Más a la izquierda.

La movió.

―¿Así?

―Un poco.

―Eres insoportable con las instrucciones.

―Y tú eres pésimo recibiéndolas.

Me incliné para revisar el sello interior. Una hebra de mi cabello se enganchó en el botón de su manga.

―Espera ―dijo.

Intenté apartarme y tiré de mi propio pelo.

―Ay. No, no, no.

―Quédate quieta.

―No uses ese tono.

―Ameyali, estás literalmente atada a mi camisa.

Eso me hizo reír justo cuando él intentaba liberar la hebra. Sus dedos quedaron junto a mi cuello. Demasiado cerca.

―Puedo cortarlo ―dijo.

―Ni se te ocurra.

―Es un cabello.

―Es mi cabello.

―Entendido. Objeto protegido.

―Aprendes.

Consiguió soltarlo sin romperlo y dejó la hebra sobre mi hombro.

―Ya está.

No se apartó.

Yo tampoco.

―Zayen.

―Sí.

―La lámpara.

Parpadeó, como si hubiera olvidado que la sostenía.

―Claro.

Sonreí.

―Esto va a ser larguísimo.

―Solo llevamos una hora.

Faris apareció en la puerta.

―Tenemos otro problema.

―¿Qué pasó? ―preguntó Zayen.

―Cambió el viento. La tormenta que esperábamos mañana por la noche llegará antes.

Me puse de pie.

―¿Cuánto antes?

―Esta madrugada.

Zayen miró las cajas.

―Podemos regresar ahora.

Negué.

―No después de abrir esta. Si hay arena dentro, tengo que revisar sellos y humedad antes de mover nada.

―Ameyali, las piezas pueden esperar.

―Precisamente no.

Su mandíbula se tensó.

―No voy a arriesgarte por tres cajas.

―Y yo no voy a subirlas a un vehículo sin saber si el movimiento va a terminar de dañar lo que ya está comprometido.

Nos miramos.

Ahí estaba.

La primera discusión seria desde que había aprendido a preguntar.

Zayen respiró por la nariz.

―¿Cuánto necesitas?

―Dos horas.

Faris negó.

―En dos horas la carretera puede no ser segura.

―Entonces el equipo se va ahora ―dije―. Yo me quedo.

Zayen soltó una risa sin humor.

―Eso no va a pasar.

―No puedes decidirlo por mí.

El silencio cayó de golpe.

Su expresión cambió.

No por enojo.

Porque había entendido.

Zayen miró a Faris.

―Saca al personal que no sea necesario. Ilyar también.

―¿Y tú? ―pregunté.

Volvió los ojos hacia mí.

―Yo decido por mí.

―Qué conveniente.

―Muchísimo.

Faris miró el cielo por la ventana.

―Si nos quedamos, podríamos quedar aislados hasta que limpien la carretera.

―¿Cuánto tiempo? ―pregunté.

―Una noche. Tal vez dos.

Zayen se acercó lo suficiente para que solo yo oyera el tono bajo de su voz.

―Querías que Qamar no cambiara las reglas.

―Sí.

―Entonces no las cambiará.

―Bien.

Sus ojos bajaron a mi boca.

―Pero si vas a quedarte encerrada conmigo mientras una tormenta cubre la carretera, deja de mirarme como si ya estuvieras pensando cuál quieres romper primero.

Capítulo anterior
Siguiente capítulo