Capítulo 7 7

―Si vuelves a acercarte así mientras intento trabajar, voy a cobrarte por distracción.

Zayen sostuvo la lámpara sin moverse.

―¿La tarifa es por minuto o por pensamiento inapropiado?

Lo miré.

―Acabas de empeorar tu situación.

―Entonces era lo segundo.

Faris entró antes de que pudiera responder.

―La primera camioneta sale en diez minutos. Ilyar insiste en quedarse.

―Claro que insiste ―murmuré.

Como si lo hubiéramos invocado, Ilyar apareció detrás de él con su cámara colgada al cuello.

―Necesitan documentación.

―Necesitamos que no termines atrapado aquí por una tormenta ―dijo Faris.

―También puedo tomar fotos durante tormentas.

―Desde el vehículo.

Ilyar me señaló.

―Dile algo.

―Sube a la camioneta.

Su cara cayó.

―Traición.

―Supervivencia.

Zayen sonrió.

―Empiezo a gustar de este equipo.

―No te emociones ―dije―. Tú también podrías irte.

―No.

Una palabra.

Sin discusión.

Lo irritante fue que no estaba decidiendo por mí. Estaba decidiendo por él.

Faris miró a Zayen.

―Majestad, si se queda, yo me quedo.

―Necesito que acompañes al equipo.

―Necesitas seguridad.

―Estoy en una residencia cerrada, con comunicaciones y personal mínimo.

Faris apretó la mandíbula.

―No me gusta.

―Lo sé.

Yo levanté una mano.

―Por favor, no conviertan esto en una competencia masculina sobre quién se sacrifica más. Tengo dos sellos que revisar y poco tiempo.

Ilyar soltó una carcajada.

Faris no.

Diez minutos después, la casa quedó extrañamente silenciosa.

Se fueron Ilyar, los asistentes y dos empleados de apoyo. Solo permanecieron una cocinera mayor llamada Samira, un encargado de mantenimiento, Zayen y yo.

Y el viento.

Al principio era un murmullo.

Después empezó a golpear las ventanas.

Terminé de revisar la segunda caja y cerré la tapa.

―Esta puede moverse cuando pase la tormenta.

Zayen anotó algo en la hoja.

―¿Y la tercera?

―Quiero abrirla mañana.

―Eso significa que terminaste.

―Eso significa que terminé por hoy.

―Perfecto.

―No pongas esa cara.

―¿Cuál?

―La de hombre que acaba de ganar una discusión que nunca ocurrió.

―Estoy celebrando que vas a comer antes de medianoche.

―Tu vida es tristísima.

Un golpe de arena contra los cristales me hizo girar.

La luz parpadeó.

Luego otra vez.

―Eso no estaba en el folleto turístico.

Zayen dejó la carpeta.

―Ven.

―¿A dónde?

―Al patio interior. Quiero enseñarte cómo cierran las contraventanas antes de que se vaya la electricidad.

―Sé cerrar una ventana.

―Estas pesan casi tanto como tú.

―Eso ha sido ofensivo en dos direcciones.

―Y eficiente.

Lo seguí.

La tormenta había convertido el patio en una caja de ruido. El cielo visible sobre el techo abierto estaba amarillo y oscuro al mismo tiempo.

Zayen cerró una contraventana y me indicó la siguiente.

―Empuja desde abajo.

―No me des órdenes.

Se quedó mirándome.

―¿Quieres ayudarme a cerrar esto antes de que terminemos comiendo arena?

―Sí.

―Empuja desde abajo.

―Mucho mejor.

Lo hice.

La madera cedió de golpe.

Perdí el equilibrio.

Zayen me sujetó por la cintura.

No fue un roce.

Sus dos manos quedaron firmes a cada lado de mi cuerpo y mi espalda chocó contra su pecho.

El aire se me salió.

―¿Estás bien?

Su boca estaba demasiado cerca de mi oído.

―Sí.

No me soltó.

Yo tampoco se lo pedí.

El viento golpeó otra ventana.

Zayen bajó la mirada hacia mi cuello.

―Ameyali.

―No empieces.

―No he dicho nada.

―Precisamente.

Sus dedos se ajustaron apenas sobre mi cintura.

El gesto fue mínimo.

Mi cuerpo lo interpretó como si hubiera hecho algo mucho peor.

Me giré dentro de sus brazos.

Error.

Quedé frente a él.

Muy frente a él.

Su camisa estaba abierta en el cuello. Una estupidez de detalle. Una estupidez aún mayor fue mirar.

―Estás haciendo eso otra vez ―dijo.

―¿Qué?

―Mirarme como si estuvieras discutiendo contigo misma.

―Voy ganando.

―No parece.

Puse una mano en su pecho para apartarme.

La dejé ahí.

Zayen miró mis dedos.

―Esa excusa ya la usaste.

―Esta vez sí te estoy empujando.

―No estás haciendo mucha fuerza.

―Cállate.

Su sonrisa desapareció.

No por enojo.

Porque mi mano se había deslizado apenas.

Sentí el calor de su piel bajo la camisa.

Tragué.

Él no me tocó más de lo que ya me estaba tocando.

Eso era lo peor.

Esperaba.

Otra vez.

―¿Quieres que me aparte? ―preguntó.

Podía haber dicho sí.

No lo hice.

―Quiero terminar de cerrar las ventanas.

―Eso no fue lo que pregunté.

―Es la respuesta que tienes.

Zayen sostuvo mi mirada unos segundos.

Después abrió las manos y retrocedió.

La falta de contacto me molestó de inmediato.

Maravilloso.

Cerramos el resto de la casa sin incidentes.

Mentira.

Hubo demasiados momentos en los que su brazo rozó el mío y uno particularmente absurdo en el que me incliné para asegurar un pestillo y descubrí que él estaba detrás.

No dijo nada.

Yo tampoco.

Mi cuerpo sí tuvo una conversación completa.

Cuando volvimos a la cocina, Samira había dejado una olla y una nota antes de retirarse a sus habitaciones.

―Dice que calentemos esto ―tradujo Zayen.

―¿Sabes hacerlo o debo llamar a Rima?

―Sé usar una estufa.

―Después de tu confesión sobre cocinar mal, necesito pruebas.

Se arremangó.

Otra vez los antebrazos.

Qué necesidad.

―Si sigues mirando, voy a empezar a cobrarte yo.

―Estaba viendo si te ibas a quemar.

―Claro.

Me senté sobre la encimera mientras él encendía el fuego.

―¿Qué es?

―Estofado de cordero.

―Huele bien.

―Samira cocina desde antes de que yo naciera.

―Entonces sobreviviremos.

―Tu fe en mí es conmovedora.

La electricidad se apagó.

Nos quedamos a oscuras.

―Retiro lo dicho.

Zayen rió.

Escuché cajones abrirse. Un momento después encendió una lámpara de aceite.

La luz le marcó media cara.

No ayudó.

―No me mires así ―dijo.

―Otra vez con eso.

―Ahora sí sé qué cara tienes.

―Ilumíname.

Se acercó.

Yo seguía sentada en la encimera.

Eso nos dejó casi a la misma altura.

―La cara de alguien que lleva cinco días diciéndome que todo esto es una mala idea y acaba de quedarse completamente sola conmigo en una casa cerrada por una tormenta.

―No estoy sola. Samira está aquí.

―En el ala opuesta.

―Detalles.

Zayen apoyó las manos en la encimera, una a cada lado de mis caderas.

No me tocó.

Ni siquiera un centímetro.

Mi respiración cambió igual.

―Puedo moverme ―dije.

―Sí.

―Tú también.

―Sí.

Ninguno lo hizo.

El viento rugió contra los muros.

Yo bajé la vista a su boca.

Esta vez no fingí que no.

Zayen lo notó.

―Ameyali.

―¿Qué?

Su voz salió más baja.

―Si vuelves a mirarme la boca así, no voy a adivinar qué quieres.

Levanté los ojos.

―¿Y qué vas a hacer?

Zayen se quedó inmóvil, tan cerca que podía sentir su respiración.

―Preguntarte si quieres que te bese.

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