Capítulo 8 8
―Preguntarme si quieres que te bese.
El viento golpeó las contraventanas.
Yo seguía sentada en la encimera, con Zayen entre mis rodillas y sus manos apoyadas a ambos lados de mis caderas sin tocarme.
Podía decir que no.
Debería.
―¿Y si digo que sí?
No sonrió.
Eso me puso más nerviosa que cualquier provocación anterior.
―Entonces te beso.
―Respuesta muy elaborada.
―Estoy intentando no arruinarla.
―¿La pregunta?
―El momento.
Tragué.
Sus ojos no abandonaron los míos.
―Sí.
Zayen se quedó quieto.
―Necesito una frase completa, Ameyali.
Solté una risa corta.
―Eres insoportable.
―Y tú estás evitando responder.
―Sí, quiero que me beses.
Esta vez se movió.
Una mano llegó a mi cintura. La otra subió despacio hasta mi mandíbula, dándome tiempo de apartarme.
No lo hice.
Su boca rozó la mía primero.
Nada parecido a lo que llevaba días imaginando.
Fue peor.
Porque fue suave.
Porque comprobó mi reacción antes de volver.
Y porque cuando lo hizo por segunda vez, yo fui quien lo agarró de la camisa y lo acercó.
Zayen soltó el aire contra mi boca.
El beso cambió.
Su mano se cerró en mi cintura mientras yo hundía los dedos en la tela de su camisa. Me besó con una paciencia que duró exactamente hasta que le mordí el labio inferior.
Entonces dejó de ser paciente.
Me tomó de la nuca y profundizó el beso.
Abrí las piernas apenas para que pudiera acercarse más.
Mala decisión.
Muy buena decisión.
El calor de su cuerpo quedó entre mis muslos y tuve que contener un sonido que, por supuesto, él notó.
Zayen se apartó apenas.
―¿Eso estuvo bien?
―Si preguntas ahora, voy a golpearte.
Se rio contra mi boca.
―Lo tomaré como un sí.
―No te acostumbres.
―A esto sí pienso acostumbrarme.
Lo besé para que dejara de hablar.
Funcionó durante unos segundos.
Sus dedos bajaron desde mi cintura hasta mi cadera, firmes, sin avanzar más. Podía sentir cuánto se estaba conteniendo.
Eso me encendió más que si hubiera intentado ir demasiado lejos.
Me separé primero.
No mucho.
Lo suficiente para respirar.
―Esto es una pésima idea.
―Sí.
―No deberías estar de acuerdo tan rápido.
―¿Quieres que mienta?
―Quiero que seas razonable.
―Estás sentada en una encimera besando al emir que llevas cinco días intentando evitar.
―Seis.
Zayen parpadeó.
―¿Qué?
―Llevo seis días aquí.
Una sonrisa apareció lentamente.
―Estás contando.
―No por ti.
―Claro.
Lo empujé del pecho.
Esta vez sí hice fuerza.
Zayen retrocedió.
Yo bajé de la encimera y acomodé mi blusa con una dignidad que ya no existía.
―Vamos a cenar.
―¿Después de eso?
―Especialmente después de eso.
―Ameyali.
―No.
―Ni siquiera pregunté.
―Tu cara sí.
―Empiezo a odiar que uses mis propias frases.
―Aprendes cómo se siente.
Servimos el estofado en silencio.
Bueno, yo en silencio.
Zayen parecía peligrosamente satisfecho.
―Si sonríes una vez más, te lanzo el pan.
―No estoy sonriendo.
―Te conozco desde hace seis días y ya sé cuándo mientes.
―Eso podría preocuparme.
―Debería.
La lámpara de aceite iluminaba apenas la mesa. Afuera, el viento seguía golpeando la casa. Dentro, cada vez que levantaba la vista, encontraba a Zayen mirándome la boca.
―Deja de hacer eso.
―¿Qué?
―Sabes qué.
―No.
―Mirarme como si quisieras repetirlo.
―Quiero repetirlo.
Casi me atraganté.
―¿No puedes fingir un poco de vergüenza?
―Puedo intentarlo mañana.
―Qué alivio.
Zayen cortó un trozo de pan.
―¿Te arrepientes?
La pregunta cambió algo.
Dejé la cuchara.
―No.
―Bien.
―Eso no significa que vaya a pasar otra vez.
―No dije nada.
―Lo ibas a decir.
―Iba a preguntar si quieres hablar de lo que acaba de pasar.
―Peor.
Se rio.
―Tienes una relación complicada con las conversaciones.
―Tengo una relación complicada con los hombres que convierten un beso en una reunión de seguimiento.
―Puedo hacer una presentación si prefieres.
Lo miré.
―Te odio un poco.
―No parecía.
Mi pie encontró su espinilla debajo de la mesa.
―Eso fue violencia diplomática.
―Denúnciame.
―¿Con quién?
―Rima.
―Está de tu lado.
―Faris.
―También.
―Qué sistema tan corrupto.
Nos reímos.
Y ahí estaba el verdadero problema.
No el beso.
No sus manos.
No el modo en que todavía podía sentir su boca.
Era lo fácil que empezaba a sentirse estar con él cuando ninguno intentaba ganar.
Después de cenar llevamos los platos a la cocina. Zayen lavó. Yo sequé.
―Jamás imaginé esto ―dije.
―¿Qué cosa?
―Al emir lavando una olla.
―Mi reputación no sobrevivirá.
―Voy a tomar una foto.
―Tu teléfono está en el salón.
―Puedo ir por él.
Zayen me lanzó una gota de agua.
Abrí la boca.
―Acabas de cometer un error.
―No fue intencional.
―Mentiroso.
Mojé los dedos bajo el grifo y le salpiqué la camisa.
Zayen bajó la mirada.
―Eso fue intencional.
―Demuestra que no.
Dos segundos después tenía su mano mojada alrededor de mi muñeca.
Me reí mientras intentaba escapar.
―Suéltame.
―Discúlpate.
―Jamás.
―Entonces tenemos un problema.
Tiré de la mano.
Zayen me atrajo.
Mi espalda chocó contra su pecho.
La risa desapareció.
Otra vez.
Su boca quedó junto a mi oído.
―Dime que pare.
No pude.
Giré dentro de sus brazos.
―No pares.
El segundo beso fue menos cuidadoso.
No porque faltara consentimiento.
Porque ya lo habíamos dado.
Sus manos recorrieron mi espalda y bajaron hasta mi cintura. Las mías subieron por su pecho, llegaron a sus hombros y después a su nuca.
Zayen me apoyó contra la encimera.
Su muslo quedó entre los míos.
Solté un jadeo.
Él se detuvo de inmediato.
―¿Bien?
Cerré los ojos.
―Sí. Solo... dame un segundo.
Zayen apoyó la frente contra la mía.
No intentó avanzar.
Eso debería haberme ayudado.
No ayudó nada.
―Sigues haciendo eso ―murmuré.
―¿Qué?
―Parar cuando te lo pido.
―¿Preferirías que no?
Abrí los ojos.
―No.
―Entonces no entiendo el problema.
―Ese es el problema.
Su pulgar acarició mi cintura una vez.
―Explícamelo.
Me aparté antes de decir algo estúpido.
Caminé hasta la ventana cerrada.
Afuera no se veía nada salvo arena chocando contra el cristal.
―Mañana seguirá la tormenta.
―Probablemente.
―Y estamos atrapados aquí.
―Sí.
―Sin Rima.
―Sí.
―Sin Faris.
―Ameyali.
Me giré.
Zayen ya no sonreía.
―No voy a usar una tormenta para conseguir nada de ti.
―Lo sé.
―Entonces ¿qué estás pensando?
Miré la cocina.
La lámpara.
Su camisa todavía mojada.
Su boca.
Y el contador ridículo dentro de mi cabeza.
Ochenta y cuatro días.
Luego México.
Luego cada uno a su vida.
Quizá precisamente por eso podía permitirme dejar de pensar una noche.
Caminé hasta él.
Zayen no se movió.
―Quiero poner una regla.
―Te escucho.
―Mañana volvemos a ser sensatos.
―Eso suena imposible.
―Zayen.
―Perdón. Continúa.
Mi corazón latía tan fuerte que me molestaba.
―Nada cambia mi fecha de regreso.
Su expresión perdió el humor.
―Entendido.
―Nada de promesas.
―Ameyali...
―Y cuando termine, no vas a intentar convertirlo en algo que yo no ofrecí.
Zayen me miró durante varios segundos.
―¿Qué estás ofreciendo?
Respiré hondo.
―Una noche.
Su mandíbula se tensó.
―No quiero una noche si vas a usarla para convencerte de que después no quieres nada más.
―No te estoy ofreciendo nada más.
―Entonces dímelo mirándome.
Lo hice.
―Una noche. Solo una.
Zayen se acercó hasta quedar frente a mí.
―Si abres esa puerta, Ameyali, no pienso fingir que mañana voy a desear menos.
