Capítulo 1 1
―¿Qué quieres decir con que aceptaste el trabajo en San Francisco?
Evan dejó la copa sobre la mesa como si acabara de contarme que había cambiado de gimnasio.
―Que empiezo en seis semanas.
Lo miré.
Detrás de él, Manhattan brillaba desde la terraza del restaurante donde supuestamente celebrábamos mi graduación.
Mi graduación.
La que ocurría mañana.
La que llevaba cuatro años esperando.
―¿Y cuándo pensabas decírmelo?
―Te lo estoy diciendo.
Solté una risa seca.
―No. Me estás informando.
Evan frunció el ceño.
―Dalia, no conviertas esto en una pelea.
―Aceptaste un trabajo al otro lado del país sin hablar conmigo.
―Es una oportunidad enorme.
―También lo es la mía.
Su silencio duró medio segundo.
Suficiente.
―¿Qué? ―pregunté.
―Nada.
―Evan.
Él suspiró.
―Tu puesto empieza en julio. Todavía podrías rechazarlo.
Me quedé inmóvil.
―¿Perdón?
―He estado viendo estudios en San Francisco. Hay opciones buenas para ti.
La incredulidad me subió hasta la garganta.
―¿Has estado buscando trabajos para mí?
―Solo alternativas.
―A un trabajo que ya tengo.
―Dalia, esto podría ser bueno para los dos.
―Para los dos o para ti.
Él se inclinó hacia mí.
―Somos pareja. Las decisiones grandes requieren sacrificios.
―Curioso. No recuerdo haber participado en la decisión grande.
―Sabía que te pondrías así.
Eso fue peor.
―¿Así cómo?
―A la defensiva.
―Acabas de reorganizar mi vida sin preguntarme.
―No la reorganizo. Estoy pensando en nuestro futuro.
―Nuestro futuro, según tú, tiene mi nombre escrito con lápiz.
Evan bajó la voz.
―No quiero discutir aquí.
―Yo tampoco quería descubrir aquí que mi novio considera negociable mi carrera.
Dos personas de la mesa vecina fingieron mirar el menú.
Perfecto.
Graduación, ruptura y público.
Un paquete completo.
―No dije que no importara ―respondió.
―Dijiste que podía rechazarla.
―Porque podemos construir algo mejor juntos.
―¿Y por qué lo mejor siempre está donde tú decides?
Su mandíbula se tensó.
―Esto es injusto.
―No. Injusto sería que yo aceptara un trabajo en Londres y te explicara después que ya investigué universidades para ti.
―No es comparable.
―Claro. Porque esta vez el sacrificio sería mío.
Evan tomó aire.
Lo conocía.
Tres años juntos me habían enseñado esa expresión.
Venía la frase razonable.
La que hacía parecer que yo era la impulsiva.
―Si no puedes considerar una vida conmigo fuera de Nueva York, quizá deberíamos preguntarnos qué estamos haciendo.
El restaurante desapareció un instante.
―¿Eso es una amenaza?
―Es una pregunta.
―Suena bastante a ultimátum.
―No quiero una relación donde cada oportunidad nos separe.
―Yo tampoco. Por eso se habla antes de aceptar.
Evan miró hacia la ciudad.
―Ya dije que sí.
Algo dentro de mí se acomodó.
No se rompió.
Peor.
Se ordenó.
Como una lista que finalmente deja claro qué elemento sobra.
Tomé mi bolso.
―Entonces ya elegiste.
―Dalia.
Me levanté.
―Mañana me gradúo. El lunes empiezo a preparar el ingreso al estudio que soñé durante cuatro años. No voy a disculparme por no tirar eso a la basura porque tú decidiste mudarte.
Evan también se puso de pie.
―¿Vas a terminar tres años por un empleo?
―Tú acabas de arriesgarlos por uno.
―No es lo mismo.
―Tienes razón.
Lo miré.
―Yo todavía no te había pedido que renunciaras al tuyo.
Salí antes de llorar.
Lloré en el ascensor.
Gran dignidad.
A las diez y media estaba sentada en un bar de Brooklyn con mi mejor amiga, una cerveza intacta y los ojos probablemente convertidos en dos tomates caros.
Nora escuchó todo.
Después dijo:
―Voy a necesitar una pala.
―No vas a matar a Evan.
―No dije para qué era la pala.
―Nora.
―Podría plantar algo.
―En su pecho.
―Qué imaginación tan violenta tienes.
Por primera vez desde el restaurante, me reí.
―Soy idiota.
―No.
―Pensaba que íbamos a casarnos.
―Eso sí era cuestionable.
Le lancé una servilleta.
La esquivó.
―Mañana te gradúas ―dijo―. Tienes trabajo. Tienes apartamento nuevo. Tienes veinticuatro años. Lo único que perdiste esta noche fue un hombre que había hecho tus maletas mentalmente sin avisarte.
―Dicho así suena peor.
―Era la intención.
Bebí un sorbo.
―Quiero dejar de pensar.
―Bebe.
―Eso no arregla nada.
―No. Pero puede mejorar temporalmente tu tolerancia a la música horrible.
Como si la hubiera oído, la bocina lanzó una canción insoportable.
Nora levantó su vaso.
―¿Ves?
Una hora después ella se fue porque trabajaba temprano.
Yo debería haber hecho lo mismo.
No lo hice.
Pedí agua.
Luego otro trago.
Después me trasladé a la barra porque una pareja empezó a besarse en la mesa contigua y yo no necesitaba tanta felicidad ajena cerca.
―¿Te robaron el asiento o estás huyendo de algo?
Giré.
El hombre a mi derecha tenía cabello oscuro, camiseta gris y una cicatriz pequeña junto a la ceja.
Guapo.
Molestamente guapo.
―De una pareja feliz.
―Terrible especie.
―Insoportable.
Miró hacia ellos.
―Podemos pedir que bajen el volumen.
―Están besándose.
―Precisamente.
Solté una risa.
Él sonrió.
―Rhys.
―Dalia.
―¿Solo Dalia?
―Esta noche sí.
Sus cejas subieron.
―Interesante.
―No lo es.
―Las personas que dicen eso suelen estar a punto de contar algo interesante.
―No pienso contar nada.
―Perfecto. Yo tampoco.
El acuerdo improvisado me gustó.
Sin pasado.
Sin planes.
Sin explicaciones.
Rhys levantó su vaso.
―Por no contar nada.
Choqué el mío.
―Por no preguntar.
Hablamos cuarenta minutos sin decirnos casi nada importante.
Descubrí que trabajaba turnos absurdos.
Que odiaba el cilantro.
Que sabía distinguir whisky bueno del caro.
Él descubrió que yo diseñaba ciudades, odiaba las palomas y acababa de graduarme.
Nada sobre Evan.
Nada sobre mañana.
Nada sobre San Francisco.
Cuando me reí por tercera vez, Rhys me miró la boca.
Lo noté.
Él notó que lo noté.
―¿Eso también está prohibido? ―preguntó.
―¿Qué?
―Mirarte.
Mi pulso hizo algo inconveniente.
―Depende.
―¿De qué?
―De cuánto tiempo pienses hacerlo.
Rhys se acercó apenas.
―Podría negociar.
―No acepto contratos esta noche.
―Qué suerte. Yo tampoco.
Su rodilla rozó la mía.
No se apartó.
Yo tampoco.
Era mala idea.
Una idea pésima.
Precisamente por eso se sentía tan distinta a todo lo que había hecho durante años.
―Dalia.
―¿Qué?
―Si te beso, ¿vas a arrepentirte antes o después?
―Qué confianza.
―Era una pregunta logística.
Me acerqué.
―Después.
Rhys sonrió.
―Honesto.
―No te acostumbres.
Su mano tocó mi cintura.
Esperó.
Yo asentí.
Entonces me besó.
Lento al principio.
Después menos.
Le agarré la camiseta.
Su boca volvió a la mía y durante unos segundos no existieron universidades, trabajos ni futuros cuidadosamente ordenados.
El beso no debía significar nada.
Eso era lo atractivo.
Rhys no conocía mi apellido, mis planes de cinco años ni el nombre del hombre que acababa de romperlos. Yo tampoco sabía dónde trabajaba exactamente, cuánto duraban sus turnos o si normalmente llevaba desconocidas a casa.
Por una noche, no necesitaba saberlo.
Su pulgar rozó mi cintura por encima de la tela.
―¿Sigue bien?
La pregunta me aterrizó.
Asentí.
―Sí.
―Necesito oírlo.
―Sí, Rhys.
Su sonrisa fue breve.
―Mucho mejor.
Aquello debería haberme hecho recuperar el juicio.
En cambio, hizo exactamente lo contrario con mi prudencia.
Cuando nos separamos, respirábamos demasiado cerca.
Rhys apoyó la frente contra la mía.
―Tengo una pregunta.
―Eso viola nuestro acuerdo.
―Es importante.
―Dispara.
Sus ojos bajaron a mi boca.
―¿Quieres subir conmigo o vas a seguir fingiendo que no llevas diez minutos pensando en mi cama?
