Capítulo 2 2

―Subo contigo, pero mañana no quiero saber tu apellido.

Rhys me miró como si acabara de proponer una cláusula ridícula.

―Eso es sospechosamente específico.

―Es la única forma en que voy a hacer esto.

―¿Y si mi apellido es horrible?

―Mejor. Menos tentación de recordarlo.

Su sonrisa apareció despacio.

―Está bien, Dalia sin apellido.

―Tú tampoco tienes.

―Perfecto.

Pagamos nuestras bebidas y salimos del bar.

El aire de Brooklyn estaba frío, pero yo seguía sintiendo la boca de Rhys sobre la mía.

Caminamos dos calles.

Yo esperaba un taxi.

Él se detuvo frente a un edificio de ladrillo oscuro.

―¿Vives aquí?

―Por ahora.

―Eso sonó misterioso.

―Es alquiler temporal.

―Mucho menos interesante.

Subimos.

En el ascensor miré el número cuatro encenderse.

Rhys estaba a mi lado.

No me tocaba.

Eso me ponía más nerviosa que si lo hubiera hecho.

―Última oportunidad ―dijo.

―¿Para qué?

―Para irte.

Giré hacia él.

―¿Quieres que me vaya?

―No.

―Entonces deja de ofrecerme salidas.

―No pienso hacerlo.

La puerta se abrió.

Su apartamento era pequeño, ordenado y demasiado normal.

Una bicicleta junto a la pared.

Dos libros abiertos sobre una mesa.

Una chaqueta azul oscuro colgada en una silla.

Nada que gritara asesino serial.

―Pareces decepcionada ―dijo.

―Esperaba cadenas.

―Las dejé en la tintorería.

Me reí.

―Eso fue terrible.

―Y funcionó.

Dejé el bolso sobre una silla.

El silencio llegó después.

Esta vez no había música.

Ni desconocidos.

Ni Nora.

Solo Rhys.

Y yo.

Y la certeza de que podía marcharme.

Él se acercó.

―¿Sigue siendo sí?

―Sí.

Su mano rozó mi cintura.

―Necesitaba comprobarlo.

―Ya lo hiciste dos veces.

―Puedo llegar a tres.

―Qué profesional.

―Trabajo bajo presión.

―Eso tampoco explica nada.

―Era la intención.

Lo besé antes de que siguiera hablando.

Rhys respondió inmediatamente.

Me sujetó por la cintura y me acercó.

El beso cambió rápido.

Su boca dejó de ser cuidadosa y empezó a sentirse como una decisión.

Le agarré la camiseta.

Él soltó una risa contra mis labios.

―¿Qué?

―Nada.

―Dilo.

―Estás mandando mucho para alguien que no quiere apellidos.

―Cállate.

―Eso sí sonó autoritario.

Volví a besarlo.

Sus manos bajaron por mi espalda, despacio, deteniéndose donde el vestido terminaba.

―¿Bien?

―Sí.

―¿Segura?

―Rhys.

―Necesito una respuesta.

Lo miré.

―Sí. Estoy segura.

Me levantó apenas y terminé sentada sobre el borde de la mesa.

Solté una carcajada.

―¿Siempre haces esto?

―¿Qué cosa?

―Usar los muebles.

―Solo los resistentes.

―Qué tranquilizador.

Su boca encontró mi cuello.

Cerré los ojos.

Había pasado tres años con un hombre que sabía cómo tomaba el café, qué lado de la cama prefería y el nombre de mi profesora favorita.

Rhys no sabía nada.

Y, por una noche, eso era exactamente lo que necesitaba.

Ningún futuro.

Ninguna discusión.

Ninguna decisión tomada por mí.

Solo deseo.

Cuando sus dedos llegaron a la cremallera de mi vestido, se detuvo.

―¿Puedo?

Lo miré.

―Sí.

La bajó lentamente.

El aire frío tocó mi espalda.

Después sus labios.

Mi cuerpo respondió con una rapidez vergonzosa.

―No sonrías ―murmuré.

―No estoy sonriendo.

―Lo siento.

―Eso sería difícil.

Giré y le mordí el labio.

―Ahora sí puedes sentirlo.

―Violenta.

―Quejumbroso.

Terminamos riendo.

Eso fue lo que más me sorprendió.

No la atracción.

No el calor.

La facilidad.

Rhys no intentaba impresionarme.

Yo tampoco tenía que ser la versión perfecta de mí misma.

Cuando llegamos al dormitorio, me detuve.

Había preservativos en la mesa de noche.

Lo miré.

―¿Eso debería preocuparme?

―Solo si prefieres improvisar mal.

―Punto para ti.

Rhys tomó uno.

―También puedo enseñarte la fecha de caducidad si quieres.

―Por favor no conviertas esto en una auditoría.

―Estoy intentando ser responsable.

―Sé responsable sin hacer presentación.

Se rió.

Después volvió a ponerse serio.

―Dalia.

―Sí.

―Podemos parar.

―No quiero parar.

―Bien.

Lo agarré de la camisa.

―Y deja de preguntarlo cada veinte segundos.

―No prometo eso.

―Ya me di cuenta.

La noche dejó de tener conversaciones completas.

Quedaron frases.

Risas.

Respiraciones.

Preguntas cortas.

Respuestas claras.

No pensé en Evan.

Hasta después.

Desperté a las seis con una luz azul entrando por la ventana y la garganta seca.

Rhys dormía boca abajo.

Una sábana cubría la mitad de su espalda.

Me quedé mirándolo durante tres segundos.

Cuatro.

Cinco.

Error.

Aquello empezaba a parecer una mañana.

Nosotros habíamos acordado una noche.

Salí de la cama.

Busqué mi vestido.

Mi sostén estaba debajo de una silla.

Un zapato junto a la puerta.

El otro apareció detrás de una planta.

―Muy digna ―murmuré.

El teléfono vibró dentro de mi bolso.

Evan.

Cinco mensajes.

“Lo siento.”

“Hablé desde el enojo.”

“No quiero terminar contigo.”

“Podemos encontrar una solución.”

Y el último:

“Voy a ir a tu graduación. Hablemos después.”

Cerré los ojos.

Claro.

La graduación.

Mi madre llegaría en tres horas.

Yo tenía que estar en la universidad antes de las nueve.

Y estaba recogiendo ropa interior del suelo de un desconocido.

Excelente manejo de crisis, Dalia.

Me puse el vestido sin hacer ruido.

Encontré una hoja sobre la mesa.

Pensé en dejar una nota.

No.

Eso parecía demasiado personal.

Tomé mi bolso.

―¿Huyes?

Me congelé.

Rhys estaba apoyado en el marco del dormitorio, despeinado y con un pantalón puesto a medias.

―No huyo.

―Vas hacia la puerta sin despedirte.

―Eso se llama salir.

―Qué diferencia tan sofisticada.

―Tengo mi graduación.

Su expresión cambió.

―Hoy.

―Te lo dije.

―Dijiste que acababas de graduarte.

―Detalles temporales.

Rhys se acercó.

―¿Quieres café?

―No.

―¿Desayuno?

―No.

―¿Mi número?

Eso me hizo detenerme.

Él no sonreía.

Por un segundo consideré decir que sí.

Entonces mi teléfono vibró otra vez.

Evan.

Todo lo ocurrido volvió de golpe.

La ruptura.

San Francisco.

La vida que ayer todavía creía segura.

Miré a Rhys.

―No.

Asintió.

Sin dramatismo.

―Está bien.

―Dijimos una noche.

―Lo sé.

―Sin apellidos.

―También.

―Sin promesas.

―Dalia.

―¿Qué?

―No tienes que convencerme.

Eso dolió más de lo que debería.

Me quedé con la mano sobre el picaporte.

―¿Siempre eres así de tranquilo cuando una mujer se marcha?

―No conozco suficientes mujeres que se marchen a una graduación para tener estadísticas.

―Respuesta evasiva.

―Respuesta honesta.

Me miró.

―¿Estás bien?

La pregunta me molestó porque estuvo a punto de romper algo que llevaba la mañana sujetando.

―Sí.

―Eso sonó poco convincente.

―No necesito que me rescates.

―No estaba ofreciendo rescate.

―Entonces, ¿qué?

Rhys señaló mi teléfono.

―Un taxi. Brooklyn a Manhattan puede convertirse en guerra a esta hora.

Miré la pantalla. Tenía razón.

―Puedo pedirlo sola.

―Lo sé.

No insistía. No decidía. Solo estaba allí.

Saqué el teléfono.

―Gracias.

―De nada.

Pedí el auto.

Tres minutos.

Demasiado tiempo para quedarme y demasiado poco para fingir que aquella noche no importaba.

Abrí la puerta.

―Gracias por anoche.

―De nada.

Salí al pasillo.

Antes de que el ascensor llegara, escuché su puerta abrirse otra vez.

Rhys apareció.

―Olvidaste algo.

Levantó mi pendiente.

Volví.

Extendí la mano.

Él lo dejó sobre mi palma, pero sus dedos tardaron demasiado en retirarse.

―Ahora sí ―dije.

―Ahora sí.

Entré al ascensor.

Las puertas empezaron a cerrarse.

Rhys metió una mano y las detuvo.

―Una última pregunta.

―Estás rompiendo muchas reglas.

―Esta vale la pena.

―¿Qué?

Sus ojos bajaron a mi boca.

―Cuando te arrepientas de anoche, ¿vas a arrepentirte de haberme conocido o solo de haberme dejado sin tu número?

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