Capítulo 3 3

―No, Evan. Que me hayas extrañado desde anoche no significa que volvamos a ser novios esta mañana.

Él miró la toga que llevaba colgada del brazo y luego mi cara.

―No he dicho eso.

―Trajiste flores.

―Es tu graduación.

―También trajiste café con mi nombre escrito y la mirada de perro arrepentido.

―Dalia.

―Esa mirada.

Estábamos frente al edificio de mi residencia universitaria, a cuarenta minutos de la ceremonia. Mi madre ya debía estar buscando un asiento y Nora me había enviado siete mensajes preguntando si seguía viva.

Yo seguía viva.

Sorprendentemente.

Aunque había dormido unas tres horas y todavía recordaba demasiado bien una boca que no pertenecía al hombre frente a mí.

Evan me tendió el café.

No lo acepté.

―Anoche me equivoqué ―dijo―. No debí hablarte así.

―No.

―Ni asumir que vendrías conmigo.

―No.

―¿Vas a responder otra cosa?

―Depende de si dices algo nuevo.

Apretó la mandíbula.

Durante tres años había sabido exactamente cómo discutir conmigo. Esperaba a que terminara, bajaba la voz y convertía cualquier desacuerdo en algo solucionable.

Aquella mañana no quería soluciones rápidas.

―No quiero perderte ―dijo.

Eso sí dolió.

Miré las flores.

Peonías.

Mis favoritas.

Claro que recordaba.

―Entonces no debiste planear una vida donde yo tenía que abandonar la mía.

―Podemos arreglarlo.

―Hoy no.

―¿Después de la ceremonia?

―Tampoco.

―¿Mañana?

Solté aire.

―Necesito tiempo.

Evan bajó la mirada.

―¿Hay alguien más?

Casi me atraganté con mi propia culpa.

Rhys.

Su apartamento.

Su cama.

Mis zapatos apareciendo en lugares absurdos.

―Terminamos anoche.

―No respondió mi pregunta.

―Porque no tienes derecho a hacerla.

Evan se quedó quieto.

Yo también.

Técnicamente no le había sido infiel.

Eso no hacía que me sintiera orgullosa de la velocidad con la que había cambiado de cama.

―Tengo que irme.

―Dalia, espera.

―Mi madre matará a alguien si llego tarde a mi propia graduación.

―Probablemente a mí.

―Tiene buena puntería.

Por primera vez sonrió.

Casi me rompe.

Por eso me marché.

La ceremonia fue larga, ruidosa y ridículamente emocionante.

Cuando dijeron mi nombre, mi madre gritó tan fuerte que varias personas se giraron.

Nora gritó después:

―¡NO TE CAIGAS!

Casi me caí.

Perfecto.

Recibí el diploma provisional, sonreí para fotografías y permití que mi madre me besara la cara suficientes veces para borrar el maquillaje.

―Tu padre estaría orgulloso ―dijo.

Eso hizo que dejara de reír.

―Lo sé.

Mi madre me apretó la mano.

No preguntó por Evan hasta una hora después.

―¿Dónde está?

―No estamos juntos.

Su expresión cambió.

―¿Desde cuándo?

―Desde anoche.

―¿La noche antes de tu graduación?

―Tenemos talento para el dramatismo.

―¿Qué hizo?

―Aceptó un trabajo en San Francisco y asumió que yo renunciaría al mío.

Mi madre abrió la boca.

―No lo mates.

―No pensaba matarlo.

―Esa pausa fue preocupante.

Me abrazó.

―Hiciste bien.

―Ni siquiera sabes todo.

―No necesito saberlo. Nadie decide tu vida antes de preguntarte si quieres vivirla.

Cerré los ojos.

Aquello me afectó demasiado.

Sobre todo porque unas horas antes yo había decidido no pensar en mi vida en absoluto.

Mi teléfono vibró.

Por un segundo absurdo pensé en Rhys.

No tenía mi número.

Bien.

Eso habíamos acordado.

Era Nora.

“Esta noche celebramos.”

Respondí:

“Esta noche duermo.”

“Cobarde.”

Sonreí.

Dos semanas después, mi nuevo apartamento olía a pintura, cartón y malas decisiones financieras.

―¿Por qué tienes doce cajas marcadas como LIBROS? ―preguntó Nora.

―Porque tengo libros.

―Tienes un problema estructural.

―Soy diseñadora urbana. Respeto las estructuras.

―Ese librero no.

La observé intentar encajar una caja debajo de una mesa.

―Eso no va ahí.

―Ahora sí.

―Nora.

―Estoy creando almacenamiento alternativo.

Mi madre se había marchado media hora antes después de llenar mi refrigerador como si Manhattan no tuviera supermercados.

El apartamento era pequeño.

Pero era mío.

Primer trabajo.

Primer contrato de alquiler sin compañeros.

Primer espacio donde nadie podía decidir que en seis semanas nos mudaríamos a California.

Me gustaba.

―Necesitamos brindar ―dijo Nora.

―No tengo copas.

―Tienes tazas.

―Una dice “Planificación urbana: porque gritarle a los edificios no funciona”.

―Perfecta.

Abrimos una botella barata.

Bebí medio vaso.

El sabor me revolvió ligeramente el estómago.

―Mala elección ―dije.

―La botella costó nueve dólares.

―Eso explica el crimen.

Llamaron a la puerta.

Nora me miró.

―¿Esperas a alguien?

―No.

―¿Evan?

―No sabe la dirección exacta.

―¿Tu madre?

―Tiene llave.

―Eso es más aterrador.

Volvieron a llamar.

Me acerqué.

―¿Quién?

Silencio.

Después una voz masculina.

―Tu vecino. Creo que uno de tus paquetes terminó frente a mi puerta.

Todo mi cuerpo se congeló.

No.

Imposible.

Nora frunció el ceño.

―¿Qué pasa?

Conocía esa voz.

La había escuchado reír contra mi boca.

La había oído preguntarme si seguía siendo sí.

La había escuchado decir mi nombre en una habitación oscura mientras yo olvidaba durante unas horas que tenía futuro.

―Nada.

―Pareces enferma.

―Cállate.

Abrí la puerta.

Rhys estaba allí.

Camiseta negra.

Cabello húmedo.

Una caja en las manos.

Sus ojos encontraron los míos.

Ninguno habló.

Nora apareció detrás.

―¿Ese es el vecino?

Rhys miró el número de mi puerta.

Después el suyo.

Después volvió a mirarme.

―No puede ser.

Yo agarré la caja.

―Gracias.

Intenté cerrar.

Rhys puso una mano contra la puerta.

―Espera.

―No.

―Dalia.

Nora hizo un ruido pequeño detrás de mí.

Un ruido de persona que acaba de descubrir entretenimiento gratuito.

―¿Ustedes se conocen?

―No ―dije.

―Sí ―dijo Rhys.

Lo fulminé.

Él sonrió.

La misma sonrisa del bar.

Mi cuerpo, traidor, la recordó demasiado bien.

―¿De dónde? ―preguntó Nora.

―De ninguna parte.

Rhys inclinó la cabeza.

―Eso parece ofensivo después de que dejaste un pendiente en mi dormitorio.

Cerré los ojos.

Nora soltó un chillido.

―¡¿QUÉ?!

Me apoyé en la puerta para no hacer algo estúpido, como mirar otra vez su boca.

Nora estaba disfrutando demasiado.

―Voy por más vino ―anunció.

―No.

―Sí.

―Nora.

―Necesitan hablar de... vecindad.

Se metió en mi apartamento y desapareció hacia la cocina.

Cobarde.

Rhys bajó la vista hacia mi mano todavía aferrada a la caja.

―¿De verdad no sabías que vivía aquí?

―¿Crees que habría firmado un alquiler frente al hombre del que escapé al amanecer?

―Saliste.

―Escapé elegantemente.

―Olvidaste un pendiente y casi un zapato.

―Detalles.

Su risa me recorrió con una familiaridad que no tenía derecho a existir.

―¿Cuándo te mudaste? ―pregunté.

―Hace cuatro días.

―Dijiste que tu apartamento era temporal.

―El anterior. Este es el definitivo.

Claro.

El universo tenía sentido del humor y necesitaba terapia.

Rhys se apoyó en el marco de su puerta.

―¿Y tú?

―Hoy.

―Entonces somos vecinos.

―No uses ese tono.

―¿Cuál?

―El de alguien feliz por la desgracia ajena.

―No estoy feliz.

―Mentira.

―Estoy sorprendido.

―Sonríes.

―También me sorprendo sonriendo.

Miré su camiseta pegada ligeramente al pecho por el cabello mojado y me obligué a subir los ojos.

Él captó el recorrido.

―Sigues mirando.

―Estaba verificando que llevaras ropa.

―Esta vez sí.

Me ardieron las mejillas.

Rhys se acercó medio paso, sin cruzar el umbral.

―Tranquila. No voy a contarle nada a tu amiga.

―Ya le contaste suficiente.

―Solo el pendiente.

―En tu dormitorio.

―Dato geográfico.

―Te odio.

―Llevamos dos encuentros. Va rápido.

Demasiado rápido para mi gusto.

―Voy a matarte ―murmuré.

Rhys seguía sonriendo.

―Primero dime por qué la mujer que juró no querer volver a verme acaba de mudarse exactamente frente a mi puerta.

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