Capítulo 4 4
―Porque el universo me odia y tiene acceso a contratos de alquiler.
Rhys soltó una carcajada.
―Esa explicación me gusta más que la versión donde me estabas siguiendo.
―Preferiría dormir en una estación antes que seguirte.
―Dijiste algo parecido sobre volver a verme.
Nora apareció detrás de mí con una taza llena de vino.
―Yo voto por dejarlo entrar.
―Nadie te pidió votar.
―Soy residente temporal de esta democracia.
Rhys levantó una ceja.
―¿Amiga?
―Mejor amiga ―respondió Nora―. Y, por lo que acabo de descubrir, pésima supervisora.
―Nora.
―¿Qué? Te dejé sola una noche.
―Vete a desempacar.
―Este es mi entretenimiento.
Rhys seguía sonriendo.
Yo quería cerrar la puerta.
También quería saber si seguía oliendo al mismo jabón.
Ese pensamiento merecía cárcel.
―Tenemos que hablar ―dije.
Nora levantó la taza.
―Perfecto. Hablen.
―A solas.
―Qué egoístas.
La empujé suavemente hacia adentro y salí al pasillo.
Cerré detrás de mí.
Rhys miró mi camiseta vieja, mis shorts y el moño torcido que llevaba desde la mudanza.
―Te ves distinta.
―Estoy cubierta de polvo.
―No dije peor.
Mi estómago hizo algo estúpido.
―Regla número uno: no coquetees.
―No sabía que ya teníamos reglas.
―Ahora tenemos.
―¿Regla dos?
―Lo de aquella noche no vuelve a ocurrir.
Rhys apoyó la espalda contra su puerta.
―¿Por qué?
―Porque somos vecinos.
―Eso describe una dirección, no una enfermedad.
―Porque acabo de terminar una relación.
Su expresión cambió.
La sonrisa desapareció.
―El hombre de los mensajes.
Lo miré.
―Viste mi teléfono.
―Solo vi que vibraba cada treinta segundos. Parecía una emergencia.
―No lo era.
―¿Te hizo daño?
La pregunta salió sin morbo.
Negué.
―No de esa forma.
Rhys asintió.
―Entonces no preguntaré.
Eso me desarmó un poco.
―Gracias.
―¿Hay más reglas?
―Sí. Nada de mencionar pendientes, dormitorios, muebles resistentes ni mi huida elegante.
―Fue una salida.
―Estás aprendiendo.
―¿Y podemos saludarnos?
―Con moderación.
―¿Ascensor?
―Un movimiento de cabeza.
―¿Pasillo?
―Hola.
―¿Emergencia médica?
―Puedes hablarme.
―Generosa.
Crucé los brazos.
―Rhys.
―Acepto.
Extendió la mano.
Miré su palma.
―¿Qué haces?
―Sellamos el tratado vecinal.
―No pienso tocarte.
―Anoche tenías una política distinta.
Le di un golpe en la mano.
Él atrapó mis dedos.
Fue automático.
Los dos nos quedamos quietos.
El recuerdo llegó primero a la piel.
Su mano en mi cintura.
Mi boca contra la suya.
Aquella habitación oscura.
Rhys bajó la mirada a nuestras manos.
―Esta parte del tratado necesita revisión.
Retiré la mía.
―Buenas noches.
―Son las cinco.
―Entonces buenas cinco.
Entré y cerré.
Nora estaba pegada a la puerta.
―Patética.
―¿Escuchaste?
―Las paredes son finas.
―Es una puerta.
―Más razón.
La noche terminó con pizza, cajas y Nora formulando preguntas que me negué a contestar.
El verdadero problema llegó dos días después.
A las siete de la mañana.
Salí con pantalones negros, camisa blanca y una carpeta bajo el brazo.
Primer día en el estudio.
Respirar.
Caminar.
No morir.
Pulsé el botón del ascensor.
Una puerta se abrió detrás.
No miré.
―Buenos días, vecina.
Cerré los ojos.
―Movimiento de cabeza.
―Eso era dentro del ascensor.
―Lo estás complicando.
Rhys se colocó a mi lado.
Llevaba uniforme azul oscuro y una mochila al hombro.
―¿Primer día?
―¿Cómo sabes?
―Llevas una carpeta como si pudiera protegerte de un ataque.
La bajé.
―Trabajo.
―¿El que no ibas a abandonar?
Lo miré.
Había recordado.
―Ese.
―Bien.
La palabra me calentó más de lo razonable.
El ascensor llegó.
Entramos.
Solos.
Por supuesto.
Rhys pulsó planta baja.
―No voy a coquetear.
―Gracias.
―Solo quiero señalar que estás muy guapa.
Giré.
―Eso es coquetear.
―Es información objetiva.
―Retiro mi agradecimiento.
―Aceptado.
El ascensor bajó dos pisos y se detuvo con un golpe.
Las luces parpadearon.
―No.
Rhys miró el panel.
―Tranquila.
―No me digas tranquila.
―Bien. Entra en pánico con elegancia.
Pulsó el botón de emergencia.
Nada.
―Tengo una presentación en cuarenta minutos.
―Llegarás.
―¿Cómo lo sabes?
―Porque si no, abriré esas puertas con mis manos.
Lo miré.
―Eso fue innecesariamente atractivo.
Rhys giró despacio.
Maldición.
―¿Perdón?
―No dije nada.
―Lo dijiste.
―Falta de oxígeno.
Él sonrió.
―Estamos encerrados hace veinte segundos.
―Soy delicada.
―Anotado.
Saqué el teléfono.
Sin señal.
Rhys se acercó al panel.
La manga del uniforme se tensó sobre su brazo.
No miré.
Miré.
Error.
―¿Qué haces exactamente?
―Intento comunicarme con mantenimiento.
―¿Eres paramédico?
Se volvió.
―¿Cómo lo sabes?
Señalé el parche de su pecho.
―Detective extraordinaria.
―Cuidados críticos.
―Eso explica las preguntas obsesivas.
―Y tu tendencia a huir explica muchas cosas.
―Tratado.
―Tienes razón.
Volvió al panel.
Yo respiré despacio.
El espacio era pequeño.
Demasiado pequeño.
Olía a café y al jabón que recordaba.
Traición olfativa.
―¿Nerviosa? ―preguntó.
―Por llegar tarde.
―Claro.
―No empieces.
―No he hecho nada.
El ascensor dio otro tirón.
Perdí el equilibrio.
Rhys me sujetó por la cintura.
Mi espalda chocó contra su pecho.
Silencio.
Su mano quedó justo encima de mi cadera.
Yo podía sentir su respiración junto a mi oído.
―¿Estás bien?
―Sí.
No me soltó inmediatamente.
Tampoco se lo pedí.
Su pulgar se movió apenas.
Un roce mínimo.
Suficiente.
Giré dentro de sus brazos.
Mala decisión.
Quedamos demasiado cerca.
―Rhys.
―Dalia.
―Esto rompe las reglas.
―Tú te caíste.
―Tu mano sigue ahí.
Miró su mano.
La retiró.
―Corregido.
Eso debería haberme tranquilizado.
Me irritó.
―No tenías que apartarte tan rápido.
Su boca se curvó.
―¿Quieres presentar una reclamación formal?
―Cállate.
―Regla nueva.
Las luces volvieron.
El ascensor descendió.
Nos separamos como culpables.
En la planta baja, las puertas se abrieron.
Salí primero.
―Dalia.
Me giré.
Rhys señaló mi carpeta.
―Vas a hacerlo bien.
―No sabes nada de mi trabajo.
―No. Pero sé cómo mirabas cuando hablaste de él.
Mi respuesta murió.
Rhys caminó hacia la salida.
―Nos vemos, vecina.
Pasé nueve horas intentando no pensar en eso.
Casi funcionó.
Mi primer día debería haber ocupado toda mi cabeza. La directora me presentó al equipo, me asignó una mesa junto a una ventana enorme y me entregó planos de un proyecto residencial que habría hecho gritar de emoción a la Dalia de hacía un mes. Yo sonreí, tomé notas y fingí que no revisaba el teléfono cada vez que vibraba.
Evan llamó dos veces.
No respondí.
Rhys no tenía mi número.
Eso, curiosamente, fue lo que más noté.
A la hora del almuerzo, Nora me escribió.
“¿Ya besaste al vecino otra vez?”
Respondí:
“Estoy trabajando.”
“Eso no es un no.”
“Porque no pienso dignificar la pregunta.”
“Eso tampoco es un no.”
Guardé el teléfono.
Cinco minutos después lo saqué otra vez.
Patético.
No quería a Rhys en mi vida. Ni siquiera sabía si me gustaba fuera de una cama y un ascensor averiado. Pero recordaba cómo había retirado la mano apenas señalé que seguía en mi cintura.
Sin discutir.
Sin convertirlo en una ofensa.
Evan había pasado tres años conociéndome y aun así había decidido por mí.
Rhys apenas conocía mi apellido inexistente y preguntaba antes de tocarme.
La comparación era injusta.
También era imposible no hacerla.
Y eso me inquietaba.
Hasta que regresé esa noche y encontré a Evan sentado frente a mi puerta con flores.
Rhys salió de su apartamento al mismo tiempo.
Los tres nos miramos.
Evan fue el primero en hablar.
―¿Quién es él?
Rhys miró las flores, luego a mí.
―Creo que esa pregunta me interesa bastante.
