Capítulo 5 5

―¿Quién es él?

Evan miró a Rhys como si acabara de encontrar una grieta en una pared que todavía consideraba suya.

Yo apreté las llaves.

―Mi vecino.

Rhys apoyó un hombro contra su puerta.

―Confirmo. Vivo exactamente enfrente.

―No te pregunté a ti ―dijo Evan.

―Y yo no necesitaba permiso para responder.

Perfecto.

Dos hombres adultos midiéndose en un pasillo mientras yo cargaba una bolsa con comida tailandesa y el cansancio de nueve horas de trabajo.

―Basta ―dije―. Evan, ¿qué haces aquí?

Levantó las flores.

―Quería hablar.

―Podías llamar.

―No respondes.

―Eso suele ser una respuesta.

Rhys bajó la vista, ocultando una sonrisa.

Evan lo vio.

―¿De qué te ríes?

―De nada.

―Rhys.

―Estoy practicando discreción vecinal.

Lo fulminé.

Evan me miró.

―¿Sabe mi nombre?

Maldición.

―Lo escuchó ahora.

―No lo dije.

Silencio.

Rhys dejó de sonreír.

Yo consideré lanzarme por la ventana del corredor.

Estábamos en un sexto piso.

Demasiado compromiso.

―Nora habla fuerte ―improvisé.

―¿Nora estuvo aquí con él?

―Nora estuvo aquí conmigo. Rhys trajo un paquete.

Evan frunció el ceño.

―¿Rhys?

―Ese es mi nombre ―dijo él―. Estamos avanzando.

―¿Puedes entrar a tu apartamento? ―le pedí.

Sus ojos fueron a mí.

―Claro.

No discutió.

No hizo una escena.

Solo abrió su puerta.

Antes de entrar, señaló mi bolsa.

―El restaurante olvidó darte cubiertos.

Miré dentro.

Tenía razón.

Rhys levantó dos palillos envueltos.

―Los dejaron con mi pedido.

―¿También pediste ahí?

―Vecindario pequeño.

Me entregó los palillos.

Nuestros dedos se rozaron.

El recuerdo de sus manos sobre mi cintura fue instantáneo.

Retiré la mía demasiado rápido.

Evan lo notó.

Rhys también.

Maravilloso.

―Buenas noches, Dalia.

―Buenas noches.

Su puerta se cerró.

Evan esperó tres segundos.

―Te acostaste con él.

Casi dejé caer la comida.

―¿Qué?

―No me mientas.

―No tienes derecho a preguntarme eso.

―Entonces sí.

Abrí mi apartamento.

―Vete.

Evan metió el pie antes de que cerrara.

―Dalia, terminamos hace dos semanas y ya tienes a un hombre enfrente.

―Se mudó antes que yo.

―No me refiero al apartamento.

―Lo sé.

Entré.

Él me siguió.

Dejé las flores sobre una caja sin agradecerlas.

―No vine a pelear ―dijo.

―Curiosa forma de demostrarlo.

―Vine porque quiero arreglar lo nuestro.

Me giré.

―Lo nuestro no se rompió solo por San Francisco.

―Fue una discusión.

―Fue descubrir que habías tomado una decisión sobre mi vida y esperabas que sonriera.

―Ya te pedí perdón.

―Y yo lo escuché.

―Entonces ¿qué falta?

Solté una risa.

―Que entiendas por qué estuvo mal.

Evan se pasó una mano por el cabello.

―Entiendo que debí consultarte.

―No. Entiendes que debiste avisarme antes.

La diferencia lo dejó callado.

―¿Y ese tipo qué tiene que ver?

―Nada.

Mi respuesta salió demasiado rápido.

―Eso pensé.

―No conviertas esto en una competencia.

―Él estaba mirándote como si ya te hubiera visto desnuda.

Mi cara ardió.

Error.

Evan palideció.

―Dios.

―Terminamos antes.

―¿La misma noche?

No respondí.

No tenía que hacerlo.

Evan dio un paso atrás.

―La misma noche.

―Tú terminaste conmigo.

―Estaba enfadado.

―Yo también.

―¿Y por eso te acostaste con un desconocido?

La vergüenza apareció primero.

Después la rabia.

―No uses una decisión que tomé soltera para borrar lo que hiciste.

―Tres años, Dalia.

―Lo sé perfectamente.

―¿No significaron nada?

―Significaron tanto que pasé la noche anterior a mi graduación llorando en un bar porque el hombre con quien pensaba casarme ya había planeado una mudanza sin mí.

Evan cerró los ojos.

―No quería hacerte daño.

―Pero lo hiciste.

―Y tú acabas de hacerlo también.

Eso sí llegó.

Me quedé quieta.

Él miró las flores.

―No puedo hablar ahora.

―Tú viniste.

―Y fue un error.

Caminó hacia la puerta.

Antes de abrir, se detuvo.

―¿Estás con él?

―No.

―¿Quieres estarlo?

Pensé en Rhys dentro del ascensor.

En su mano retirándose cuando se lo pedí.

En su boca.

En la noche que no significaba nada.

―No lo sé.

Evan asintió lentamente.

―Eso duele más que un no.

Se marchó.

Cerré la puerta.

Después apoyé la frente contra ella.

―Excelente ―murmuré―. Primer apartamento, primer empleo y ya tengo drama de pasillo.

Mi teléfono vibró sobre la encimera.

Nora.

“¿Sobreviviste al primer día?”

Miré la puerta por donde Evan acababa de marcharse.

“Define sobrevivir.”

La respuesta llegó enseguida.

“¿Qué pasó?”

“Evan vino.”

Tres puntos aparecieron.

“¿A TU CASA?”

“Sí.”

“¿Y el vecino delicioso?”

Apreté los labios.

“También estaba.”

Nora tardó menos de cinco segundos.

“Dalia, necesito detalles antes de que mi imaginación cometa delitos.”

Apagué la pantalla.

No estaba preparada para contarle que Evan había adivinado la verdad solo por una mirada.

Peor todavía, no estaba preparada para admitir que no me había molestado que Rhys me mirara así.

Me serví agua y abrí la comida.

El curry estaba frío.

Mi vida sentimental también debería haberlo estado.

No cooperaba.

Durante tres años había sabido qué esperar de Evan. Domingos con café, vacaciones planeadas con meses de anticipación, llamadas a la misma hora y una idea compartida de estabilidad que hasta hacía dos semanas me parecía amor adulto.

Con Rhys no tenía absolutamente nada.

Ni apellido.

Ni número.

Ni promesa.

Solo una noche que debía haber terminado al amanecer y una puerta colocada enfrente de la mía por alguna broma estadística del mercado inmobiliario.

Eso debería facilitar ignorarlo.

En cambio, podía escuchar vagamente movimiento al otro lado del pasillo y mi cuerpo reconocía su presencia con una eficacia ofensiva.

Me obligué a probar el curry.

Demasiado picante.

Bebí agua.

―Fantástico. Hasta la cena me agrede.

Me prometí que mañana todo sería normal: trabajo, cajas, dormir temprano y cero hombres complicados. Era un plan impecable, lo cual debía haberme preocupado muchísimo más de lo habitual.

Entonces escuché los tres golpes.

Me aparté.

―¿Qué?

La voz de Rhys llegó amortiguada.

―Tus cubiertos están frente a tu puerta.

Abrí.

Él estaba agachado dejando un tenedor de plástico junto al felpudo.

―Pensé que me habías dado palillos.

―Después recordé que probablemente no sabes usarlos.

―Sé usar palillos.

―Eso dicen todos antes de perder un dumpling.

Lo miré.

―¿Estabas escuchando?

Rhys se enderezó.

―No intencionalmente.

―Las paredes no son tan finas.

―Tu ex habla como si estuviera declarando una guerra.

―No es mi ex.

Rhys arqueó una ceja.

―Eso es nuevo.

―Quise decir que sí es mi ex. Solo... olvídalo.

―Puedo hacerlo.

―¿De verdad?

―No.

Me reí pese a mí misma.

Odié que pudiera conseguirlo.

Rhys me observó.

―¿Estás bien?

―No preguntes eso.

―¿Por qué?

―Porque hoy todos parecen interesados en mis decisiones.

Su expresión cambió.

―Entonces no decidiré nada por ti.

El pasillo quedó silencioso.

―Buena estrategia ―dije.

―Tengo otras.

―No quiero conocerlas.

―Mentira.

Lo dijo bajo.

Mi respiración cambió.

Rhys dio medio paso.

No me tocó.

―¿Quieres que me vaya?

La pregunta era demasiado parecida a aquella primera noche.

Podía cerrar la puerta.

Debía hacerlo.

―Sí.

Rhys sostuvo mi mirada.

―Eso tampoco sonó convincente.

―No coquetees.

―Tratado vecinal.

―Exacto.

Él retrocedió.

La decepción absurda me pinchó.

―Buenas noches, Dalia.

―Buenas noches.

Entré.

Antes de cerrar, Rhys habló.

―Por cierto.

―¿Qué?

―Tu ex tenía razón en una cosa.

Mi mano se quedó sobre la puerta.

―¿Cuál?

Sus ojos bajaron a mi boca.

―Sí te estaba mirando como un hombre que ya sabe exactamente cómo te ves en su cama.

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